Hay una idea que deberíamos recordar cada vez que tenemos la oportunidad de ocupar una responsabilidad pública: un cargo no nos hace superiores a nadie.
Parece una frase sencilla, pero en ocasiones olvidamos su verdadero significado.
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En México, muchas personas han luchado durante años por tener mejores oportunidades, por ser escuchadas y por construir una sociedad donde las instituciones estén al servicio de la gente. Sin embargo, también hemos visto cómo algunas personas, al llegar a un cargo, comienzan a comportarse como si el nombramiento las colocara por encima de los demás.
Cambian las formas de hablar, cambia la manera de tratar a las personas y, en algunos casos, hasta se olvidan de dónde vienen.
Desde mi perspectiva como mujer y servidora pública, creo que ahí comienza uno de los mayores riesgos del servicio público: cuando dejamos de entender que un cargo es una responsabilidad y comenzamos a verlo como un privilegio.
Un escritorio, una oficina, un nombramiento o una posición dentro de una institución no nos hacen mejores que nadie. Son responsabilidades que nos han sido confiadas temporalmente para cumplir una función.
Porque los cargos pasan.
Las administraciones cambian, los nombramientos terminan y las responsabilidades eventualmente llegan a otras manos. Lo que permanece es la manera en que tratamos a las personas y la huella que dejamos durante el tiempo que tuvimos la oportunidad de servir.
Por eso creo que nunca debemos olvidar que detrás de cada ciudadano que llega a una oficina pública existe una persona que merece respeto. No importa su condición económica, su profesión, su nivel educativo o si tiene algún contacto dentro del gobierno. Todos merecen ser escuchados y tratados con dignidad.
La cercanía con la gente no debería aparecer solamente durante una campaña, una elección o un evento público. Debe formar parte de nuestra manera cotidiana de entender el servicio.
Y servir significa precisamente eso: estar al servicio de los demás.
No se trata de llegar a un cargo para que los demás nos atiendan. Se trata de llegar para atender. No se trata de que la gente se acerque para rendirnos pleitesía. Se trata de que nosotros tengamos la disposición de acercarnos a la gente.
Tampoco se trata de acumular poder, sino de asumir la responsabilidad que ese poder implica.
Ningún cargo nos vuelve infalibles. Por eso también debemos tener la capacidad de escuchar una crítica, aceptar una sugerencia y reconocer cuando nos equivocamos. La verdadera autoridad no se construye con miedo ni con distancia. Se construye con respeto, resultados y congruencia.
Y quizá una de las mejores formas de saber si alguien entendió realmente el significado de servir es observar cómo trata a quien no puede darle absolutamente nada a cambio.
Es muy fácil ser amable con quien tiene influencia. Lo verdaderamente valioso es conservar la humildad frente a quien no tiene poder, contactos ni privilegios.
Un cargo puede darnos una posición, pero jamás debería quitarnos la humanidad.
Una reflexión final
Algún día dejaremos esa oficina. Algún día otra persona ocupará ese escritorio y tendrá en sus manos las responsabilidades que hoy tenemos nosotros.
Cuando ese día llegue, quizá nadie recuerde cuántas personas se levantaron para saludarnos, cuántas puertas se abrieron a nuestro paso o cuántas personas tuvieron que esperar para ser atendidas.
Recordarán cómo los hicimos sentir.
Por eso, antes de sentirnos superiores por un cargo, deberíamos recordar algo mucho más importante: no llegamos a la vida pública para que la gente nos sirva; llegamos para servir a la gente.
Los cargos terminan, los nombramientos pasan y las oficinas cambian de dueño. Lo único que realmente permanece es la huella que dejamos en los demás.
La verdadera grandeza no está en cuánto poder acumulamos mientras ocupamos un cargo, sino en cuánto bien fuimos capaces de hacer mientras tuvimos la oportunidad de servir.