Lunes, 29 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Comunicar en tiempos de inteligencia artificial

La IA nos reta a recuperar presencia, escucha y humanidad en nuestros vínculos

Elena Zárate

Especialista en Comunicación Estratégica y Familiar con más de veinte años de experiencia. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, maestra en Comunicación Estratégica y maestra en Ciencias de la Familia, así como doctorante en Comunicación y Mercadotecnia Estratégica. Encabeza la iniciativa COMFAM Comunicación Familiar.

Lunes, Junio 29, 2026

En México, hablar de inteligencia artificial ya no es hablar del futuro, sino del presente. La vida cotidiana de millones de personas ya está atravesada por pantallas, búsquedas, redes sociales, aplicaciones, plataformas y, cada vez más, herramientas capaces de escribir, responder, resumir, diseñar, corregir o sugerir ideas en cuestión de segundos.

De acuerdo con la ENDUTIH 2024 del INEGI, en México hay 100.2 millones de personas usuarias de internet, lo que representa 83.1 % de la población de seis años y más. Entre adolescentes de 12 a 17 años, el uso de internet alcanza 95.1 %, una cifra que revela algo más profundo que conectividad, como lo es que niñas, niños y adolescentes no están entrando ocasionalmente al mundo digital; ya lo habitan. En Puebla, de acuerdo con reportes basados en esta misma encuesta, más de 4.7 millones de personas son usuarias de internet.

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A ello se suma un dato que ayuda a dimensionar el cambio cultural, pues el principal uso de internet en México es comunicarse. Después vienen las redes sociales y el entretenimiento. Es decir, la tecnología no solo está modificando la manera en que estudiamos, trabajamos o consumimos información; también está reconfigurando nuestras formas de hablar, convivir, expresarnos, discutir, acompañarnos y construir vínculos.

En este contexto aparece la inteligencia artificial generativa. La Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de la Inteligencia Artificial Generativa en la Educación Superior en México, impulsada por la SEP, muestra que su uso ya es una práctica extendida entre estudiantes y docentes. Algunas mediciones reportan que alrededor de seis de cada diez estudiantes y docentes de educación superior utilizan estas herramientas con frecuencia.

Esto no tendría que sorprendernos, pues la inteligencia artificial se ha vuelto atractiva porque responde rápido, ordena ideas, resuelve dudas, traduce, corrige, propone y acompaña ciertos procesos. En una época marcada por la prisa, la saturación informativa y el cansancio, una herramienta que promete ahorrar tiempo parece casi irresistible.

Sin embargo, desde la comunicación familiar y humana, la pregunta importante no es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué puede empezar a dejar de hacer la persona cuando delega demasiado en ella.

Porque una cosa es usar la tecnología como apoyo y otra muy distinta permitir que sustituya nuestra capacidad de pensar, conversar, discernir, narrar lo que sentimos o sostener una relación. Una inteligencia artificial puede redactar una disculpa, pero no puede hacerse responsable del daño. Puede sugerir una respuesta amorosa, pero no puede amar. Puede simular empatía, pero no puede mirar a los ojos. Puede generar palabras, pero no necesariamente construir presencia.

Y quizá ahí está el gran reto de comunicar en tiempos de IA, pues hay que recordar que comunicarnos no es solo intercambiar información. Comunicar es encontrarnos, poner atención, escuchar lo que el otro dice, pero también lo que calla. Es interpretar un gesto, una pausa, una emoción. Es tener la paciencia de explicar, la humildad de preguntar y la responsabilidad de responder desde la propia conciencia.

En las familias, este desafío se vuelve todavía más importante. Hoy muchas madres y padres se preguntan si sus hijos usan inteligencia artificial para hacer tareas, buscar respuestas o crear contenidos. Pero tal vez la conversación de fondo tendría que ir más allá: ¿qué están aprendiendo a pensar?, ¿cómo están distinguiendo entre información y conocimiento?, ¿saben reconocer cuándo una respuesta es útil pero incompleta?, ¿están desarrollando criterio propio?, ¿pueden explicar con sus palabras lo que una herramienta les ayudó a construir?

La inteligencia artificial no debería llevarnos a prohibir por miedo ni a permitir por comodidad; debería llevarnos a conversar más y mejor. A sentarnos con nuestros hijos para preguntarles cómo usan estas herramientas, qué les resuelven, qué les confunden, qué riesgos perciben y qué responsabilidades implica usarlas. Porque lo que no se conversa en casa, muchas veces se aprende solo frente a la pantalla.

También habría que preguntarnos qué ejemplo damos los adultos. Si usamos la tecnología para evitar conversaciones incómodas, para responder automáticamente, para estar presentes a medias o para llenar todos los silencios, quizá el problema no es la inteligencia artificial, sino la forma en que hemos ido renunciando a nuestra propia presencia.

La IA puede ser una aliada poderosa al abrir oportunidades de aprendizaje, creatividad, organización y acceso al conocimiento. Pero no puede sustituir el encuentro humano. No puede reemplazar la ternura de una explicación paciente, la fuerza de una conversación honesta, la contención de un abrazo o la sabiduría de una familia que aprende a escucharse incluso cuando no está de acuerdo.

Por ello, en tiempos de inteligencia artificial, comunicar será mucho más que saber usar herramientas. Será aprender a no perder humanidad en medio de ellas. Será formar hijos capaces de preguntar, no solo de recibir respuestas; personas capaces de pensar, no solo de copiar; familias capaces de dialogar, no solo de conectarse.

Porque quizá el verdadero desafío no será que las máquinas aprendan a hablar como nosotros, sino que nosotros no olvidemos cómo hablar desde lo más humano que tenemos, como es la conciencia, empatía, responsabilidad y el amor.

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