“L’enfer, c’est les autres” (“El infierno son los otros”) escribió Jean Paul Sartre en A puerta cerrada (1944), frase que, una interpretación podría ser una condena a las relaciones humanas, al traducirse como “Libertad es cuando nadie mira”, develando la gran protagonista: la mirada del otro (aun cuando nadie observa).
Una primera explicación de “El infierno son los otros” surge cuando incorporo como mía, la creencia que viene de afuera, del debo obedecer seguida del gran repertorio social dictado para relacionarme con los otros (y conmigo misma).
Más artículos del autor
Desde que me indicaron: “Debes complacer a los demás para que te quieran", sin que se me permitiera, siquiera, cuestionar de dónde surge la necesidad de complacer a los otros, fueron apareciendo, desde dentro, preguntas silenciosas que empezaron a gobernar mi conducta:
¿Estoy actuando bien?
¿Qué pensarán de mí?
¿Me están calificando?
En ese preciso momento dejé de actuar únicamente desde mi interior y comencé a actuar, aunque sea un poco, “para aquél que me mira, porque, cuando alguien me observa, soy objeto de su juicio y empiezo a mirarme a través de sus ojos” (Sartre). Como explica el filósofo: “La mirada del otro me convierte en objeto; dejo de existir solamente desde mi consciencia y comienzo a existir también, dentro de la consciencia del otro.”
Pero ocurre algo todavía más pernicioso: ¿Qué sucede cuando ya no hay alguien observándome y aun así, sigo sintiéndome observada? Ahí dentro no están mis padres, tampoco mis maestros, ni la religión o la sociedad… pero su mirada sigue ahí sin ellos estar presente. Los he introyectado: ahora viven dentro de mi consciencia y se han convertido en mi "observador interno", el juez invisible que me critica, me censura y vigila, constante e impunemente, incluso en mi soledad.
Por un lado, está la mirada real del otro; por el otro, el observador invisible que esa misma mirada terminó construyendo en mi interior: la primera me limita desde afuera; la segunda, me condena desde dentro. Por eso, quizá, el infierno del que hablaba Sartre no sean las personas, sino el instante en que yo misma les entregué a los otros: el poder de definir quién soy. Ahí es donde se encuentra el genuino in-between, en ese espacio intermedio donde la libertad se me puede escapar, al introyectar...
La libertad no consiste simplemente en que nadie me observe, que es una libertad efímera y momentánea. La legítima libertad comienza cuando la presencia o la ausencia de los otros deja de determinar mi identidad; cuando yo decido seguir siendo yo misma, aunque alguien me mire o no me mire; cuando puedo escuchar una crítica sin convertirla en una sentencia; cuando el reconocimiento deja de ser una necesidad y se convierte ¡en un regalo!
El espacio intermedio, the in-between es el lugar donde dejo de vivir dentro de los ojos de los otros, para volver, regresar, girar, ¡por fin!, a habitar los míos propios. Porque el infierno nunca fue la mirada ajena: comienza el día en que creo que esa mirada sabe mejor quién soy, que yo misma.
alefonse@hotmail.com