Las madrugadas y las prisas no combinan. En la penumbra del amanecer los colores se confunden, y puede ocurrir que salgas convencida de que los tonos armonizan entre sí, cuando en realidad, bajo la luz franca del sol, chocan estrepitosamente. Por eso, si vas a elegir la ropa en plena madrugada, conviene acercarte a una luz más generosa... o, de plano, romper esquemas.
Pero la ropa es apenas una parte de la historia. Están los accesorios, esos pequeños cómplices del atuendo que, en teoría, deben hacer juego con él.
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Todo esto viene al caso porque la semana pasada, al salir del trabajo, me encontré con un amigo. Como íbamos hacia el mismo rumbo, le ofrecí un aventón. Apenas subió al coche, metí reversa y, al verme en el espejo retrovisor, descubrí el detalle: llevaba un arete de un juego y otro de otro.
Solté una carcajada. Mi amigo, contagiado por la risa, me preguntó qué ocurría. Le expliqué que llevaba aretes disparejos.
Sin perder un segundo y con esa chispa que lo caracteriza, respondió a botepronto:
—¡Primos!
alefonse@hotmail.com