El sábado, mientras cenaba con su papá en una pozolería, el estudiante de Medicina Veterinaria de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), Rafael Alfaro Espino, murió por la violencia del territorio poblano, de la que ya había huido antes.

Amante de los caballos y la charrería, el joven asesinado en un asalto a los 24 años, buscó en 2012, un lugar para cursar la misma carrera, pero en el campus de Tecamachalco, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).

Según datos de los anuarios de la institución, en ese año fueron 329 los aspirantes y sólo 223, entre ellos Rafael, obtuvieron un espacio tras las pruebas de admisión.

Ingenioso como era, cuenta en entrevista su mamá Josefina Espino Méndez, empacó sus cosas y hasta adaptó redilas a la camioneta de su papá para mudarse con todo y su yegua Azúcar, de Puebla al municipio que destaca por huachicolero.

Primero, relató su madre, por la inseguridad, tomó la decisión de ir y venir  a diario, aunque eso implicara viajes de más de una hora de ida y vuelta. Después hizo ver a su familia que no regresaría más a Tecamachalco pese a cuatro semestres avanzados.

Ni ella ni su esposo Rafael Alfaro Rodriguez -también asesinado en el asalto del sábado-, ni los dos hermanos del estudiante, supieron qué vio o vivió el joven que lo llevó a regresar a casa y a esforzarse para continuar sus estudios en la UPAEP.

“Nunca me quiso decir qué vivió en Tecamachalco con tanta delincuencia, nunca me quiso decir. Únicamente llegó un día y me dijo, ‘mamá, no me regreso a Tecamachalco, voy a buscar otra opción, no me preguntes’”, recuerda.

“Algo le preocupaba, algo le pasó, que nunca no los hizo saber, ni a su papá, ni a sus hermanos ni a mi”, agrega.

Mantener una yegua y los estudios era caro

Mantener a Azúcar a la par de los estudios en una escuela privada era caro.  Rafael la vendió y como anécdota su mamá recuerda cómo ella y su esposo bromeaban con que o mantenían la pasión de su primogénito  o mantenían a sus tres hijos.

Aún con la yegua alazán fuera de su vida, pagar colegiaturas fue complicado y ya en el séptimo semestre de la carrera, el joven estaba en busca de una beca al participar en el ballet regional de la UPAEP.

Si le piden hablar de quién era su hijo, reconoce la señora Josefina, sólo puede decir: todas las cosas buenas que ella y su familia recuerdan del estudiante.

Que era terco para obtener a la buena lo que quería. Que era derecho. Que ayudaba a quien podía como para que lo vacilaran con que era la Madre Teresa de Calcuta de la casa. Que era fiestero, sano y amiguero, sobre todo eso.

Para el 3 de octubre de 2015 en que Rafael cumplió 23 años, cuenta su mamá  que le pidió permiso y apoyo para hacer una fiesta que superó por numerosa, su incredulidad.

“Me dijo, ‘agárrate porque son como 100 invitados’ y yo no le creí y llegaron más de 100 personas.

“Le preparé su cena. Dios es muy grande y me alcanzó y me sobró para la madrugada y al día siguiente en que llegaron más y más amigos”, recuerda.

A muchos de ellos los volvió a ver el domingo y el lunes en los funerales de Rafael y su padre. El acto, cuenta, estuvo lleno de afecto y solidaridad que le han ayudado a ella y a sus otros dos hijos, a sobrellevar la tragedia.

Tres días después del asalto, explica, lleva el doble duelo en casa y aunque es difícil, se siente tranquila por la fe que tiene. Ha perdonado a los delincuentes y los deja en manos de Dios.

“Estoy muy tranquila porque Dios está conmigo y, como se los dije a muchas personas, ya perdoné. Ya perdoné y que Dios los perdone y los bendiga”.