Es imposible una utopía humana en un mundo donde cada cual sobrevive frente a su pantalla/espejo. Quizás un primer paso sería afirmar: «Esto no». No hay utopía ni mejora en un planeta en declive si cada cual vive en su mundo virtual como cobayas encerradas entre paredes donde se proyecta el campo. Para mí la utopía habita en la motivación colectiva por el cuidado mutuo y no por la guerra, en la primacía de una responsabilidad y una ética por el planeta y por la vida, en sobreponer política y ciudadanía al dominio del capital, recuperando el valor del conocimiento y la escucha, del reconocimiento de errores, de la pasión por un hacer con sentido, también social.
Remedios Zafra. «Es imposible una utopía humana en un mundo donde cada cual sobrevive frente a su pantalla/espejo». Entrevista de Federico Buyolo. Ethic. 1 de julio de 2024.
Me parece que no hay otro tema hoy que supere en atención, opiniones, preocupaciones, planes, inversiones, oposiciones, temores o visiones optimistas ingenuas en el campo de la educación en todos los niveles que el del avance de la tecnología, el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) y sus desafíos que llaman a un cambio en la manera en que tradicionalmente concebimos los procesos formativos, las prácticas docentes y el funcionamiento de las escuelas y universidades.
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Por el lado positivo, los impulsores del uso de estas herramientas hablan del potencial de la IA para apoyar los procesos de debate y argumentación, el desarrollo del pensamiento crítico, el acceso mucho más rápido y completo a la información necesaria para nutrir el tratamiento y aprendizaje de los contenidos de los planes de estudio y el perfeccionamiento de los trabajos gráficos, escritos o audiovisuales que den cuenta de lo aprendido en las clases. De este lado se esgrime el eslogan de siempre: no podemos detener el progreso.
Desde el ángulo negativo se plantean las prácticas no éticas de estudiantes y profesores que recurren al plagio para la realización de sus trabajos o la revisión de los mismos e incluso para la planeación de sus clases, puesto que con el uso de la IA, cualquier profesor de la disciplina que sea, puede impartir materias de los temas más variados y lejanos a su formación dado que tiene una fuente inagotable de información y elaboración discursiva de conceptos.
Todos conocemos muchos casos de profesores que se quejan de que los estudiantes ya no quieren pensar y no leen ni escriben sus propias ideas porque recurren a la ley del menor esfuerzo y piden que el Chat GPT o cualquier otra inteligencia generativa les haga sus tareas. Pero también han surgido últimamente, en universidades estadounidenses de cierto prestigio, quejas de los estudiantes que piden pagar menos colegiaturas dado que señalan que sus profesores recurren también a la IA para la revisión de sus trabajos y para la preparación de los temas que les imparten, cayendo en los mismos vicios que señalan en los educandos.
Lo anterior desde el ángulo del aprendizaje y enseñanza de contenidos. Pero además está la cuestión de la socialización o más bien, de la pérdida de socialización debida a los dispositivos personales. Sé de varias escuelas que han limitado el número de días que sus estudiantes pueden llevar teléfonos celulares a la escuela debido a la preocupación que generó el hecho de ver que en los tiempos de recreo y recesos entre clases, nadie jugaba en el patio ni convivía con sus compañeros porque cada uno estaba en un rincón, absorto en la pantalla de su teléfono.
Sin negar las ventajas que sin duda tiene el avance tecnológico y sus posibles contribuciones a la educación, en términos de agilizar y ampliar el acceso a la información, contar con apoyos básicos en el procesamiento y articulación de ideas o en el diseño de imágenes y elementos multimedia como base para generar procesos de diálogo, debate, argumentación, creatividad y construcción colectiva de soluciones y aplicaciones del conocimiento a la resolución de problemas humanos, resulta indispensable que las instituciones educativas, los sistemas educativos y cada uno de los agentes educadores reflexionen y disciernan las formas más pertinentes de incorporar estos avances y las dosis prudentes de tecnologización de los aprendizajes.
Porque así como las personas, los alumnos y profesores, los ciudadanos en lo individual pueden ser presas fáciles de la ilusión de estas tecnologías que nos hacen creer que somos productores y nos vuelven, como dice la ensayista a la que se cita hoy en el epígrafe, productos que se venden y entregan su identidad a cambio de likes, de ilusiones de fama e influencia.
Si lo analizamos desde el punto de vista del desarrollo de la humanidad y de la crisis civilizatoria profunda que vive hoy nuestra especie, resulta indispensable hacer un análisis más complejo en el que tal vez el punto de partida, como afirma Zafra sería afirmar: “Esto no”, frente a esta tendencia a promover el refugio en el mundo virtual de cada persona que conlleva una renuncia a la toma de distancia para pensar las realidades y al desarrollo de la empatía y la preocupación por el otro y lo otro.
Porque como se afirma en la cita: “No hay utopía ni mejora en un planeta en declive si cada cual vive en su mundo virtual como cobayas encerradas entre paredes donde se proyecta el campo…” porque la utopía implica como punto de partida una motivación colectiva que es imposible de sentir si vivimos cada uno frente al espejo de nuestra pantalla. Una motivación colectiva que nos lleve al compromiso por el cuidado mutuo, por la construcción de paz, la responsabilidad con una ética planetaria que ponga la vida por encima de la economía y de la tecnología, lo que implica a nivel sistémico una priorización de la política y la ciudadanía sobre el capital y la recuperación del valor del conocimiento no como mercancía sino como el medio por el cual nos situamos en la realidad, la afirmamos y podemos vivir humanamente en ella.
En el terreno de la educación el cultivo de esta motivación colectiva tiene que ver, como lo dice también la autora y muchos pensadores relevantes de nuestra situación global, poner el énfasis en el desarrollo de la creatividad y la educación en valores, además, añadiría yo, del pensamiento crítico y las habilidades socioemocionales que son claves fundamentales para abordar desde una perspectiva humana y humanizante la tecnología y posicionarse en un mundo que ha normalizado cada vez más la vida mediada por ella.
En pocas palabras, se trata de construir escuelas y universidades que enseñen a vivir existencias con sentido -tanto en el desarrollo de un proyecto personal de vida como en el de un proyecto social y planetario constructivo- y no abdiquen de su responsabilidad dejando la definición del rumbo de la formación de las nuevas generaciones en lo que los desarrollos tecnológicos -claramente ligados a intereses económicos y no humanos- vayan dictando como lo deseable o lo inevitable. Como dice Zafra, resulta más deseable “…apostar por una escuela creativa y reflexiva que por una repleta de tecnología, pero sin oportunidades para pensar por sí mismos”.