Escribo de ella recordándola y no mirándola cuando está frente a mí,
Trago pastillas para estar mejor con cerveza fría,
Corro con playera y short cuando veo aguaceros en el cielo, con gorro y sudadera en junio,
rebaso a dos tráileres mientras escucho la calma de Alex Cuba,
Fumo más noches de las que debería,
Escribo en tardes calmas lo que se me ocurrió en madrugadas caóticas,
Golpeo solo con vendas imaginando que no dolerá cuando tenga guantes,
Vivo la más arriesgada historia de amor mientras lloro y río, a veces al mismo tiempo,
Busco pelea y sonrío cuando termina; el motivo nunca fue ganarla o perderla,
Todo solo para que el caos entienda que cada que llega, lo besaré en la boca y me marcharé silbando.
¿Te has puesto límites? ¿Te has puesto restricciones? ¿Le has puesto selvas a caminos claros? ¿Te has dibujado maleza en los paisajes?
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¿Alguna vez has titubeado? ¿Dudado? ¿Temblado? ¿Sentido ganas de ir al baño cuando el organismo está vacío? ¿Ansiedad? ¿Miedo a equivocarte o a no lograrlo? ¿O simplemente imaginado que no mereces estar donde estás?
Creo que esto pasa porque metemos impostores en nuestros poemas, en las narraciones diarias sobre nuestra vida. Si algo he aprendido al escribir poesía es que las musas cambian, pero las emociones permanecen.
Es decir, el amor no tiene el nombre de la misma persona en las distintas etapas de tu vida, ni el dolor, ni la nostalgia. Ninguna de esas emociones le pertenece a una sola persona.
Pero cuando le damos ese poder a algunas —el de ser incluso más importantes que las emociones, más importantes que nosotros mismos— es ahí donde nace lo grave.
Los poemas se escriben con base en algo que vivimos: recordando un lugar en el que estuvimos, un espacio que habitamos, un aroma que olimos, o en la soledad que elegimos.
Pero al momento de darle a esa historia o pensamiento el crédito por el fracaso, la aventura, el logro o el esfuerzo… resulta que elegimos a musas impostoras.
Le damos crédito a todo, menos a nosotros.
Nos perdemos la recompensa del momento, dándole el fracaso en forma de culpa a terceros, la virtud de lo conseguido a quien queremos, y el sentido y esfuerzo del proceso a los que solo nos observaron hacerlo.
Y así, cada poema de nuestra vida, despejado o nublado, siempre lo dedicamos a otras y otros.
Pero no debería ser así.
Debería estar prohibida biológicamente esa ingratitud hacia nuestra alma,
porque esa cobardía solo hace protagonistas a la suerte, el destino, las expectativas externas, las lunas llenas… pero nunca a ti.
Así el resultado sea desastroso, date el crédito y narra(te) de manera hermosa;
Cúlpate, ámate, sé tu protagonista, tu villano, y edítate las veces que quieras al leerlo después de los años.
Pues aunque la musa cambie con el tiempo, recuerda que esa emoción, lugar y momento fueron y son tuyos.
Escribe y lee tu vida con poesía.
Hasta los momentos que parten el cuerpo y desvanecen las piernas merecen ser narrados de manera bella.
Porque al aceptar que fue tu dolor, también aceptas que será tuyo el esfuerzo de sanarlo y la versión que surja al lograrlo.
Corre más allá del alcance de tus pulmones, golpea fuerte y sin miedo a fracturarte las manos,
porque el paradigma de no poder ser el personaje principal de tu poesía es un techo creado por el hombre, mucho más abajo que el cielo… no una ley divina.
— @RafaGoli