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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El amor, ese extraño objeto de manipulación

En Puebla, la política del amor contrasta con la política punitiva contra los movimientos sociales

Ociel Mora

Es vicepresidente de Perspectivas Interdisciplinarias, A. C. (www.pired.org), organización civil con trabajo académico y de desarrollo económico de grupos vulnerables; y promotora de acciones vinculadas con la cultura comunitaria indígena y popular. Su línea de interés es la Huasteca y la Sierra Norte de Puebla.

Miércoles, Septiembre 10, 2025

Resultaba raro que desde su precampaña, Alejandro Armenta utilizará el amor (“Por amor a Puebla”) como táctica de propaganda electoral, y no los recursos de la vieja izquierda nacionalista, donde abreva la mayor parte de su discurso político (la nacionalización del litio, su caballito de batalla en el Senado, que le permitió mantener vigente un discurso uncido al del expresidente López Obrador).

Desde lo popular el amor es un término vinculado con la vida privada y no con la disputa política; salvo cuando transita hacia la subyugación del otro. El amor es “obediencia ciega”. Muchos observadores supusieron la argucia publicitaria como antídoto contra la política del resentimiento, explotada de manera inmisericorde por el presidente López Obrador.

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El recurso del maniqueísmo de ellos contra nosotros. Los malos contra los buenos: el demonio encarnado en el PRIAN contra la benevolencia de Morena; la rémora del pasado contra el cambio modernizador del bastón de mando. Por lo demás, el perfil del aspirante no se avenía, ni se aviene, a ese modelo de hacer política fincado en la confrontación. Combate en la que no hay adversarios sino enemigos a los que hay que eliminar como se eliminan las cucarachas que se descubren debajo de la mesa. En este punto calzaba en parte la retórica amorosa.

Puebla es una ciudad mesurada, entre un sector conservador-liberal (que cree en el poder de las elecciones y el respeto que se debe al otro, representado por el PAN, por asociaciones civiles y núcleos universitarios), y el resto de la población mayoritariamente liberal-liberal, diseminado en los partidos políticos, en los sindicatos, en los medios de comunicación, pero sobre todo entre la población sin militancia partidista. El núcleo duro de la oposición.

La izquierda radical que aboga por la eliminación de la propiedad privada no existe en la entidad o es exigua. El último mohicano de esa estirpe en extinción es Gerardo Pérez Muñoz, el Huauchi. En este contexto era entendible la introducción de un concepto relativamente neutro en la pelea por la preferencia de los electores, especialmente en el sector popular, el más vulnerable de manipulación. La masa cautiva de Morena.

Pero como en todo lenguaje humano, el amor (en todos sus sentidos y acepciones, incluida la del psicoanálisis de Freud: la pulsión de la líbido, el complejo de Edipo) es un sentimiento terriblemente poderoso susceptible de manipulación política. Muy característico en los gobiernos populistas de derecha e izquierda.

Pasadas las elecciones, como es la costumbre, se habría esperado que las arengas publicitarias pasarían al rincón de las anécdotas y se asumieran lemas nuevos, henchidos de espíritu republicano y la promesa de mejoras materiales. Pero no; la referencia amorosa se mantuvo y mantiene enhiesta.

Esto es, el amor como estrategia publicitaria no solo sobrevivió al periodo electoral en el que Alejandro Armenta fue electo gobernador por el partido Morena, sino que hoy lo hayamos instalados en las estrategias transversales del PED (Plan Estatal de Desarrollo), como política pública de gobierno. Ergo: desde las dependencias se dirigen acciones en esa dirección. El tema, hay que precisarlo, no aparece referido en ninguno de los tratados de políticas públicas, ¡vaya!, ni en los manuales. Es una estrategia publicitaria.

