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OPINIÓN

La Reinvención del Cosmos

Una obra de Verónica Volkow que deja constancia de la riqueza del mural de Cristóbal de Villalpando

Atilio Peralta Merino

Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Premio Nacional de Periodismo “Ricardo Flores Magón” en la categoría de Artículo de Fondo. Compañero editorial de Pedro Ángel Palou; y colaborador cercano de José Ángel Conchello y del constitucionalista Elisur Arteaga Nava.

Domingo, Abril 20, 2025

Puebla se apresta a conmemorar los 500 años de su fundación. Ante tal perspectiva, se hace indispensable la plena restauración de la bóveda del Altar de los Reyes de la Catedral, antes de que sobrevenga una tragedia que echaría por tierra una herencia cultural inconmensurable como la que al efecto se plasma en el mural pintado por Cristóbal de Villalpando.

Ante la efeméride pronta ya a celebrarse, me tomé el atrevimiento de solicitar los buenos oficios de nuestra secretaria de Innovación y Tecnología, Celina Peña, para lograr por cuenta del Gobierno del Estado la reedición de lujo de la obra en la que Verónica Volkow deja constancia plena de la inmensa riqueza que el referido mural lleva consigo implícito, más allá incluso  de su indiscutible plasticidad.

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En La Reinvención del Cosmos, recientemente publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México, se desentraña toda la riqueza cultural que el pintor virreinal dejaría plasmada en la techumbre que resguarda El Altar de los Reyes y cuya imagen devocional central es la “Virgen de la Defensa”.

Al decir de Mariano Fernández de Echeverría y Veytia siguiendo un clásico olvidado de nuestra bibliografía del siglo XVIII de  Francisco de Florencia y Juan Antonio de Oviedo: “El Zoodiaco Mariano”, la imagen en cuestión fue llevada en peregrinación a California para regresar a Puebla , de donde, posteriormente, fue llevada a Lima  acompañando desde ahí  a los soldados que emprendieron la conquista de Chile,  testigo  por tanto de la aventura referida por  Alonso de Ercila y Zúñiga  en “La Araucana”, uno de los libros expurgados a Alonso Quijano por la sobrina y el ama tras el primero de los viejes que emprendiera como “caballero andante”

En su exégesis hermenéutico del mural, parte Verónica Volkow  de la diatriba esgrimida en la época entre Carlos de Sigüenza y Góngora y el padre Eusebio Kino relativa a las diversas aristas de la ciencia astronómica que empezaba a dilucidarse por aquellas fechas en Europa, y que, según plasma, habría de manifestarse tanto en la cúpula de la catedral de Puebla como en el poema filosófico de Sor Juana; resultando por demás curioso, que el mecenas de Villapando terminaría por ser  el canónico de la Catedral en la década de 1780.

En efecto, Cristóbal Francisco del Castillo designado canónico de la Diócesis, lo fue por el prelado Fernández de Santa Cruz, nada más y nada menos que el autor de la carta que, fustigando a la monja jerónima, exaltaba la relevancia como teólogo el predicador jesuita brasileiro Antonio Vieyra, carta firmada con el sonoro pseudónima de Sor Filotea de la Cruz, y partir de la cual, Sor Juana terminaría por recluirse en sus aposentos haciendo voto de silencio y abandonando la escritura.

Por otra parte, Sigüenza y Góngora tiene una peculiar conexión con la Ciudad de Puebla, dada la crónica de un vecino por demás pintoresco de la localidad, Alonso Ramírez, oriundo de San Juan de Puerto Rico y que llevó a cabo en peculiar periplo por los más recónditos destinos del Océano Pacífico, en medio de aventuras que recuerdan pasajes descritos por Fernández de Lizardi más de un siglo después, en la que se considera la primera novela mexicana, El periquillo sarniento.

La formidable interpretación llevada a cabo por Verónica Volkow, destaca la existencia de siete planos simbólicos. En lo personal me llaman la atención los que conciernen a la obra de la fundadora de la Orden de las Carmelitas Descalzas, las “Moradas de Santa Teresa” que a su vez son también siete, y que nos remite a las capillas del convento carmelita en la ciudad de Puebla, en la que figuran las capillas que se dedican a Isabel de Hungría, a la propia “Teresa de Jesús” y al místico Juan de Yepes, el autor de la “Noche Oscura”, un trozo de cuya carne se resguarda como reliquia del monasterio.

Otro de los planos que en lo personal me conmueven es el referente al de la música, que muestra a los ángeles blandiendo innumerables instrumentos musicales, pese a las disposiciones del cabildo eclesiástico que circunscribía el uso del órgano en los oficios litúrgicos, plano que me remite a la investigación que años atrás hiciera pública Gustavo Mauelón en relación a la enorme aportación de Juan Gutiérrez de Padilla como compositor de cámara de la propia catedral de Puebla, ocupando dichos cargos una generación previa a la de Villalpando  bajo el obispado de Juan de Palafox.

Por su parte, destaca asimismo Volkow, la imagen de los arcángeles que, suman también siete, adicionado a los  que al efecto consignan los cánones de  la Iglesia de Roma con los que se enumeran por la biblia de Enoch de Eritrea; enumeración que permite a la autora hacer libre referencia a la influencia cabalística al plasmar a los arcángeles como otro de los planos del mural, salvando las censuras inquisitoriales en boga  pese a la impronta antijudaica  que se imprimiera en el Concilio de Trento,  dado que la imagen de los siete arcángeles  se relacionó con la iconografía que exaltaba el poderío de Carlos como titular del Sacro Imperio Romano Germánico.

Plasmar en imágenes tal cúmulo de planos simbólicos  en una construcción en forma de bóveda, remite de inmediato a la geometría analítica publicada por  Descartes con el prólogo correspondiente en 1637, de donde, seguramente,  El Discurso del Método habría sido uno de los elementos que enriquecieron la concepción plástica de Cristóbal de Villapando, siendo junto de La Divina Comedia de Dante  dos  de los referentes que, pese a ser mencionados de manera aparentemente  marginal por la autora son, no obstante, para el buen entendedor, pilares insoslayables de su interpretación.

El otro referente plasmado al efecto con toda intensidad, es, a no dudarse, la riqueza simbólica del árbol sefirótico y del Zohar de Moisés León. Durante años, me pregunté si los “árboles de la vida” de Zapotitlán, eran en realidad expresión autóctona o tenían clara influencia judaica. Alguna vez, charlando al respecto, Gustavo Mauelón me comentó que “en efecto, en la cultura mixteca el árbol tiene implicaciones simbólicas  equivalentes a los de la ceiba para el mundo maya, no obstante, me señalaba,  no es de descartarse que, ante tal hecho, hubiera monjes que  judaizaran, algunos de manera inconsciente y otro deliberadamente.”

La influencia en la Nueva España del cabalista jesuita Athanasius Kirche, rescatada con toda puntualidad por Verónica Volkow al hacer la cabal interpretación del mural de Cristóbal de Villapando de la bóveda del Altar de los Reyes, pareciera dar plena respuesta a una antigua inquietud, y permite adivinar lo que los cabalistas de la España sefardita habrían de decir en caso de que una desgracia sobreviniese en la preservación de tal legado.

albertoperalta1963@gmail.com

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