Tuve la fortuna de conocer a Rodrigo Marcial Jiménez a mediados de los años noventa del siglo pasado. Él era entonces director de la Facultad de Antropología de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx.). En ese momento, yo era estudiante de Filosofía en la Facultad de Humanidades y también consejero alumno universitario, por lo que coincidimos en las sesiones mensuales del máximo órgano de gobierno de la universidad. Rodrigo fue director de 1997 a 2001.
Dos años más tarde, en 2003, nos congregamos en este mismo recinto, que llevaba el nombre de Casa de Cultura de Tenancingo. Rodrigo comentó un poemario de mi autoría hace más de dos décadas.
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En 2009, me invitó a presentar su libro Violencia y narcotráfico en México. Un análisis, un texto, por cierto, profundo y crítico del fenómeno del narcotráfico como expresión de una violencia real y creciente que ha rebasado los márgenes del control estatal, convirtiéndose en un poder paralelo con símbolos, rituales y una lógica propia. Con Rodrigo Marcial coincidimos también en Cuernavaca, en el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM). Él, como estudiante del Doctorado en Historia; yo, cursando el posgrado en Enseñanza Superior.
Tengo, pues, tres décadas de conocer al "Roca", como afectuosamente le llamamos los amigos, quienes hemos encontrado en él lealtad, fortaleza y una humanidad que abraza sin condiciones. En el "Roca", muchos hemos hallado una plática inteligente, una frase sarcástica y la mirada aguda respecto a una realidad escurridiza. Para mí ha sido, también, impulso y compañía.
Después de tantos años de coincidencias vitales y académicas con Rodrigo Marcial, me honra compartir algunas reflexiones sobre su más reciente obra: Tenancingo. Memorias, relatos, historias, contrahistorias, lugares y personajes.
El libro fue publicado este año por Loto Ediciones y está compuesto por seis apartados. Los primeros cinco retoman los elementos primordiales —éter, agua, fuego, tierra y aire—. Y es que, desde tiempos inmemoriales, los pueblos originarios de Mesoamérica comprendieron el mundo no como un conjunto de objetos aislados, sino como una trama de relaciones sagradas, donde dichos elementos primordiales no sólo constituían la materia de la existencia, sino que eran expresión viva del alma del cosmos. En este tejido simbólico y vital, estos cinco elementos son, en la obra, metáforas de la vida humana, de la historia de los pueblos y de los caminos de la memoria.
El éter: Lo inasible y el aliento de la historia
El éter, aunque no nombrado con ese término en las lenguas originarias, corresponde a lo inasible, lo etéreo, lo invisible que conecta todo: el aliento de los dioses, el espacio de los sueños, el pulso del tiempo que habita los relatos orales, los mitos fundacionales y los nombres que todavía resuenan en las calles.
En este libro, el éter da nombre a las figuras que han tejido la historia del municipio desde sus márgenes y centros, escenario de lo trascendente en lo cotidiano. El éter es la sustancia de los relatos que nos permiten recordar lo que no siempre fue escrito, pero sí vivido. Es por ello que, en este apartado, el autor de la obra nos habla de José María Morelos y Pavón, el general Genovevo de la O., Chona la Tequerra, y Ángel María Garibay Quintana. Y también del poeta José de Jesús Núñez y Domínguez, y el pintor y muralista Leopoldo Flores. Cierra este capítulo recordando algunas casas viejas de Tenancingo, espacios, dice el autor, de identidad y de memoria.
El agua: Símbolo de identidad y memoria colectiva
El segundo capítulo hace referencia al agua y esta, en la cosmovisión prehispánica, fue origen y fin de la vida. En el agua habita Chalchiuhtlicue, señora de los lagos y ríos, símbolo de la fertilidad, la transformación y la memoria. En este libro, el agua es metáfora de la identidad fluida y profunda de Tenancingo, de su memoria colectiva, de los sentimientos compartidos que se transmiten como un cauce entre generaciones. El agua nos advierte que recordar también es fluir: moverse hacia atrás para comprender el presente. El lector podrá rememorar el Ahuehuete, la "Poza", el "Saltito", Los "Cajones", el balneario "Aurora", la "Junta de los Ríos" y los "Pocitos".
El fuego: Energía íntima y recuerdos transformadores
El capítulo número tres recupera el fuego, esta fuerza transformadora por excelencia; símbolo del sol, del sacrificio, del renacimiento. El fuego purifica, alumbra y también consume, como lo hacen las experiencias personales y los lugares que han marcado la vida del autor. En el libro, el fuego es esa energía íntima que anima el recuerdo individual, el calor de los hogares, la chispa de la pasión por narrar y recuperar lo vivido. En esos recuerdos del pasado se mencionan los colegios Pío Gregoriano y Guadalupano, la secundaria 168, algunas "profas y profes". Se rememora, asimismo, la rebeldía en la preparatoria de la universidad, el secuestro de autobuses, los portazos en masa a los cines de Tenancingo, el porrismo en la universidad estatal, la huelga de 1977 y el compromiso de la Normal Rural de Tenería "Lázaro Cárdenas del Río" con los más necesitados.
