Recuerdo una entrevista en la que Diego Maradona cuenta su desencuentro con el expresidente Mauricio Macri, en ese entonces presidente de Boca Juniors, allá por 1995. No hubo química de entrada y Diego lo hizo público. En la superficie, las desaveniencias fueron comerciales y con el correr de los años, políticas. En el fondo, dos argentinas y una diferencia de clase acaso irreconciliable. Como se sabe, Maradona nació en la pobreza y nunca se olvidó de sus orígenes. Macri es hijo de uno de los empresarios más poderosos de Argentina. Nació, como se dice, en cuna de oro.

Hay un detalle que quiero destacar: en dicha entrevista, Maradona cuenta que cuando van a la cancha de Boca había llovido y estaba embarrada. Pero Macri no dice “barro”, dice “fango”. Y Maradona, con esa velocidad de pensamiento y perspicacia que exhibió durante años en las canchas del mundo, lee en el lenguaje esa desaveniencia. Un tipo que al barro de una cancha de fútbol lo llama “fango”, desde la visión de Maradona, no entiende nada. La relación que tuvo Macri con los pobres y la actitud desapegada, inocultable durante su gobierno, no hizo más que confirmar los dichos de Diego.

No cualquiera lee en el lenguaje como lo hacía él. De hecho, Macri –en su ignorancia de niño rico– es incapaz de hacerlo.

Una lectura del estado de la lengua que, al mismo tiempo, fue abastecida. La pelota no se mancha, la viveza de fumar abajo del agua, la mala actitud mezquina de quien le toma la leche al gato, aquel al que que se le escapa la tortuga, quien de tan rápido le pone un supositorio a una liebre, otro que la tiene adentro, decir que los boludos que son como las hormigas porque están en todas partes, y esta que parece extraída de un poema: “Cuando entré al Vaticano y vi todo ese oro me convertí en una bola de fuego”. Expresiones performáticas del Diez que siempre excedieron el espectáculo mediático y lo trascendieron: el cuerpo a cuerpo puesto en las palabras y el rapto escénico de la frase como un dardo envenenado que paralizaba la lengua de sus oponentes.

Sin estos latigazos verbales, ¿qué sería Maradona? Una pieza más en el engranaje del mercado futbolístico. Hubo un momento, cuando jugaba en el Barcelona, que empezó a hablar. Y no paró de decir lo que pensaba sobre esto o aquello. Sus intervenciones públicas fueron siempre explosivas, como su presencia en la cancha. Diego Armando Maradona fue un gran jugador de fútbol, pero sobre todo fue y será un productor de sentido, instalado en la zona más popular de la lengua, la del pueblo, ese pueblo que no se cansa de gritar sus goles. Pueblo que lo venera, adherido para siempre en las palabras: sus dichos, sentencias y saberes populares circulan como una moneda imposible de devaluar. 

En el último tiempo, el gran polemista fue apagándose. Quebrada su salud, aquella esgrima verbal dio paso al llanto. Este pasaje trágico lo resume muy bien el escritor Juan José Becerra, cuando describe la situación de una manera inequívoca: “Llorar es un discurso. El más conmovedor y misterioso. Tiene de poético y de funesto que no es un acto contemporáneo de su ejecución. Se llora hacia atrás, o se llora hacia adelante, es decir que se llora –si se llora mucho– cuando no se está viviendo”.

Con Maradona se fue una época en la que las palabras circulaban con un peso específico diferente, alejado de las levedades virtuales. Una época en la que el sentido acompañaba las palabras. Sus frases, como el gol a los ingleses, ya son objetos culturales (y cultuales). El giro maradoniano –su gambeta lingüística– es parte de nuestro patrimonio intangible.

En esa diferencia, en esa brecha profunda del lenguaje que interpela de manera directa a las máscaras de lo real y sus poderes fácticos, se resuelve la construcción del mito y su posterior derrumbe.