Domingo, 26 De Julio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Hablar de dinero: lección para toda la familia

Conversar sobre ingresos, gastos y ahorro ayuda a educar, prevenir conflictos y decidir juntos

Elena Zárate

Especialista en Comunicación Estratégica y Familiar con más de veinte años de experiencia. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, maestra en Comunicación Estratégica y maestra en Ciencias de la Familia, así como doctorante en Comunicación y Mercadotecnia Estratégica. Encabeza la iniciativa COMFAM Comunicación Familiar.

Domingo, Julio 26, 2026

Es domingo por la mañana en una casa de Puebla o de cualquier otra ciudad del país; sobre la mesa se encuentran la lista del supermercado, el recibo de la luz, el pago de la colegiatura y la promoción de un teléfono que puede adquirirse “a meses”. Mientras desayunan, los adultos intercambian algunas frases en voz baja: “este mes no va a alcanzar”, “después vemos cómo lo pagamos” o “mejor no digamos nada para que los niños no se preocupen”.

Aunque nadie les explique lo que sucede, los hijos perciben la tensión, ya que observan los gestos, escuchan fragmentos de la conversación y advierten que algo relacionado con el dinero genera preocupación. Quizá no comprendan las cifras, pero sí reconocen el silencio, el enojo o la incertidumbre.

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En muchas familias mexicanas se habla de dinero solamente cuando aparece un problema, como lo es una deuda difícil de pagar, un gasto inesperado, la pérdida de un empleo o una compra que provoca desacuerdos. Rara vez se conversa sobre las finanzas como parte de la vida cotidiana y, mucho menos, como una oportunidad para educar.

Sin embargo, la educación financiera familiar no comienza con una cuenta bancaria, una tarjeta o una aplicación para administrar gastos; sino que empieza con una conversación.

Hablar de dinero en familia resulta especialmente necesario en tiempos en los que los hogares deben tomar decisiones constantes para distribuir sus recursos. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024 del INEGI, en Puebla el gasto corriente monetario promedio fue de 41 mil 720 pesos trimestrales, 10.9 % más que en 2022. De esa cantidad, el principal rubro correspondió a alimentos, bebidas y tabaco, seguido por transporte y comunicaciones.

Detrás de esas cifras están las decisiones diarias de miles de familias, ya que en ellas se proyecta qué comprar en el mercado, cómo trasladarse al trabajo o a la escuela, qué servicio puede reducirse, qué reparación no puede esperar o qué celebración deberá realizarse con mayor sencillez.

Estas decisiones no son solamente financieras. También son comunicativas y emocionales.

Cuando el dinero escasea, es fácil que la conversación se convierta en reproche: “tú gastas demasiado”, “nunca me dices en qué usas el dinero”, “yo soy quien paga todo” o “siempre tengo que resolver los problemas”. En lugar de enfrentar juntos una situación, los integrantes de la familia terminan enfrentándose entre sí.

El estrés financiero puede afectar mucho más que el presupuesto. La Encuesta Nacional sobre Salud Financiera 2023 encontró que 36.9 % de la población adulta en México presentaba un nivel alto de estrés financiero. Además, 34.9 % reportó malestares físicos relacionados con esta tensión, como dolores de cabeza, problemas gastrointestinales o cambios en la presión arterial.

Por eso, hablar de dinero no debe reducirse a revisar cuentas, también implica expresar preocupaciones, reconocer límites, establecer prioridades y distribuir responsabilidades sin descalificar a nadie.

La comunicación financiera saludable parte de una idea sencilla, como lo es que el problema no es “tu gasto” o “mi deuda”, sino una situación que la familia necesita comprender y atender de acuerdo con las responsabilidades de cada integrante.

Esto no significa trasladar a niñas, niños o adolescentes las angustias económicas de los adultos. No corresponde decirles que la estabilidad del hogar depende de ellos ni hacerlos sentir culpables por necesitar ropa, alimentos o materiales escolares. La comunicación debe ser adecuada para su edad y proteger su seguridad emocional.

Pero protegerlos no significa ocultarles todo, ya que a un niño pequeño puede explicársele que el dinero es limitado y que, por eso, algunas compras deben esperar. Puede aprender a distinguir entre algo necesario y algo que desea. También puede participar en una meta sencilla de ahorro, como reunir una cantidad para comprar un juguete o realizar una actividad familiar.

A un adolescente se le puede involucrar en la elaboración de una lista de compras, la comparación de precios o la planeación de sus gastos personales. También necesita comprender que pagar con una tarjeta no significa que algo sea gratuito y que adquirir un producto a meses compromete ingresos futuros.

Estas pequeñas experiencias forman criterios que difícilmente se aprenden mediante un sermón. Los hijos observan cómo los adultos toman decisiones. Si escuchan que deben ahorrar, pero ven compras impulsivas frecuentes, aprenderán más de la conducta que del consejo. Si perciben que hablar de dinero provoca gritos, secretos o vergüenza, probablemente repetirán esa relación conflictiva cuando sean adultos.

En cambio, si participan en conversaciones serenas, pueden aprender que un presupuesto no es un castigo, sino una manera de elegir. La propia Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (CONDUSEF) plantea el presupuesto como una herramienta para saber cuánto se gana, identificar en qué se gasta y decidir conscientemente cómo utilizar el dinero.

El presupuesto familiar también comunica valores. Al distribuir el ingreso, una familia expresa qué considera importante; si es la alimentación, educación, vivienda, salud, descanso, convivencia, solidaridad o ahorro. No se trata solamente de preguntar cuánto cuesta algo, sino para qué lo queremos y qué estamos dispuestos a posponer para conseguirlo.

Además, hablar de finanzas permite reconocer todas las aportaciones al hogar. Quien obtiene un ingreso no debería utilizarlo como argumento para imponer decisiones. El trabajo doméstico, la crianza y las tareas de cuidado también sostienen la vida familiar, aunque no aparezcan en un recibo de nómina.

Una conversación financiera respetuosa puede comenzar con cuatro preguntas: ¿con cuánto contamos?, ¿qué debemos cubrir primero?, ¿qué podemos posponer? y ¿qué meta queremos alcanzar juntos?

No es necesario reunir a la familia solamente cuando hay una crisis. Puede establecerse un momento breve cada semana o cada quincena para revisar gastos, anticipar pagos y conversar sobre algún objetivo. El propósito no es vigilar ni culpar, sino generar claridad.

La salud financiera tampoco significa tener una vida libre de dificultades. La ENSAFI 2023 mostró que 52 % de la población adulta tenía algún tipo de ahorro; sin embargo, entre quienes ahorraban, 57.3 % contaba con una cantidad equivalente, como máximo, a una quincena de sus ingresos. Esto muestra el poco margen con el que muchas personas deben enfrentar una emergencia.

Quizá una familia no pueda ahorrar grandes cantidades, pero sí puede construir hábitos como registrar sus gastos, reducir compras impulsivas, conversar antes de contratar una deuda, evitar esconder compromisos financieros y reservar una pequeña cantidad para imprevistos.

Una familia financieramente educada no es necesariamente la que posee más recursos. Es aquella que aprende a hablar de ellos sin miedo, secretos ni agresiones; que reconoce sus límites sin perder la esperanza y que convierte cada decisión económica en una oportunidad para formar responsabilidad, solidaridad y confianza.

En tiempos convulsos, enseñar a los hijos a cuidar el dinero es importante, pero enseñarles a conversar sobre él puede ser una de las herencias más valiosas.

 

 

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