La tierra: Madre y sostén de la identidad
El siguiente apartado hace referencia a la tierra. La tierra que es madre y sostén. Para los pueblos prehispánicos, la tierra era un ser viviente, dadora de alimento, abrigo y sentido. En esta obra, la tierra es evocada a través de los sitios tradicionales de Tenancingo: la Nevelandia, la panificadora El Carmen, la Fragua, el Cine Palacio y el Cine Lux, El Cinema, "La Casita", un expendio de petróleo, la ferretería "La Fragua", El rancho de José López Portillo, las atracciones "Rosales" (una empresa de juegos mecánicos), las cantinas del municipio, la botica de Don Mateo… Espacios de encuentros y desencuentros, porque la geografía refleja un alma colectiva y es raíz visible de una historia encarnada.
El aire: Vehículo de historias y aperturas
Finalmente, el aire representa el movimiento, la palabra, la respiración de la vida. Fue en el viento donde habitaron dioses como Ehécatl, señor del soplo divino. En esta obra, el aire es el vehículo que trae y lleva historias, que hace posible que los extranjeros —los que llegan, los que se van, los que se quedan— sean parte de un todo que no deja de renovarse. El aire es la apertura a lo otro, al otro, y a los personajes que aún caminan entre nosotros, algunos de ellos quizás en los umbrales de su despedida, pero aún presentes como parte del aliento comunitario.
En este apartado se menciona a Paul Strand, un fotógrafo que visitó Tenancingo en los años treinta; Jack Kerouac y William Burroughs, dos beatniks que estuvieron en la ciudad en 1950; Ken Beldin, naturista y artista plástico; Carl Calvin, un médico retirado; Pastor Fernández, un franco-español avecindado en el municipio; Daniel Pautler, un joyero de origen canadiense; Guillermo Ford, un cirujano dentista de origen cubano, entre otros.
Así, Rodrigo Marcial Jiménez retoma estos cinco elementos no sólo como títulos de apartados, sino como principios ordenadores de un entramado que, más que libro, es ofrenda: a la historia vivida y soñada, a las voces silenciadas y a las que aún resuenan, a los espacios que guardan ecos y a los que nos invitan a mirar de nuevo. Como en las culturas prehispánicas, aquí los elementos no son símbolos muertos: son fuerzas vivas que dan sentido al recuerdo, al relato y al territorio.
Personajes destacados y otros apartados
Un sexto apartado destaca a personajes (vivos y finados) de Tenancingo: Manuel Tinoco, Felipe y Armando Escobar "Los Avándaro"; el yogui, alquimista y fisicoculturista Evencio García; Jesús Maldonado Vázquez, "El Karate"; Don Enri; "El Güinduri"; José Antonio Cervantes Carbonell "El Manito"; la artista plástica Gloria Temblador; el médico José Manuel Moreno "El Chochero"; Francisco Aguilar Arraiga, "El Coralillo"; Don Evaristo Borboa; Carlitos, el boticario; el animador cultural y promotor del rebozo, Melesio Bautista; el político Graciano Guadarrama, "Don Chanito"; Manuel Rosales Pacheco, "El Caperuza", músico y promotor de la cultura; el fisicoculturista y exmontador de toros, Israel Hernández, "El Güero"; el maestro ebanista Servando Gómez Acevedo, "El Pachul"; el artista plástico y fotógrafo, Andrés Cano; Beatriz Garcés, chef y promotora del rebozo; Julio César Mondragón Montes, estudiante normalista de Ayotzinapa originario de Tecomatlán que, tristemente, forma parte de los 43. El libro cierra con dos textos. Uno lleva por título "Apodos y sobrenombres de personas de Tenancingo". El otro se refiere a las discotecas del municipio de los años setenta y ochenta.
Como antropólogo e investigador social, el autor comparte en este trabajo algunas conclusiones relevantes y presenta las referencias bibliográficas utilizadas. Así, de esta manera, contar Tenancingo desde el éter, el agua, el fuego, la tierra y el aire es también un modo de devolverle su aliento sagrado, su rostro múltiple, su historia compleja. Porque únicamente quien nombra con todos los elementos reconoce que un pueblo no se recorre sólo con los pies, sino con la memoria, el asombro y la dignidad de quienes se niegan a olvidar de dónde vienen.
Texto leído en la presentación del libro, efectuada el 30 de mayo en el Centro Regional de Cultura de Tenancingo (CRCTen) de la Secretaría de Cultura y Turismo del Estado de México.