Sociedad
La Semana Santa de los toreros y su simbolismo en la tauromaquia
Un verdadero ritual que se inicia con las corridas del Domingo de Ramos, la de Sábado de Gloria y la Corrida de Resurrección
Es un hecho de todos conocido que la tauromaquia está repleta de signos de religiosidad que son parte crucial de la liturgia taurina: los festejos son de 3 toreros que visten un traje de 3 componentes; casaca, taleguilla y chaleco; la lidia se divide en tres tercios, la arena del ruedo también se divide en 3 tercios y son 3 los pares de banderillas que se colocan en ese tercio.
Así, como Jesucristo murió crucificado a las 3 de la tarde en medio de 2 ladrones, siendo 3 los crucificados; para resucitar al tercer día, fue miembro de una familia de 3; María Santísima, el Señor San José y Jesús. Y en los días de la Semana Santa esto cobra un gran valor, verdadero ritual que se inicia con las corridas del Domingo de Ramos, la de Sábado de Gloria, la Corrida de Resurrección, son eventos que no pueden faltar en el calendario taurino anual.
Es en Sevilla donde la Semana Santa de los toreros se vive a todo su esplendor. Veamos el recuerdo escrito de Vicente Blasco Ibáñez en su clásico “Sangre y Arena”: “La multitud, con esa impresionabilidad de los pueblos meridionales, contemplaba absorta el paso de los encapuchados, a los que llamaba nazarenos, más a figurar en este desfile nocturno, que acababa luego de salido el sol. Mascaras misteriosas que eran tal vez grandes señores llevados por la devoción tradicional”
Y, también de manera tradicional, lo toreros, sobre todo los de estirpe, los de dinastía y las grandes figuras, acostumbran pertenecer a estas cofradías, y encapuchados suelen participar con fervorosa devoción en estas procesiones.
“Era una cofradía de silencio. Los nazarenos no podían hablar, y marchaban escoltados por guardias municipales, cuidadosos de que los inoportunos no se llegasen a ellos para molestarles. Abundaban los borrachos en la multitud. Vagaban por las calles devotos incansables que, en memoria de la Pasión del Señor, comenzaban a pasear su religiosidad de taberna en taberna el Miércoles Santo, y no terminaban sus estaciones hasta el sábado, en que los recogían definitivamente, después de haber dado innumerables caídas en todas las callejuelas, que eran para ellos otras tantas calles de amargura".
Y al tiempo de que la Virgen y los Cristos en sus “pasos” van recorriendo las calles se escuchan los cantos y gritos en verso a veces desgarradores y las expresiones de elogio:
¡Olé la Macarena!...¡La primé Virgen der mundo!...¡La que le da por er pelo a todas las vírgenes!...
¡Pero qué bonita la gran señora!...¡No pasan los años por ella!
De todos los rincones de Sevilla van saliendo las cofradías con sus veneradas imágenes. Los del belmontino barrio de Triana con su Señora del Patrocinio y el Cristo de la Expiración, al que llaman Santísimo Cachorro. Los pasos del Sagrado Decreto, del Santo Cristo del Silencio, de Nuestra Señora de la Amargura, de Jesús con la Cruz al hombro, Nuestra Señora del Valle, Nuestro Padre Jesús de las Tres Caídas, Nuestra Señora de las Lágrimas, el Señor de la Buena Muerte, el del Descendimiento de la Santa Cruz, Nuestra Señora de las Tres Necesidades, todos ellos con sus comparsas de nazarenos vestidos de rojo, negros, blanco, verdes, azul, y violeta y los de color obispo o morado que es el verdadero tono “nazareno” de los vestidos de torear; todos hermosamente enmascarados, escondiendo bajo las puntiagudas caperuzas su pecadora personalidad, que se oculta en sentida penitencia dejándose ver, apenas tras los orificios del antifaz.
Al ritmo del paso que marcan los tambores, la procesión avanza, deteniéndose en aquellos lugares donde la multitud aguarda precisamente eso: la “detención” para que se escuchen los cantos y “saetas”, y cuando la marcha se continua, al avanzar los pasos: “La muchedumbre reía viendo lo restos biológicos que quedaban sobre el limpio adoquinado, residuos que obligaban a los empleados de limpia a recoger por espuertas”.