En Acatlán de Osorio, territorio poblano, el problema ya no parece tener fin. Y cuando uno cree que la historia llegó a la cúspide con capítulos como el de Tianguismanalco, aparece otro episodio que es igual, pero al final lo supera con cinismo al máximo.
Ahora que se discute la salida de la alcaldía de Lupita Bárcenas porque el pueblo ya no la tolera, la munícipe defiende que su mamá sea su suplente. Su argumento es peculiar. Ella dice, a su juicio y parecer, que no sería nepotismo porque fue la ciudadanía la que votó por la fórmula y le dieron un sí a su postulación y la de su mamacita.
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¡Ah caray! Entonces, siguiendo esa lógica, si mañana un candidato registra a su papá, a su hermano, a su primo y hasta al perro de la familia como suplentes, ¿el voto popular convierte el árbol genealógico en democracia?
El asunto tiene una diferencia importante. Algo pueda estar permitido por la ley, pero no significa que sea políticamente correcto.
Y ahí aparece Tianguismanalco. Hace unos días, el alcalde Juan Pérez Moral fue detenido y vinculado a proceso por el presunto delito de violación contra una trabajadora del Ayuntamiento. ¿Y quién asumió la presidencia municipal como suplente? Su hijo, Édgar Pérez Rosas porque resulta que era su suplente y los partidos que los postularon no vieron mal esa práctica que hoy todos condenan: el nepotismo.
La ley fue aplicada y permitió el relevo del padre por el hijo porque estaba registrado en la planilla. Es decir, legalidad y legitimidad política no siempre caminan tomadas de la mano. Y eso debería estar clarísimo en Morena y sus aliados, particularmente a unos meses de la elección del 2027.
El caso de Tianguismanalco y ahora el de Acatlán plantean exactamente el mismo problema: ¿hasta dónde debe llegar la familia en el ejercicio del poder público? Y lo peor de todo, es que sucede con el cobijo de los partidos políticos.
No se trata de criminalizar el parentesco. Tampoco de decir que un familiar es automáticamente incapaz. Se trata de algo más elemental: evitar que los ayuntamientos y otros cargos parezcan extensiones de una familia y se acepten y formalicen un cacicazgo.
Y esto conecta directamente con lo que señalábamos la semana pasada: los partidos deben preocuparse por tener candidatos ejemplares antes de ganar, pero también por garantizar gobiernos ejemplares después de ganar.
Porque cuando ganan, todos presumen al candidato. Cuando gobiernan mal, curiosamente empiezan los “yo no fui”.
Morena y sus aliados ya saben que el mal desempeño municipal puede convertirse en factura electoral. En 2021 perdió importantes municipios de la zona metropolitana de Puebla después de gobiernos que fueron ejemplo de falta de resultados, experiencia y cercanía ciudadana.
Ante ello surgió la Escuela Municipalista para capacitar y vigilar a los alcaldes. Pero quizá ya no basta con enseñarles a gobernar, también habría que enseñarles que el poder público no se hereda, no se administra como negocio familiar y tampoco debe confundirse la lealtad de sangre con la confianza ciudadana.
Acatlán necesita autoridades, no herederos. Tianguismanalco ya encendió una señal de alerta. Y si Morena realmente quiere candidatos ejemplares, tendrá que demostrarlo antes de que las urnas vuelvan a darles una lección.
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