Tiempos complicados nos han tocado vivir en el México de este primer cuarto del siglo XXI. Vivimos con un sistema político que no acierta a definir un proyecto de nación que haga posible el desarrollo y bienestar de la mayoría de la población, sin un sistema de justicia funcional y en medio de un entorno internacional que también parece decir adiós al derecho internacional.
Esta situación se agrava para nuestro país al tener que lidiar con un imperio que ha renunciado a competir en el mundo usando la creatividad y el conocimiento, que más bien se ha quitado la careta de civilizado y demócrata, con acciones opuestas al derecho internacional y más dignas de un forajido que de la patria de Lincon y Luther King.
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Es posible que estas acciones sean un intento para evitar que se consolide un nuevo reparto del poder multipolar, entre Estados Unidos, los BRICS y Europa, o puede ser que esto señale el principio de una época en la que imperará la ley del más fuerte.
En este contexto, es penoso mirar la reacción de algunos mexicanos, que aplauden el episodio reciente en que se usaron las armas de EE. UU. contra Venezuela. Es válido oponerse al régimen bolivariano y exigir una apertura democrática; sin embargo, es evidente el doble rasero, pues aquellos que aplauden la captura de Maduro jamás habrían pedido una intervención similar contra Pinochet o Videla. Bien lo dijo Franklin D. Roosevelt para referirse al viejo Somoza: “He is a son of a bitch, but he is our son of a bitch”.
La transmutación de algunos comentaristas es asombrosa: los mismos que se quejan de los ataques contra las instituciones por parte de la 4T, se visten de realistas para aplaudir la aventura de Trump, y se engolosinan imaginando la próxima incursión de la USA Army por los rumbos de Palenque.
¿Qué le depara el nuevo orden a nuestro país? Es posible que nos toque bailar al ritmo que marquen los más poderosos, sin llegar a los extremos del siglo XIX, cuando perdimos más de la mitad del territorio y sufrimos la invasión francesa. Por una parte, podemos considerar que la economía mexicana está ligada con la de Estados Unidos a un nivel que ha creado una especie de codependencia.
Así esos sectores funcionan como un amortiguador que modera los efectos más perniciosos. Por otra parte, la población mexicana que vive en Estados Unidos es también un factor que modera una agresión bélica contra nuestro país. Contrario a lo que afirman los opositores más desinformados: nuestro país sigue siendo tan capitalista como siempre, y de hecho la 4T ha respetado los acuerdos con nuestro vecino del norte.
México cuenta también con una riqueza cultural que nos hace resilientes ante los cambios mundiales. Me parece que hay una mayoría de mexicanos que no quiere cambios radicales; para bien o para mal vive de acuerdo a una idiosincracia basada en lo local. Esto se puede apreciar en encuestas y estudios de opinión, o incluso en detalles cotidianos.
Así la gente de nuestro México sigue disfrutando de una feria tradicional, consume sus platillos de temporada, escucha música mexicana entre otras, y en las fiestas de quinceaños o bodas, bailamos desde cumbias, salsa, pop y hasta norteñas, o la famosa “Iguana” en el caso de los guerrerenses.
Me imagino al México actual como una pirámide, al estilo de Teotihuacán, sólida, amplia, que habrá de resistir el embate del imperio, el paso del tiempo, la violencia y las contradicciones. Un México en el que los 3000 años de cultura prehispánica habrán de promediarse mejor con los tres siglos de vida colonial y lo que llevamos de país independiente. Así pues, esperamos que los cantares mexicanos resumidos por el maestro León Portilla describan bien nuestro futuro:
“Y tened por sabido, señores, que esta noble ciudad, cabeza de nuestro imperio, mientras el mundo sea mundo, habrá de permanecer y no perecer jamás”