Entro al estacionamiento del auditorio Siglo XXI hacia las siete y media de la noche, es viernes y estoy cansado por la carga de trabajo de toda la semana pero ilusionado con la posibilidad de reencontrarme con la música de Silvio Rodríguez en vivo, después de unos veinte o veinticinco años.
El concierto está programado para iniciar a las ocho y media; tengo tiempo suficiente para esperar a mi esposa y entrar juntos. Todo en orden en el ingreso, compramos algo en el lobby y entramos a buscar nuestros lugares. La emoción va en aumento.
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El tiempo sigue corriendo, pasan ya de las ocho cuarenta y no hay ni siquiera una llamada para prevenir al público sobre el inicio del concierto. La gente va entrando y la sala se va llenando poco a poco, los vendedores de cervezas y otras bebidas, papas y otros alimentos recorren los pasillos ofreciendo sus productos. Al fin, hacia las ocho cincuenta se apagan las luces, entran los músicos uno a uno junto con Silvio que se coloca en un banco alto en el centro del escenario.
La gente aplaude y grita emocionada, la música empieza a sonar y mi expectación crece. Sin embargo me molesta un poco que la gente siga entrando y buscando sus lugares, caminando y atravesando frente a nosotros, obstaculizando la vista, impidiendo escuchar bien porque entran hablando, preguntan a las edecanes por sus lugares, ellas les dicen en voz alta y con señas muy elocuentes la zona donde a la que deben dirigirse. Los vendedores de cerveza siguen paseando por los pasillos y voceando sus productos a pesar de que Silvio ya canta su segunda, tercera, cuarta canción en el escenario.
Pasan veinte o veinticinco minutos y la gente sigue entrando sin ninguna restricción. Los organizadores del concierto y el personal del Siglo XXI no tienen la mínima consideración para detener a las personas que llegan tarde al menos hasta que termine una canción. Los vendedores siguen pasando, voceando, ahora también dirigen la luz de su lámpara hacia los ojos del público. Imposible concentrarse entre este movimiento y ruido incesante.
El concierto no acaba de levantar, Silvio toca toda la primera parte para él, para mostrar sus nuevas creaciones y los arreglos sofisticados que muestran su evolución técnica pero también hacen evidente que el tiempo ha pasado y que las canciones recientes no tienen la magia de conexión con el sentimiento del público que tenían las anteriores. Tal vez es que no son tan conocidas y no han sido apropiadas o tal vez –es mi opinión- se debe a que en estas últimas el programa ideológico-político se coloca por encima del valor estético y de la inspiración poético-musical.
Junto a mí, un amante-experto en Silvio canta en voz alta todo lo que le pongan enfrente –incluso las canciones que para la mayoría son desconocidas-, en la fila de adelante un grupo de personas no deja de llamar a los vendedores y de hablar con ellos pidiéndoles bebidas, devolviéndolas para que les pongan más hielo o tal vez más alcohol –al final estarán bastante alegres-, la gente sigue entrando y saliendo, los vendedores voceando y “lampareando” a todos los presentes, una parte del público grita pidiendo sus canciones preferidas como si se tratara de un programa de complacencias, otra parte –por fortuna minoritaria- que se quedó instalada en los setentas quiere convertir el concierto en un mitin político gritando vivas a Cuba, a Fidel y a la revolución.
Hacia la mitad del concierto Silvio hace una pausa y sale del escenario mientras su grupo interpreta una pieza musical instrumental con sabor entre latino y flamenco, haciendo alarde de virtuosismo, pues si algo del concierto destaca es la enorme calidad musical de estos ocho artistas que acompañan al maestro que también sigue mostrando su enorme calidad en la guitarra y su voz intacta.
Al terminar esta pausa viene lo más patético de la noche. Una persona anuncia a gritos –pues el micrófono falla justamente en ese momento- a la directora del Instituto Municipal de Arte y Cultura del Municipio de Puebla que según él, le va a “dar una sorpresa a Silvio Rodríguez”. Entra ella al escenario y el público indignado comienza a corear: “¡Silvio, Silvio!” pidiendo que siga cantando. El artista tiene que intervenir y calmar los ánimos. El micrófono responde al fin y Silvio dice: “Seamos elegantes y escuchemos…” o algo así. La funcionaria dice que “amamos muchísimo a Silvio” y dos de sus acompañantes le dan un cuadro que él explica: “Es un reconocimiento de la ciudad para mí, que agradezco mucho”. Termina este momento y como muestra de que la gente ya no acepta estos modos de oportunismo político la comitiva municipal es despedida con un coro que dice: “¡Fuera, fuera, fuera!”.
En la segunda parte por fin Silvio empieza a cantar para la gente y entona un ramillete de sus mejores obras, cosa que el público le agradece aplaudiendo de pie hasta el final y haciéndolo volver tres o cuatro veces que él acepta cantando sus éxitos más conocidos, incluyendo la muy solicitada Ojalá. Los vendedores siguen pasando, voceando, “lampareando”, la gente sigue moviéndose, los de la fila de adelante siguen tomando y su Ipad ya no se puede estar quieta cuando graban las canciones del final. Mientras tanto, el amante-experto sigue cantando con todas sus fuerzas en mi oído derecho. Sale Silvio por última vez y a pesar de que gran parte del público se queda coreando su nombre las luces se apagan y su staff empieza a recoger los instrumentos.
Salgo de ahí con sentimientos encontrados: el buen sabor de boca por la calidad musical de Silvio y su grupo. El desconcierto y la molestia porque en esta “civilización del espectáculo” la gente convierte cualquier espacio en un antro y los que manejan el auditorio siglo XXI privilegian la venta de bebidas y chatarra sobre el respeto al artista. Claro ejemplo de una sociedad sin educación. Seguramente no volveré.