Jueves, 21 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Incertidumbre y liderazgo: entre humanismo y autoritarismo

Esta reflexión pasa por la formación crítica y ética y cambio de paradigma en la visión de liderazgo

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Marzo 3, 2025

La contradicción entre el liderazgo ideal y el liderazgo que elegimos en la realidad no es un fallo del sistema, sino un reflejo de nuestras propias tensiones como sociedad. Anhelamos líderes que inspiren, que escuchen, que construyan consensos, pero en tiempos de incertidumbre buscamos certezas inmediatas, aunque vengan envueltas en discursos autoritarios y simplificaciones peligrosas.
Tal vez el problema no sea únicamente qué tipo de líderes elegimos, sino por qué seguimos creyendo que el liderazgo es un fenómeno individual y no un proceso colectivo. Un líder autoritario prospera cuando la sociedad cede su voz a cambio de seguridad. Un líder ético y humanista, en cambio, solo es viable en una sociedad que asume su propia responsabilidad en la construcción del futuro.
Fernando Diez Ruiz y Pedro César Martínez Morán. ¿Por qué triunfan los líderes autoritarios en tiempos de incertidumbre? Ethic. 21 de febrero de 2025.

De pronto todas las escuelas y universidades empezaron a declarar en sus documentos rectores y en sus campañas publicitarias que se enfocan hacia la formación de líderes en beneficio de la sociedad. Tal parece que el liderazgo es un fin educativo que vende, que reditúa en prestigio y hasta en incremento de la matrícula.

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Pero se diría en lenguaje cotidiano: hay de líderes a líderes y si empieza uno a analizar la definición y los adjetivos que cada institución educativa plantea cuando habla de la formación de líderes, se notan enormes diferencias. En el espectro hay desde las escuelas y universidades que declaran que forman líderes para el éxito, para triundar en el mundo de los negocios, para ser emprendedores y no subordinados, hasta las que plantean visiones de liderazgo comprometido con el servicio y la transformación social con diversos matices y mayor o menor radicalidad.

Este auge del concepto de liderazgo en la educación de todos los niveles, pero principalmente en la educación superior, tiene cierta explicación en el análisis de las realidades económicas, sociales, políticas, culturales y hasta espirituales que se viven en el mundo de hoy.

Porque un vistazo al entorno deja muy en claro que estamos en un contexto en el que en todos los niveles -local, regional, nacional, mundial- existe una carencia de líderes y una necesidad de seres humanos que aporten visiones de futuro, que alienten la esperanza, que convoquen a la cooperación, que restauren la fe en las posibilidades de cambio, que logren persuadir a las mayorías sobre ciertas líneas de acción que puedan salvarnos de esta crisis multidimensional en la que estamos metidos y aparentemente no tiene solución.

Pero existe una clara contradicción entre los discursos y las prácticas, entre las definiciones teóricas y las acciones concretas relacionadas con el liderazgo, tal como dice la cita que sirve de epígrafe al artículo de hoy.

Del lado de las declaraciones, los documentos y las intenciones, se plantea con cada vez más fuerza la necesidad de formar líderes humanistas, líderes éticos y líderes centrados en el servicio. Estos son sin duda los líderes que pueden generar organizaciones más horizontales, de más alta complejidad y modelos o procesos de desarrollo social más sostenibles y afines con la meta de construir un mundo más justo, fraterno y pacífico en el que quepan todos, en el que como decía Antelme: “No se excluya a nadie de la humanidad”.

Sin embargo, revisando los procesos electorales de un gran número de países alrededor del mundo podemos constatar que aunque se declaren las intenciones y los ideales de contar con liderazgos empáticos con las necesidades de todos y comprometidos con una verdadera transformación social incluyente, la gente está eligiendo mayoritariamente a líderes autoritarios, polarizantes, mesiánicos e individualistas como puede ejemplificarse de manera emblemática con el nuevo presidente de nuestro vecino del norte, pero puede verse también en muchos países de Latinoamérica, Europa, Asía y África.

Este fenómeno contradictorio se debe en gran medida, como mencionan los autores del artículo citado, a que estamos en tiempos de incertidumbre y la incertidumbre provoca miedo e inseguridad que generalmente se piensa que serán conjuradas si elegimos a un líder que ofrezca todas las respuestas, que ofrezcan certezas inmediatas, seguridad eficiente y ataque a los que se consideran como enemigos, a pesar de que estas certezas se enmarquen “…en discursos autoritarios y simplificaciones peligrosas”.

Aquí hay una primera conclusión desafiante para quienes nos dedicamos a educar en todos los niveles. Se trata de responder a la pregunta acerca de qué tanto estamos formando personas y ciudadanos suficientemente críticos y éticos como para no caer en la trampa de esa simplificación que implica la falsa seguridad que ofrecen los líderes carismáticos y egocéntricos que hoy ocupan el poder.

¿Estamos formando profesionistas y ciudadanos que vean en la incertidumbre una amenaza imposible de enfrentar o estamos educando para aprender a vivir en ese océano de incertidumbre con pequeños archipiélagos de certeza, para un futuro que se llama incertidumbre como plantea Edgar Morin?

Un segundo gran desafío se encuentra en el segundo párrafo de la cita de hoy. Porque el problema no es solamente el tipo de líderes que elegimos sino el paradigma de liderazgo en el que seguimos situados. Se trata de un paradigma individualista que aunque hable de líderes éticos, humanistas y enfocados al servicio, mira el liderazgo como un rasgo de personas individuales y no como un proceso colectivo en el que la sociedad participa y se va volviendo cada vez más autogestiva, más capaz de hacer oir su voz, con más agencia para co-gestionar sus propias formas de desarrollo.

Desde esta mirada, la única manera de promover los liderazgos auténticamente humanistas, éticos y de servicio, es por una parte la formación de profesionistas, personas y ciudadanos que sean capaces de informarse, entender y pensar críticamente las propuestas y discursos de quienes pretenden asumir los puestos de dirección de una organización, escuela, universidad, empresa o sociedad, para no dejarse llevar por el miedo que provoca la incertidumbre sino asumir una actitud proactiva y corresponsable para afrontar y resolver los problemas.

Por otra parte, está el reto del cambio sistémico de paradigma que lleve a las instituciones educativas a mirar el liderazgo ya no desde una perspectiva individualista -por más ética y comprometida con el servicio o el bien común que ésta sea- sino desde una visión comunitaria y colectiva en la que los procesos son más lentos, pero más democráticos, dialógicos y sostenibles a largo plazo porque implican la construcción de significados y valores compartidos.

Ante la incertidumbre de estos tiempos marcados por el cambio de época la educación y los educadores deben, como diría Meirieu, no solamente plantearse cómo mejorar el servicio que prestan sino reflexionar profundamente sobre su misión y en el tema de liderazgo esta reflexión pasa necesariamente por la formación crítica y ética y por el cambio de paradigma en la visión de liderazgo porque como dice el artículo citado: “Un líder ético y humanista, en cambio, solo es viable en una sociedad que asume su propia responsabilidad en la construcción del futuro”.

 

 

 

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