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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El demonio con piel de oveja

Hannah Arendt acuñó el término "la banalidad del mal'; hoy, México refleja una violencia normalizada

Nelson Loranca y Campos

Licenciado en Derecho por la IBERO Puebla, maestro en Derecho (USAM) y doctor en Derecho en Ciencias Penales y Juicios Orales (USA). Magistrado Federal por el 28 Circuito. Es académico y columnista.

Jueves, Abril 17, 2025

En abril de 1961, inició el juicio de Adolf Eichmann, uno de los arquitectos del Holocausto judío. Todo esto sucedió tras haber sido capturado y trasladado por la inteligencia israelí, desde un barrio de Buenos Aires a Israel.

El interés internacional que despertó el juicio de Eichmann llevó a Hannah Arendt, una filósofa alemana de origen judío a Israel, después de que el periódico The New Yorker la comisionara para retratar con su pluma el curso del juicio.

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Arendt al observar el desarrollo del juicio, no advirtió en Eichmann la personalización de un monstruo (cuya activa participación había derivado en el exterminio de millones de judíos), sino a un burócrata ordinario; tampoco era un fanático, sino un hombre común, ni pervertido, ni sádico, sino terriblemente normal. Un ser obediente, inofensivo y hasta refractario al uso de la violencia en lo cotidiano, que sólo formó parte de una maquinaria, de una burocracia de exterminio.

La anterior descripción lleva a la autora judía a establecer el término la "banalidad del mal”, refiriendo que este criminal actuó bajo circunstancias que le hacían casi imposible discernir entre el bien y el mal. El aludido concepto se revela como la carencia de pensamiento crítico en aquellos que, al obedecer órdenes, cometen atrocidades. Esta ausencia de reflexión no exime su responsabilidad, sino que lo coloca en una nueva categoría de juicio.

La sugerencia que hace Arendt es que actos terroríficos pueden ser cometidos por personas comunes que, ante la ausencia de pensamiento crítico, se desconectan de las implicaciones morales de sus actos, es decir, el problema no era tanto la maldad inherente del individuo, sino la incapacidad o falta de voluntad para pensar y juzgar moralmente las órdenes y normas establecidas.

Las conclusiones de Arendt son aterradoras, si consideramos la idea de que el mal no siempre es fruto de intenciones sádicas o maliciosas, sino del automatismo de cumplir roles sin considerar las implicaciones éticas.

La tesis de Arendt no ha estado exenta de controversia. Críticos como Deborah E. Lipstadt y Bettina Stangneth, la han señalado por minimizar la culpabilidad moral de Eichmann presentando evidencias basadas en diversas entrevistas que Willem S. Sassen sostuvo con el funcionario del régimen nazi en 1957, que muestran a Eichmann lamentando no haber exterminado más judíos, sugiriendo un compromiso ideológico profundo. Hecho que desafía la visión de Arendt en torno a Eichmann, planteando que su mal no era tan banal, sino deliberadamente malicioso.

A pesar de esto, la idea de que el mal puede surgir de la indiferencia sigue siendo un aviso poderoso, especialmente en contextos modernos.

Pero el punto interesante yace justo ahí: la globalización y la digitalización del mundo actual generan contextos en que la información vinculada con la violencia se difunde de manera masiva, lo que puede llevar a la aceptación acrítica de estas narrativas, sin cuestionar su impacto.

En la obra Ceguera moral, del sociólogo Zygmunt Bauman y el politólogo Leonidas Donskis, el segundo de estos refiere que “la violencia exhibida cotidianamente deja de provocar estupor o disgusto. Arraiga, por así decirlo, en nuestro interior”.

A 64 años del inicio del juicio a Eichmann, la lección de Arendt sigue siendo pertinente. El mal no siempre surge de la perversidad inherente, sino de la indiferencia y la falta de juicio crítico, un peligro que puede manifestarse en cualquier sociedad donde la violencia se vuelve rutina.

En México, transigimos con el mal, banalizamos y trivializamos la violencia. ¿Acaso los ciudadanos de este país hemos silenciado nuestras disidencias, traicionado nuestros principios éticos, acallado nuestra voz interna y adoptado la violencia como modo de existencia?

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