La Feria de Puebla debería ser, como lo fue durante muchos años, un espacio de convivencia familiar, tradición, cultura popular y orgullo para los poblanos. Un lugar donde las familias pudieran disfrutar tranquilamente de conciertos, gastronomía, espectáculos y entretenimiento.
Porque nadie está peleado con la diversión ni con que existan eventos para que Puebla pueda celebrar y convivir. El problema comienza cuando una feria deja de ser una celebración popular y se convierte en una herramienta política de propaganda, narrativa y distracción gubernamental.
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Y eso es justamente lo que hoy empieza a evidenciarse. Porque detrás de las luces, los escenarios y los conciertos internacionales, comienzan a aparecer las grietas de una organización improvisada, rebasada y más preocupada por el espectáculo que por la responsabilidad.
Ahí están los hechos, una estructura colapsó en la zona de la expo ganadera dejando personas lesionadas, evidenciando fallas en materia de supervisión y seguridad. A ello, se sumaron las denuncias ciudadanas por cobros excesivos e irregulares en estacionamientos que llagaron hasta los $500 pesos; descontrol en los accesos y mala organización dentro del recinto, sin embargo, el discurso oficial insistía en vender la idea de una “feria histórica”.
Pero la realidad terminó imponiéndose nuevamente. La propia autoridad reconoció sobrecupo durante la presentación del artista internacional Calvin Harris, uno de los eventos más promocionados de toda la feria. Y entonces surge inevitablemente una pregunta: ¿la prioridad era garantizar la seguridad de las familias poblanas o presumir escenarios abarrotados para alimentar la narrativa del gobierno? Porque cuando un gobierno empieza a medir el éxito por las fotografías, las tendencias en redes sociales y los espectáculos llenos, corre el riesgo de olvidar algo muy importante: gobernar no es producir eventos.
Y es ahí donde la feria deja de ser únicamente una feria para convertirse en propaganda política. Porque mientras miles de poblanos enfrentan inseguridad, servicios deficientes y falta de respuestas, el gobierno invierte enormes esfuerzos en construir escenarios monumentales, espectáculos internacionales y campañas de imagen que intentan vender la idea de un estado perfecto, como si las luces pudieran esconder la realidad.
Y ocurrió precisamente durante uno de los conciertos más emblemáticos de la feria. Durante la presentación de Los Tigres del Norte, comenzaron los abucheos dirigidos al gobernador. Eso evidentemente no formaba parte del guion oficial. Porque hay algo que ningún aparato de propaganda puede controlar completamente, que fue el sentir social de los poblanos hacia el Ejecutivo Estatal. La gente puede disfrutar de los conciertos, asistir a los espectáculos y llenar los recintos, pero eso no significa necesariamente respaldo político. Confundir asistencia con aprobación es uno de los errores más frecuentes de los gobiernos de la 4T que son tan obsesionados con la narrativa pública.
Mientras tanto, las inconsistencias continuaron acumulándose. Por ejemplo, la banda poblana “The Diantres” denunciaron condiciones laborales irregulares, sin contrato, pago diferido y equipo técnico cobrado aparte por organizadores, inconsistencias que terminaron empañando una feria que el gobierno pretendía presentar como símbolo de eficiencia y grandeza.
Y ahí aparece el verdadero problema de fondo: la utilización de eventos públicos para construir una imagen política artificial. La feria dejó de tratarse exclusivamente de Puebla; ahora parece tener el objetivo de girar alrededor del gobierno mismo. Todo termina orientado a posicionar, proteger y proyectar políticamente al poder. Como si las instituciones públicas y los eventos populares estuvieran obligados a convertirse en plataformas permanentes de propaganda gubernamental y de suspirantes del proceso electoral que se avecina.
La vieja fórmula del “pan y circo” nunca desapareció; simplemente se modernizó. Ahora tiene drones, influencers, pantallas gigantes y transmisiones en redes sociales; pero el fondo sigue siendo exactamente el mismo, entretener mientras los problemas reales continúan esperando respuestas.
Y quizá por eso algunos momentos recientes dejaron imágenes políticamente incómodas. Porque dentro del propio marco de los festejos y actividades oficiales del 5 de Mayo, durante el tradicional desfile conmemorativo, hubo gestos que no pasaron desapercibidos para la opinión pública. La presencia de la presidenta con A Claudia Sheinbaum, terminó generando más interpretaciones políticas que mensajes de unidad institucional, particularmente por la evidente frialdad mostrada hacia el gobernador en distintos momentos del evento.
Y en política, las formas también comunican. Porque mientras el aparato gubernamental insiste diariamente en construir una narrativa de fortaleza, control y respaldo absoluto, la realidad termina enviando señales distintas. Señales que ni los escenarios, ni los conciertos, ni los espectáculos alcanzan a ocultar completamente.
Tanto esfuerzo por controlar la narrativa y terminaron siendo las propias imágenes las que hablaron. Porque mientras el gobernador presume cercanía, respaldo y fortaleza política, durante el desfile del 5 de Mayo hubo momentos donde la realidad pareció tomar distancia de su discurso oficial. Y es que en política las sonrisas forzadas duran poco, pero las imágenes permanecen siempre.
Los gobiernos pueden controlar el escenario, pero nunca por completo la realidad. Y cuando la realidad comienza a desmentir la propaganda, ni los conciertos ni los reflectores ni los espectáculos alcanzan para sostener la narrativa.
Por cierto: ¿y los ganadores de las licitaciones? ¿Y toda la información financiera oculta de la Feria 2026? ¿Para cuándo?