En este país nunca hay responsables de las tragedias que nos ocurren. Por eso, toda información oficial al respecto empieza siempre con el flamante pronombre átono en tercera persona “se”, indicando la impersonalidad, reflexividad o pasividad de la acción.
Cada drama que vivimos pareciera estar movido por una fuerza interior o entelequia - ánima- sin conexión con la actividad humana. Y aún, para nuestro caso, las tragedias causadas por fenómenos naturales pueden adquirir dimensiones desorbitantes por las propias condiciones humanas que las rodean, pero que tampoco se señalan nunca.
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Han empezado a fluir algunos informes de lo que pudo ocurrir con el Buque Escuela Cuauhtémoc el pasado sábado en New York. Si bien no son concluyentes, dichos informes señalan que fueron factores tanto atmosféricos como mecánicos los que incidieron en el accidente en el que -hay que repetirlo-, perdieron la vida dos jóvenes marinos, y dos más se encuentran graves. Pero de lo que ya no hay duda es que fue el factor humano el determinante de la desgracia al no haber activado los protocolos de emergencia y auxilio que la hubieran podido evitar y, sobre todo, por no haber avisado a tiempo a los marineros que iban en los mástiles sobre la situación que imperaba en el barco.
¿Negligencia, opacidad, indolencia, desprecio por las más bajas jerarquías militares? Lo anterior no implica, subrayo, que la responsabilidad del evento recaiga exclusivamente en los oficiales mexicanos; habrá que saber, por ejemplo, qué responsabilidad de grado tuvieron las autoridades norteamericanas del puerto, o la misma compañía del remolcador.
Tampoco hay duda ya de que los promotores del voto para el Poder Judicial eran algo más que cándidos ciudadanos o meros turistas simpatizantes de la 4T, que visitaban, espontáneamente, la embarcación.
Y como es frecuente en nuestra vida pública, la clase política nunca enfrenta los problemas que tiene que enfrentar, valiéndose de mil artimañas para descargar en los otros la propia responsabilidad: el complot, o el señalamiento de carroñeros a los otros cuando la impunidad que practican es igualmente carroñera.
Al fin y al cabo, más temprano que tarde ocurrirá otra tragedia que borre esta, como esta habrá borrado la anterior y como la tragedia de Teuchitlán desdibujó, casi por completo el caso de Ayotzinapa, y como Ayotzinapa borró de nuestro mapa Aguas Blancas.Y a nivel macrohistórico, cada uno de nuestros presentes haya querido borrar el pasado inmediato. Pero como señala el psicoanálisis, lo reprimido siempre regresa.
No es gratuito que el edificio de la justicia en México se sostenga en la sentencia de uno de nuestros mayores próceres: “A los amigos, justicia y gracia; a los enemigos, la ley a secas”.