La política no tolera los vacíos. El reciente tablero electoral de cara al 2027 acaba de sufrir su primera sacudida estructural en Puebla. Tras casi ocho años fuera de la escena partidista formal, la reaparición de Antonio "Tony" Gali Fayad como delegado político nacional de Movimiento Ciudadano obliga a un análisis riguroso.
Escribo estas líneas no solo desde la óptica del analista, sino desde la experiencia compartida. A Tony Gali me une un aprecio a su persona y su familia cimentado por muchos años, además de haber trabajado juntos durante la época del morenovallismo. Conozco de primera mano su capacidad de operación, su disciplina institucional y su sensibilidad para articular consensos en momentos complejos.
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Por ello, su retorno al escenario público no me resulta indiferente; al contrario, me permite ponderar con objetividad el peso específico de su llegada al movimiento naranja.
La estrategia operada desde la dirigencia nacional por Dante Delgado y Jorge Álvarez Máynez resulta sumamente pragmática. La llegada de un exgobernador y expresidente municipal de la capital no obedece a una aspiración por una candidatura inmediata; el propio Gali ha descartado la búsqueda de la alcaldía poblana para el próximo periodo.
Su encomienda es de reingeniería estructural. Operar territorialmente en los 217 municipios del estado y afiliar liderazgos para consolidar a la "ola naranja" como la segunda fuerza política de la entidad. Cabe destacar que, durante su gestión como gobernador, fomentó lazos de amistad en todo el estado.
Por otra parte, su hijo, José Antonio "Tony" Gali López, actual diputado federal, también se desempeñó como diputado local en el Congreso de Puebla bajo las siglas del PRD (2011-2014). En la LVIII Legislatura tuvo la responsabilidad de coordinar el Grupo Parlamentario de la Revolución Democrática. En esos años, un servidor fungía como presidente estatal del partido, lo que me permitió atestiguar y coordinar de cerca los esfuerzos de esa bancada.
Esta misma convicción de justicia ha guiado mi pluma, el 15 de abril de 2019, cuando la infamia intentó acusar a Gali Fayad falsamente de ser el autor intelectual del trágico accidente de los Moreno Valle-Alonso, alcé la voz para defenderlo.
En mi columna "El rotor del helicóptero Agusta", desmonté categóricamente esos señalamientos infundados, apelando a la verdad histórica y a su calidad humana. Hoy, con esa misma verticalidad, doy la bienvenida a su reincorporación como un actor indispensable para el equilibrio democrático.
El haber entablado un diálogo previo con el gobernador Alejandro Armenta Mier deja ver que la cortesía política impera en Puebla. No estamos ante un bloque de confrontación radical, sino frente a una redistribución calculada de los controles políticos de cara a las elecciones intermedias.
En conclusión, el retorno de Tony Gali Fayad no es un acontecimiento menor ni un simple nombramiento emblemático; es un golpe estratégico en la víspera de la gran batalla electoral del próximo año. Quienes piensen que su llegada será pasiva ignoran su peso político y su probada capacidad operativa en las regiones.
Sin lugar a duda, su reactivación alterará los planes de más de un aspirante a un puesto de elección popular. El mapa poblano se ha vuelto a mover, y nadie que aspire a gobernar puede darse el lujo de ignorarlo.