Viernes, 26 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El problema de los alumnos problema

Educadores y escuelas deben desarrollar herramientas para enfrentar los conflictos que vivimos

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Marzo 9, 2026

“Es muy notable la conciencia de impotencia que manifiestan muchos docentes y directivos ante los estudiantes que presentan problemas de comportamiento. Sin descartar su importancia, he visto a muchos docentes desplegar distintas estrategias de orden pedagógico que les ayudan a reengancharse con la posibilidad de aprender en la escuela y a relacionarse de otra manera con sus compañeros. Eso me hace pensar que si no es ‘problema’ de las escuelas el ‘problema’ de los alumnos cuyas condiciones de vida los colocan en situaciones de riesgo social, entonces ¿de quién sí es?”
Cecilia Fierro Evans. La convivencia escolar más allá del combate a la violencia. Entrevista de Erick Juárez Pineda. Educación futura. 17 de diciembre de 2014.

Los docentes tienen que trabajar para formar a los estudiantes que están en su aula, no a los que desearían tener frente a ellos. Esta es una idea que aprendí de un rector,  especialista en educación, que fue el mejor jefe que tuve cuando era muy joven y empezaba mi trayectoria en puestos de gestión directiva universitaria.

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Esa forma de invitar a los educadores a ver su práctica como algo concreto que ocurre en condiciones y frente a seres humanos concretos y no como un ejercicio ideal orientado a la formación de personas ideales abstractas, tal como las imaginamos que nos gustaría que fueran o como las define un documento curricular como perfil de ingreso.

Mi experiencia como formador de docentes en servicio, me hizo cada vez más patente la necesidad de plantear y dialogar esa visión con los maestros y maestras que comparten conmigo algún espacio áulico. Desde los primeros grupos que tuve hasta los actuales, escucho frecuentemente a los profesores universitarios decir que los alumnos que reciben no vienen con la preparación en conocimientos, habilidades y actitudes que deberían haber desarrollado en el bachillerato. Lo mismo opinan los docentes de bachillerato respecto a las deficiencias que traen los adolescentes de la secundaria y a su vez los de secundaria con relación a la formación de primaria.

Con respecto a la dimensión actitudinal y de comportamiento, relativa a la formación en valores básicos para poder convivir con otros, también es frecuente ver memes y grafitis o escuchar opiniones de maestros que dicen que esta formación es responsabilidad exclusiva de la familia y que la escuela tiene como única tarea la enseñanza de contenidos de las asignaturas. Por ejemplo, en la imagen que mis cinco lectores pueden encontrar aquí se hace una distinción falsa desde mi punto de vista en la que se afirma que la familia educa y la escuela enseña.

Esta falsa dicotomía no solamente se presenta en los docentes, sino también a nivel institucional. En efecto, las escuelas y universidades que tienen una matrícula suficiente y una demanda alta de ingreso, puede observarse que sin ningún cuestionamiento respecto a su misión educativa, se expulse con toda tranquilidad a los llamados alumnos problema, tanto por su desempeño académico como por sus hábitos de estudio o su comportamiento en la convivencia cotidiana. Cabría preguntarse: ¿Qué mérito tiene enfocarse a educar solamente a los estudiantes considerados como ejemplares y descartar a los que tienen mayor dificultad?

Como dice Cecilia Fierro, resulta muy palpable el sentimiento de impotencia o de frustración que manifiestan muchos docentes y directivos ante los estudiantes que presentan problemas de comportamiento y añado yo, de aprendizaje. Sin embargo, también es frecuente ver -y lo constato con los profesores que tengo en mis aulas ocupados en su formación permanente- un buen número de maestros y maestras que se esfuerzan por diseñar y poner en práctica estrategias orientadas a reorientar los comportamientos negativos de este tipo de estudiantes y se comprometen con ellos para reintegrarlos al grupo y “reengancharlos” como agentes de su proceso formativo.

Es cierto que la familia debería ser la primera escuela para que como dicen, la escuela pueda ser la segunda familia para los niños, niñas, adolescentes y jóvenes en proceso de desarrollo. Sin embargo, como en el caso de los alumnos, tenemos las familias que tenemos y no las que desearíamos tener, por lo que muchos estudiantes viven situaciones de violencia intrafamiliar, de abandono por la situación laboral de sus padres y madres, de indiferencia por la cultura individualista y consumista de nuestros tiempos, etc.

Frente a esas situaciones familiares complicadas en las que los niños y niñas no se sienten en sus familias en un contexto seguro y acogedor con ambientes propicios para el desarrollo de una sana autoestima y de un autoconcepto positivo, el aula y la escuela representan para ellos una posibilidad de encontrar un espacio de contención, de apoyo y de aprendizaje de formas alternativas de convivencia auténticamente humana.

Ante este contexto desafiante, resulta indispensable que quienes ejercemos la profesión de la esperanza nos hagamos la pregunta que plantea Fierro: si no es problema de la escuela el problema de los estudiantes que no tienen condiciones de vida adecuadas y se encuentran en situación de vulnerabilidad social, entonces, ¿de quién es?

La respuesta podría ser que ese problema no es de los docentes ni de la escuela sino de sus familias y comunidades, pero esta respuesta implica evadir la responsabilidad del sistema educativo formal, porque los educadores y las escuelas tienen como misión no solamente enseñar contenidos sino sobre todo, enseñar a las nuevas generaciones en qué consiste ser humano, como afirma Savater, enseñarles no sólo a saber o a hacer sino también a ser personas humanas plenas y a convivir de manera constructiva, justa y pacífica con los demás como dice el muy conocido reporte La Educación encierra un tesoro.

Pero hay otra respuesta responsable, comprometida y potencialmente más eficaz. Se trata de la respuesta que nos implica en el problema de los llamados “estudiantes problema” y nos lleva a comprender que esa situación no es resultado únicamente de una falla individual de esos estudiantes sino de todo un problema estructural que socialmente lleva a la disfuncionalidad en las familias y en lo educativo convendría que nos condujera a la reflexión autocrítica sobre el funcionamiento estructural y la cultura escolar en la que viven esos niños no solamente se ve afectada por sus comportamientos negativos sino puede también ser causa de esas conductas.

En su artículo de este domingo en el diario Reforma, Eduardo Caccia señala, a propósito del experimento Universo 25 que: Sin desafíos que enfrentar, una comunidad corre el riesgo de perder aquello que la mantiene viva: su propósito. Quizá la aspiración no debería ser vivir en una utopía, sino desarrollar las herramientas para enfrentar la adversidad que da forma y sentido a la vida”.

Ojalá los educadores y las escuelas no aspiremos a vivir en una utopía sino a vivir desarrollando las herramientas para enfrenta r los conflictos que nos presenta la realidad en que vivimos.

 

 

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