“El alto costo del estacionamiento gratuito” es el título con el que Donald Shoup, economista californiano, nombró a su trascendente estudio de un siglo de historia del estacionamiento en las calles. En este libro de más de 750 páginas, reconoce el profundo impacto que el estacionamiento en vía pública tiene en las ciudades, en el costo de vida de quienes las habitan, revisando los errores y aciertos en las políticas de la gestión de estacionamiento en ciudades norteamericanas y presentando una hoja de ruta para evaluar y atender las consecuencias de décadas de una mala gestión del estacionamiento.
Pareciera un tema trivial y que hay discusiones más importantes en la ciudad, pero se trata de una de las agendas más inaplazables para Puebla y muchas otras ciudades. Como bien llama Shoup a su trabajo, el estacionamiento gratuito es un problema con grandes costos para las ciudades y sus habitantes, pues tiene implicaciones en el valor del suelo, en la contaminación, en la congestión vehicular, en el costo de los servicios y un sinfín de áreas que de inicio parecieran insospechadas. Shoup falleció este febrero y me parece indispensable reivindicar su trabajo como una de las grandes inspiraciones para miles de personas que buscan transformar sus ciudades, por las posibilidades que él ilustra.
Primero lo primero: el estacionamiento gratuito en realidad no existe. Cuando queremos estacionar un auto en zonas concurridas y no hay ningún cobro, lo pagamos de otras formas. Lo pagamos con nuestro tiempo de vida buscando dónde estacionar el vehículo, pasando hasta diez minutos o más buscando un lugar. Pagamos con nuestra gasolina dando vueltas a la cuadra esperando a que algún espacio se desocupe. Paga toda la sociedad por la pérdida de productividad por la congestión que se genera, pues entre el 9% y hasta el 56% del tráfico puede provenir de conductores que ya llegaron a su destino, pero no encuentran un lugar dónde estacionarse. Paga el medio ambiente por las emisiones que se generan por tener los motores de los autos encendidos, y los servicios de salud por atender enfermedades respiratorias como producto de la mala calidad del aire.
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Si le asignamos un valor económico a nuestro tiempo, la gasolina gastada, el tráfico que generamos, los servicios de salud por la atención a las enfermedades por respirar aire sucio y los gases que emitimos con nuestros autos, y hacemos las cuentas, podremos advertir que en realidad cuando el estacionamiento es gratuito en zonas de alta demanda, todas y todos perdemos dinero, incluyendo a quienes no tienen un auto.
Por el contrario, si traducimos ese valor a una tarifa, y cobramos esa tarifa a quienes usan la calle para estacionar sus autos, podemos garantizar espacios libres para estacionarse. Ese es el objetivo de los parquímetros: garantizar la disponibilidad de lugares. Su fin no es recaudar sino que cuando viajes al centro y otras colonias centrales con alta demanda de estacionamiento, encuentres un cajón sin tener que estar dando vueltas a la cuadra.
El cobro del estacionamiento en la vía pública no es una medida punitiva, sino una estrategia para recuperar el valor del suelo urbano y usarlo de manera más equitativa y eficiente. Las ciudades que han adoptado esta política han logrado reducir la congestión, mejorar la calidad del aire y generar recursos para infraestructura urbana.
Si se pone una tarifa adecuada, e incluso una tarifa por fracción, la rotación es fomentada por los incentivos económicos. La gente evita quedarse todo el día y sólo usa el estacionamiento el tiempo indispensable. Esto libera el espacio para evitar el estacionamiento en dobles filas, facilitar la carga y descarga y garantizar que las personas que sí necesitan de manera indispensable el estacionamiento, encuentren un espacio.
El error que cometieron en la pasada administración fue no asignar la tarifa adecuada. En 2016, el cálculo de la tarifa óptima rondaba los $9 pesos por hora. En 2022, se implementó con una tarifa de $5 pesos por hora, pero con un límite de cinco horas. Ese límite de tiempo es un producto directo de una mala tarifación y una forma ineficiente de buscar promover la rotación, pues incrementa los costos para la vigilancia y aplicación de sanciones.
Un programa de parquímetros con tarifa óptima se paga solo y hasta genera ingresos para la ciudad. Con la comunicación y tarifación adecuada los gobiernos pueden lograr no sólo fomentar la rotación y garantizar que haya lugares de estacionamiento disponibles, sino que además se crea una nueva fuente de ingresos que permite mejorar servicios públicos adyacentes, como las banquetas, el alumbrado y otras amenidades y elementos de infraestructura pública.
Frente al debate que hoy se abre, el alcalde tiene la oportunidad de evaluar las decisiones tomadas hasta el momento para implementar un programa que verdaderamente funcione para la ciudad, aprovechando los beneficios que puede ofrecer si se implementa correctamente. Si queremos ciudades más habitables, con menos tráfico y mayor calidad de vida, es hora de dejar atrás la idea de que el espacio público debe destinarse a estacionar autos de manera gratuita y sin restricciones.