Domingo, 12 De Julio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Comunicarnos para cuidar la salud laboral

Hablar, escuchar y poner límites ayuda a prevenir el desgaste y cuidar la salud laboral diaria

Elena Zárate

Especialista en Comunicación Estratégica y Familiar con más de veinte años de experiencia. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, maestra en Comunicación Estratégica y maestra en Ciencias de la Familia, así como doctorante en Comunicación y Mercadotecnia Estratégica. Encabeza la iniciativa COMFAM Comunicación Familiar.

Domingo, Julio 12, 2026

Hay frases que se han normalizado en el trabajo como: “todo urge”, “ponte la camiseta”, “para eso te pagan” o “aquí todos estamos bajo presión”. A veces se dicen como bromas; otras, como instrucciones; sin embargo, detrás de ellas puede existir una cultura laboral donde el cansancio se minimiza, las necesidades no se expresan y pedir ayuda se interpreta como falta de compromiso.

El problema no es únicamente trabajar mucho; también desgasta trabajar sin claridad, sin reconocimiento, sin posibilidades de participación y sin espacios seguros para hablar de lo que está ocurriendo.

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En el primer trimestre de 2026, México registró 59.6 millones de personas ocupadas. En promedio, trabajaron 41.7 horas semanales, pero 23.2 % laboró más de 48 horas por semana. Además, 54.8 % de la población ocupada se encontraba en la informalidad y 38.8 % enfrentaba condiciones críticas de ocupación, indicador que considera la relación entre jornada e ingresos.

En Puebla, el panorama presenta retos adicionales. Durante el mismo periodo, 3.1 millones de personas estaban ocupadas; 70.9 % se encontraba en alguna modalidad de informalidad laboral y la tasa de condiciones críticas de ocupación llegó a 46.3 %, por encima del dato nacional.

Estas cifras no miden directamente el burnout o síndrome de desgaste profesional, pero sí muestran el contexto en el que millones de personas intentan sostener su desempeño con jornadas prolongadas, ingresos insuficientes, incertidumbre y menor acceso a prestaciones o mecanismos institucionales de protección.

La Organización Mundial de la Salud reconoce el burnout como un fenómeno relacionado con el trabajo, derivado del estrés laboral crónico que no ha sido gestionado adecuadamente. Se caracteriza por agotamiento, distanciamiento mental o cinismo frente al empleo y una sensación de menor eficacia profesional. No es simplemente “estar cansado” después de una semana difícil.

Ante este escenario, la comunicación interpersonal puede convertirse en una herramienta preventiva. No porque una conversación resuelva la falta de personal, reduzca automáticamente las jornadas o sustituya la atención profesional, sino porque permite hacer visible aquello que, cuando permanece en silencio, suele agravarse.

Una persona comienza a llegar tarde, pierde interés, responde con irritación o comete errores que antes no cometía. La reacción inmediata puede ser señalarla, exigirle mayor compromiso o asumir que “ya no tiene actitud”. Una comunicación humana y responsable plantea otras preguntas: ¿qué está pasando?, ¿la carga de trabajo es razonable?, ¿las instrucciones son claras?, ¿cuenta con los recursos necesarios?, ¿existe algún conflicto que no se ha atendido?

Escuchar no significa renunciar a los objetivos. Significa comprender las condiciones reales para alcanzarlos.

La prevención del desgaste comienza también con expectativas claras. Muchas tensiones laborales no surgen de la falta de capacidad, sino de mensajes ambiguos, prioridades cambiantes, instrucciones contradictorias y retroalimentaciones que aparecen únicamente cuando algo sale mal. Y es que cuando nadie sabe exactamente qué se espera, la persona permanece en un estado de alerta continuo.

Por ello, comunicar mejor en el trabajo implica explicar responsabilidades, acordar prioridades, establecer plazos posibles y confirmar que el mensaje fue comprendido. También supone aprender a decir: “necesito apoyo”,no puedo concluir ambas tareas con la misma calidad” o “requiero que definamos cuál es la prioridad”. Expresar un límite de manera respetuosa no es falta de disposición; puede ser un acto de responsabilidad profesional.

La retroalimentación es otro elemento esencial. Hay organizaciones donde los errores se comunican públicamente, mientras que el reconocimiento nunca llega. En otras, el silencio del jefe obliga a cada persona a interpretar si su trabajo es suficiente. Esta incertidumbre también consume energía emocional.

Una retroalimentación saludable debe ser oportuna, específica y centrada en conductas modificables. No es lo mismo decir “eres poco profesional” que explicar: “El informe se entregó después del plazo y eso retrasó la siguiente etapa; revisemos qué ocurrió y cómo podemos evitarlo”. La primera frase ataca a la persona; la segunda abre una posibilidad de mejora.

La Norma Oficial Mexicana NOM-035-STPS-2018 establece que los centros de trabajo deben identificar, analizar y prevenir los factores de riesgo psicosocial, además de promover un entorno organizacional favorable. Esto confirma que el bienestar laboral no puede depender únicamente de que cada trabajador “aprenda a manejar el estrés”. También es una responsabilidad de las organizaciones.

Por eso, sería injusto convertir la comunicación en otra exigencia individual. Hay condiciones estructurales que deben modificarse, como son las cargas excesivas, liderazgo autoritario, acoso, falta de autonomía, disponibilidad permanente y ausencia de descanso. La comunicación es útil cuando conduce a decisiones, no cuando se limita a escuchar sin cambiar nada.

Los equipos necesitan conversaciones periódicas que no se reduzcan a revisar pendientes. Necesitan espacios para preguntar cómo están trabajando, qué obstáculos enfrentan, qué apoyos requieren y qué prácticas deben corregirse. La evidencia ha encontrado que el apoyo social y organizacional se relaciona con menores niveles de desgaste; pero ese apoyo debe percibirse en acciones concretas, no sólo aparecer en discursos institucionales.

También es indispensable recuperar la dimensión humana del trabajo. Antes del puesto, la productividad o el indicador, hay una persona. Alguien que enfrenta preocupaciones, responsabilidades familiares, pérdidas, enfermedades, incertidumbre y expectativas. Reconocerlo no resta profesionalismo; permite ejercerlo con mayor conciencia.

Quizá una de las señales más preocupantes de un entorno laboral no sea el conflicto abierto, sino el momento en que las personas dejan de hablar porque aprendieron que expresar lo que sienten no sirve, incomoda o puede traer consecuencias.

Prevenir el burnout requiere revisar jornadas, liderazgo, cargas, recursos y condiciones de contratación. Pero también exige reconstruir la confianza para hablar antes de que el cansancio se convierta en agotamiento, antes de que la frustración se transforme en indiferencia y antes de que una persona llegue a pensar que la única manera de recuperar su bienestar es marcharse.

En el trabajo, como en cualquier relación humana, lo que no se comunica no desaparece, por el contrario, se acumula. Por ello, cuando una organización aprende a escuchar, no sólo protege la salud de quienes la integran, sino que también fortalece su capacidad para colaborar, resolver problemas y alcanzar resultados sostenibles.

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