Sin embargo, hasta los periodistas saben que el amor no mejora las calles de la ciudad y no tapa los baches, no alivia la inseguridad ni la violencia política, no genera empleos ni distribuye oportunidades en función del mérito, no reduce los feminicidios ni termina con las desapariciones forzadas; no pavimenta carreteras, no cura enfermedades endémicas; no supera el miedo a la inseguridad. El amor, en política, sirve para disfrazar de virtud cortesana lo que, en el fondo, no es más que cálculo de poder.

Poco después de haber protestado el cargo, en febrero, en el mes del amor, el gobierno organizó el Festival del Amor, del 13 de febrero al 2 de marzo. Veinte días de fiesta. Entre las actividades hubo “jardín de poetas”, se pintaron corazones, se estableció un pabellón romántico, sets para fotos, bodas instantáneas y conferencias magistrales En el acto inaugural el gobernador Armenta hizo definiciones: “Cuando un ciudadano elige a sus gobernantes, le brinda su confianza, que es amor”.

Por declaraciones se sabe que “Por amor a Puebla” busca comunicar la entrega (del ciudadano al gobernante), y cuando se hacen leyes (el Congreso), el amor “va de la mano de la felicidad”. De esa relación, el jefe del Ejecutivo estatal, hace depender la estabilidad de la familia. En otra ocasión, relacionó el Amor a Puebla con la patria, la transparencia, el trabajo y el humanismo (14 de julio de 2025).

El amor también sirve para combatir la corrupción. No hacen falta instituciones republicanas, sino mucho amor para acabar con ese flagelo. Indigno de una República. Es principio rector para construir justicia, seguridad, bienestar y cohesión comunitaria. “El amor no cansa, te despierta lleno de amor, con ganar de servir”.

El tema lleva inevitablemente a la novela distópica, 1984, de Orwell. Ahí hay un pasaje que relata uno de los grandes acontecimientos durante el año. La organización de la Semana del Odio (también el país imaginario esta dividido). Los funcionarios de todos los ministerios dedican horas extras a esta tarea. Se organizaban los desfiles, manifestaciones, conferencias, exposiciones de figuras de cera, programas cinematográficos y de telepantalla (la novela se publica en 1947) erigir tribunas, construir efigies, inventar consignas, escribir canciones, extender rumores, falsificar fotografías… el departamento de novela (léase Cultura) interrumpió sus tareas habituales para confeccionar una serie de panfletos sobre atrocidades (p. 165).

En la novela el Ministerio del Amor es uno de los cuatro ministerios del gobierno de Oceanía. La función del Ministerio es mantener el orden y la lealtad al Partido y al Gran Hermano. Su tarea es la represión, el control y la “reeducación” de aquellos que desafían las normas del Partido, ya sea a través de pensamientos disidentes (pensar es una actividad peligrosa en Oceanía; el delito de pensar se denomina indistintamente crimental o crimpensar) o acciones contrarias a su ideología.

El universo orwelliano lo más temido por la población es la Policía del Pensamiento. En Oceanía existe un Enemigo llamado Emmanuel Golstein. En la fachada del Ministerio de la Verdad cuelga una lona los sloganes del Partido: “La guerra es la paz”; “La libertad es la esclavitud”; y “La ignorancia es la fuerza”. El régimen inventó una nueva lengua. La palabra vidapropia está prohibida por su peligrosa relación con el individualismo y la excentricidad. Lo cual es motivo de sospecha para los comisarios del Partido.

Volviendo al punto. La política del amor contrasta con la política punitiva aplicada contra los movimientos sociales. Dirigentes defensores de recursos naturales, como el agua, derechos humanos, de la educación popular, como las estudiantes de la Normal Rural de Teteles, quienes han denunciado el mismo trato vejatorio y de violencia sexual que recibieron las mujeres de Atenco; con organizaciones populares obligadas a sobrevivir de la economía informal, porque el estado-nación no quiere o no puede ofrecer condiciones de formalidad. ¿Por qué? Porque al final del día la economía informal subsidia a la economía establecida.

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