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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Notas sobre la justicia

La aspiración a que se restituya lo bueno mantiene en el corazón humano el deseo de bien y justicia

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Enero 22, 2025

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,
porque serán saciados.” (Mt 5, 6).

El proceso de humanización de los seres humanos ha sido largo y arduo. Quizá primero haya advenido la necesidad de sobrevivir en un espacio inhabitable, acotado por las condiciones ambientales adversas y plagado de peligros. El descubrimiento del fuego pudo haber sido una primera revolución cultural, al suscitar la reunión de las primeras formas de relación comunitaria; luego el lenguaje y la comunicación habría generado no sólo el estar en torno a la fogata, sino las historias sobre el origen y el fin de la vida.

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El pensamiento comenzó, entonces, a surcar los aires del tiempo, especialmente hacia atrás, hacia el principio: cómo se originó el mundo y, en éste, la aparición del propio ser humano. Esa cuestión nutrió las diversas historias contadas en mitos y leyendas. Hasta que, más allá de la imaginación, fue descubierta la razón, el logos, el pensamiento en su sentido riguroso. Es probable que haya aparecido, junto al apremio de resolver problemas, la necesidad de argumentar para ver cómo hacerlo. Brotaron, así, las primeras formas de política: convencer a los demás de llevar a cabo algo.

En sus primeras fases, allá en la antigua Grecia (la Hélade y sus ciudades importantes), quienes conducían la política fueron los maestros del convencimiento, de la argumentación y de la retórica: los grandes sofistas. La humanidad, según su convicción, se realizaba a través del arte del lenguaje. Política es convencer y para convencer hay que hacer argumentos. Los argumentos son las armas más poderosas que hay. Y realizaron arte y escuela para que las jóvenes generaciones se formaran ahí.

Esa convicción fue seriamente cuestionada por uno de los primeros filósofos que trasladó el gran tema de la humanización del lenguaje a la virtud (areté: fuerza): Sócrates. A éste lo conocemos por sus discípulos, entre ellos Platón, quien, además, añadió que la virtud sólo era posible en la ciudad, en la polis, en comunidad con los otros, con los semejantes. El bien de la ciudad (o en ella) es la justicia. El discípulo de Platón, Aristóteles, al plantear el bien común de la ciudad, coloca la justicia como eje.

Señala el estagirita (porque era de Estagira) que esa virtud es el modo de ser por el cual el hombre se hace justo. La justicia tiene diversos significados; en primer lugar, es lo legal y lo equitativo (Cf. Ética nicomáquea, 1129b, 1-5 y 1130b, 5); esto lo expresa así: “lamamos justo a lo que produce o preserva la felicidad o sus elementos para la comunidad política.” (Ib., 1129b, 15-20). Esta clase de justicia se da en relación a otro; es más perfecta porque no se queda en quien la hace, sino que pasa a los demás.

Es fácil, hasta cierto punto, aplicar la virtud en los propios asuntos, pero transferirla al ámbito de los demás, procurando su bien, es más noble y virtuoso: más perfecto. “… el mejor [hombre es] no el que usa de virtud para consigo mismo, sino para con otro; porque esto es una tarea difícil. Esta clase de justicia, entonces, no es una parte de la virtud, sino la virtud entera” (Ib., 1130a, 5-10). Esto denota que, sobre todo, la justicia es relación al otro, relación a los demás, tiene un sentido comunitario, esto es la polis.

Lo justo es lo igual, lo injusto lo desigual. Respecto a las personas, si hay igualdad en la condición o situación y no reciben partes —o tratos— iguales, hay injusticia; igualmente, si son desiguales y reciben partes iguales, hay injusticia. Aristóteles distingue la justicia distributiva (geométrica) y, luego la correctiva (aritmética). La primera es proporcional: “lo justo, entonces, es la proporción, y lo injusto lo que va contra la proporción (…) el que comete la injusticia tiene una porción excesiva de bien y el que la padece, demasiado pequeña” (Ib., 1131b, 15-20). Lo mismo en los males.

Esa “porción excesiva de bien” de unos pocos (poquísimos) en nuestro tiempo, incluso en nuestro país, denota un rasgo característico de nuestras sociedades y comunidades; y quienes padecen la injusticia tienen una porción “demasiado pequeña”. Esto es lo que hace de nuestras sociedades, comunidades injustamente estructuradas. El grave problema es que nuevas oligarquías, como en nuestro país, sustituyen a otras, aunque con discursos más endulcorados (populistas).

La segunda, la justicia correctiva, es lo que se conoce también como justicia conmutativa, ya que aborda los tratos mutuos (Ib., 1131b, 25-30). Entre los individuos la justicia es de igualdad (aritmética) (Ib., 1132a). En ese sentido, no importa la cualidad del individuo ni su estatus (si es hombre, mujer, bueno o malo), sino que, si cometió un delito, debe de pagar:

“de modo que la justicia correctiva será el término medio entre la pérdida y la ganancia. Es por esto por lo que aquellos que discuten recurren al juez, y el acudir al juez es acudir a la justicia, porque el juez quiere ser como una personificación de la justicia; se busca al juez como término medio y algunos llaman a los jueces mediadores, creyendo que si alcanzan lo intermedio se alcanzará justicia.” (Ib., 1132a, 15-25).

Más recientemente, Paul Ricoeur ha insistido en lo justo como lo equitativo (aunque también está ya en Aristóteles la tesis, pero por ahora dejemos al estagirita). El pensador francés señala que nos damos cuenta de lo justo como lo equitativo cuando, llenos de indignación, decimos: ¡Esto es injusto! Lo cual ocurre en: a) Los repartos desiguales (justicia distributiva); b) Las promesas incumplidas —pactos, contratos— (motivo del derecho civil y mercantil); c) Castigos desproporcionados o elogios desproporcionados (motivo del derecho penal) (1).

La pura indignación nos llevaría a la mera venganza. Para que haya derecho y justicia se necesita la imparcialidad de un tercero: el juez. Esta aspiración a que se restituya lo bueno, el bien perdido o amenazado, es lo que, en el fondo, mantiene en el corazón humano el deseo de bien y de justicia; es el telos, el fin, de la acción humana que, al mismo tiempo, humaniza. Y humaniza porque realiza nuestra humanidad. En eso consiste la moralidad, es decir, la aspiración a una vida buena. Ese es el fin de la polis.

Sin esos propósitos no se puede construir una sociedad mínimamente humana. De lo contrario, aunque estuviéramos llenos de tecnología y/o de dinero —que no lo estamos, por cierto, ni en América Latina ni en México—, seguiríamos viviendo en la barbarie. Precisamente el tránsito de la ley de la selva al estado de civilización o de civilidad se dio —y se sigue dando históricamente— en la medida de trazar como base de la convivencia la justicia y sus implicaciones como el bien máximo: el bien común.

Notas:
Aristóteles, Ética nicomáquea, Gredos, Madrid 2000.
(1) Paul Ricoeur, Lo justo, Caparrós (Colección Esprit), Madrid 1999, pp. 23-30.

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