A Chepita Rivero Villar,
amiga, madrina y comadre,
por su cumpleaños.
La política en México se ha degradado, más allá de su habitual paradoja entre realidad y pensamiento y entre éste y el poder. Si de por sí ese binomio (razón y poder) presenta a la política en su complejidad, la reducción del pensamiento a mera retórica hace que el poder se desborde.
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Los excesos del poder, al perder contacto con la realidad y con el pensamiento racional, tarde o temprano, terminan “justificando” toda decisión, por muy descabellada que ésta sea. López Obrador ilustra este aserto. No hay otros datos.
En tal contexto, llama la atención la falta de crítica de los intelectuales y de los académicos hacia quienes detentan el poder. Y si hay masa crítica en los espacios universitarios, tal bagaje no tiene expresión en los asuntos públicos, como si quienes trabajan con la realidad y el pensamiento hubiesen renunciado a la cosa pública. La opinión pública se inunda de posiciones políticas y/o ideológicas, pero no de voces críticas del poder. Éstas son contadas o aisladas. Puebla no es la excepción.
Puede decirse que hay más pasión —política y/o ideológica— que lucidez. No hay un Octavio Paz o un José Revueltas del siglo XXI mexicano: hombres sensibles al momento histórico que vivieron. Se extraña no sólo su sensibilidad en los asuntos públicos, sino su lucidez.
A nivel aldeano, no ha surgido un Manuel Díaz Cid que piense y analice el espectro global, nacional y local. En la opinión pública encontramos, más bien, contratistas y publicistas del poder. La expresión se da sin crítica, sin libertad.
Si Paz, Revueltas, Azuela, M. L. Guzmán y otros criticaban la perversión de la Revolución Mexicana —su corrupción—, nadie critica al régimen cuatrista ni su corrupción o perversión. Un manto ideológico ciega toda crítica. Tal corrupción y perversión del nuevo proyecto morenista es mayor que la del régimen revolucionario del siglo XX mexicano. La familia revolucionaria buscaba asegurar el poder tratando de acelerar el desarrollo económico y social como principio de paz social. La 4T va por otro camino.
Los ejecutados y desaparecidos del país, la inoperancia de los sistemas de educación y de salud, hablan de lo que ya es un grito a voces: la connivencia del Estado con el crimen organizado y el desmantelamiento institucional de atención a la sociedad. Los fenómenos naturales de la semana antepasada denotan no sólo el drama humano de miles de personas, sino la incapacidad de los gobiernos de atender a su población. Más allá de la foto, poco hacen dichos gobiernos —federal y locales— por la gente.
¿Qué pueden aportar la filosofía y la literatura a la crítica del poder en el momento presente? La respuesta que me gustaría sugerir es esta: lucidez. Sí, pasión también; imaginación, sin duda; pero, sobre todo, lucidez, claridad como luz, aunque sea modesta, pequeña, a la manera de un pequeño cerillo que ayude a mirar dónde estamos parados y ver si hay un camino o varios por recorrer. Me gustaría afirmar: lucidez para encontrar metas y horizontes abiertos. Esto es muy difícil, más necesario.
Con algo de lucidez es posible sembrar esperanza; y con esperanza las manos y los pies pueden moverse, no importa si la noche es oscura o el mar está embravecido. La filosofía, como sostenía san Agustín —y otros filósofos—, nos ayuda a ubicarnos en el concierto de la realidad; nos ayuda a resolver los problemas del pensamiento y de la acción; nos ayuda a que el poder no se desborde, porque lo primero que planta ante éste es la crítica, el juicio lúcido sobre sus fines, sus propósitos y, claro, sus medios.
Gracias al pensamiento racional brotaron no sólo las ciencias humanas, sino las ciencias naturales, es decir, pasamos de la mera percepción sensible al ámbito del saber. Siempre es mejor, para tomar decisiones, contar con los saberes necesarios, precisos y oportunos. Ese ha sido ya un gran aporte de la filosofía. Por ésta se han esclarecido los derechos humanos y la dignidad humana, las libertades y la necesidad y pertinencia del Estado de derecho. Ha esclarecido el vínculo entre razón y poder.
Pero en el momento presente, no sólo de México sino de la región y del globo, la crítica filosófica debe ir más allá de las pasiones ideológicas y/o políticas. Si hablamos de lucidez, hablamos de crítica constructiva que busque preservar la dignidad y los derechos humanos y proyectarlos más allá de las emociones políticas, más allá de los poderes públicos, fácticos y oscuros. Es verdad que la filosofía está al alcance de todos, pero como saber y conocimiento requiere observación, rigor y disciplina.
La literatura también es relevante. Nos ayuda a imaginar un mundo mejor, mejores situaciones humanas, escenarios más humanos. Por esto naturalmente la literatura es crítica: no está conforme nunca con la situación presente. Si en momentos tranquilos la literatura nos agita, en momentos difíciles nos arriesga. Y hay que arriesgarse a construir esa mejor sociedad que anhelamos, más justa, más digna, más humana. Incluimos en ella a la poesía. Ésta provoca los incendios que nadie puede apagar.