Ha muerto un Papa valiente. Se fue un hombre que se atrevió a mover estructuras centenarias, a hablar de los excluidos, a bendecir lo que antes era maldición, a llamar por su nombre a las violencias del capitalismo y la crisis climática. Fue un Papa incómodo para los sectores más conservadores, que ahora, con su muerte, respiran aliviados. El cónclave que se avecina parece escrito de antemano: en un mundo en repliegue, el Vaticano se prepara para restaurar su viejo orden conservador.
Francisco fue un Papa fuerte. No cambió las doctrinas fundamentales, pero desafió discursos arraigados. Dijo: “¿Quién soy yo para juzgar?” sobre los homosexuales; permitió en 2023 la bendición pastoral de parejas del mismo sexo, defendió a los migrantes como “los descartados del mundo”, denunció la desigualdad con frases como “este sistema mata” y convirtió al cuidado ambiental en una causa moral con la encíclica Laudato sí.
Más artículos del autor
En un Vaticano acostumbrado al silencio o al castigo, su voz fue un temblor.
También enfrentó la corrupción interna. Reformó la curia romana, limpió parte de las finanzas y empujó debates que, aunque incompletos, serían impensables hace dos décadas: la posibilidad de ordenar hombres casados, el rol de las mujeres, el reconocimiento pastoral de las diversidades. También censuró la invasión de Gaza. No fue revolucionario, pero sí audaz en una institución acostumbrada a castigar a quien se mueve.
Con su partida, la Iglesia Católica entra en una encrucijada. El sector más tradicionalista, que nunca dejó de verlo con recelo, gana terreno. En medio del avance global de la ultraderecha, no sería extraño que el próximo Papa venga de Europa —Italia, casi con seguridad— y esté alineado con una lectura más disciplinaria, autoritaria y excluyente de la fe.
Entre los nombres que suenan con más fuerza está el del cardenal Matteo Zuppi, arzobispo de Bolonia. Italiano, con trayectoria en la Comunidad de Sant’Egidio —conocida por su trabajo en mediación de conflictos—, Zuppi representa una continuidad matizada con el legado de Francisco. Ha sido defensor del diálogo interreligioso, se ha mostrado abierto con la comunidad LGBTQ+ y ha sido emisario del Papa en gestiones de paz, como en Ucrania. Pero su perfil centrista podría no bastar para frenar a los sectores más duros del colegio cardenalicio.
En esa otra orilla se ubica el húngaro Péter Erdo, teólogo conservador con fuerte presencia en Europa del Este y cercanía con gobiernos iliberales como el de Viktor Orbán. Su elección sería una señal clara de alineamiento con los valores de “orden, familia y tradición” que promueve la nueva derecha católica, que ha hecho del rechazo a la migración, el feminismo y las disidencias sexuales sus banderas principales.
También suena el nombre del guineano Robert Sarah, exprefecto de la Congregación para el Culto Divino. Defensor de la misa en latín, abierto opositor a las reformas de Francisco, Sarah tiene un fuerte apoyo entre grupos tradicionalistas. Su figura, sin embargo, polariza incluso dentro del ala conservadora: su perfil intelectualista y su radicalismo litúrgico podrían jugarle en contra en un escenario de búsqueda de unidad.
Por último, se menciona al filipino Luis Antonio Tagle, figura cercana a Francisco y exprefecto de Evangelización de los Pueblos. Cosmopolita, formado entre Asia y Estados Unidos, Tagle simboliza la globalización de la Iglesia. Pero su cercanía con el Papa saliente y su estilo pastoral podrían debilitar sus chances frente al bloque europeo, que buscará retomar el control del Vaticano en tiempos inciertos.
Los nombres de otros posibles sucesores del pescador, en realidad, se conocerán en los próximos días. El listado que coloqué arriba, lo tomé de la prensa, pero pienso que este escenario cambiará.
Escribir sobre la Iglesia es, para mí, un ejercicio extraño y seductor porque si algo tiene el catolicismo, además de sus sombras, es su teatralidad milenaria. No hay otro cambio de poder tan cargado de símbolos, ritos y silencios como un cónclave. La muerte de un Papa siempre abre una grieta en la historia.
Con la muerte de Francisco, ha comenzado a girar una de las maquinarias más antiguas y enigmáticas del poder global: el cónclave. Los purpurados del mundo emprenden ya su camino hacia Roma. Se abrirán las puertas de la Capilla Sixtina, se sellarán las entradas, se encenderán las estufas. En esa pequeña sala, donde se cruzan siglos de historia y teología con pasiones muy terrenales, se decidirá el futuro de la Iglesia.
Pocas veces el mundo entero se detiene a mirar una chimenea. Y aunque sepamos que lo que viene será un giro conservador, no podemos evitarlo: con el corazón crítico y el alma alerta, esperamos —una vez más— el humo blanco.