Una persona puede ser muy inteligente, pero ser a la vez socialmente un estúpido. La diferencia reside en que el estúpido individual es así como nació o se volvió por razones fisiológicas y merece todo nuestro apoyo, tolerancia y comprensión. Pero el estúpido social tiene una génesis diferente: se trata de una persona inteligente que cayó en una trampa ideológica. Ciertos aspectos de la realidad se le vuelven -en virtud de este «agujero negro» de ideas en el que la persona se ha instalado- una verdad de carácter místico y hasta de perfil religioso, que reclama una devoción implacable y una prohibición de pensar fuera de ciertos esquemas y consignas, generalmente muy simples. Simpleza que da comodidad… Y muchas veces estamos tentados a pensar que lo cómodo es siempre lo verdadero.
Horacio Ramírez. Acerca de la estupidez social. En: Al poniente. 23 de mayo de 2021.
Dice una frase conocida, atribuida al Premio Nobel de Física Albert Einstein que en su laboratorio habían logrado integrar la teoría con la práctica porque nada funcionaba y nadie sabía por qué. Esta afirmación partía de dos premisas no por irónicas, menos verdaderas: que la teoría es cuando se sabe todo y nada funciona y la práctica, cuando todo funciona y nadie sabe por qué.
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Si analizamos el contexto del mundo en crisis multidimensional que vivimos hoy, la frase de Einstein puede aplicarse perfectamente, porque nada -o al menos muchísimas cosas esenciales para la vida realmente humana- funciona y parece ser que nadie sabe por qué y por lo tanto no hay soluciones propuestas, ni proyectos que parezcan ser eficientes para resolver los grandes desafíos de la pobreza, la desigualdad, el deterioro ambiental severo, la exclusión, la migración masiva, las guerras, la delincuencia organizada, los feminicidios y la trata de personas, la falta de condiciones dignas de vida para millones de personas alrededor del planeta y la grave falta de sentido de la existencia que como pandemia permea casi todos los rincones de esta tierra-patria que aparentemente camina inevitablemente hacia la autodestrucción.
La frase, sea de Einstein o no, me parece muy pertinente porque en un contexto en el que la mayoría de la población y de los líderes sociales, políticos y económicos parecen mirar la situación como una crisis ubicada exclusivamente en el ámbito de lo práctico y por ello concentran los esfuerzos en la búsqueda de soluciones útiles, aplicables para resolver lo inmediato, resulta muy relevante caer en la cuenta que el problema no está solamente ahí, sino que se trata de una situación de decadencia teórica, intelectual, científico-filosófica-sociológica e incluso espiritual.
Porque la solución a los muy graves problemas que vive la humanidad hoy en todos los países del orbe no va a venir solamente de plantear formas distintas de hacer las cosas, de un mero cambio en las prácticas y actividades sino de un cambio profundo de paradigma que nos lleve a reconstruir la cosmovisión imperante y a reestructura el sistema-mundo que sigue funcionando de la misma forma de hace siglos -al menos desde el inicio de la modernidad- y que ya no está respondiendo, como dice Morin, a los problemas vitales que se viven hoy en día y que ese mismo sistema y paradigma generaron.
Se trata pues, no solamente de una crisis operativa sino de una muy seria y profunda crisis intelectual -de nuestras formas de comprender el mundo, la existencia y la convivencia- y ética -de nuestras maneras de valorar y tomar decisiones en lo individual y en lo social y planetario- que están clamando por lo que Morin llama un radical cambio de vía y otros llaman la emergencia de una nueva época, de un período histórico en el que una nueva humanidad emerja para construir otro mundo posible en el que quepamos todos, en el que todos tengan la posibilidad de realizar su proyecto de vida individual y comunitaria sin miedo, sin explotación, sin violencia, sin violaciones a su dignidad humana.
Mirando de una forma comprehensiva y sintética esta necesidad de cambio, se puede decir que se trata en el fondo de un combate sistemático y radical contra la estupidez. Porque la gran mayoría de los problemas sistémicos de la humanidad hoy en día fueron creados por la estupidez humana o son bloqueados en sus soluciones, que está comprobado que son posibles, por esa estupidez que campea en prácticamente todos los ámbitos de decisión económica, política, cultural y social en la mayoría de los países.
No es que no existan personas inteligentes, pero como dice el epígrafe de hoy, se puede ser muy inteligente y a la vez socialmente un estúpido. Y estamos gobernados por estúpidos sociales: por gente que puede ser inteligente, pero ha caído en una trampa ideológica que hace que algunos aspectos de la realidad se conviertan como en agujeros negros totalmente incomprensibles, indescifrables. Personas que empiezan a sacralizar ciertas consignas y conceptos hasta absolutizarlos y convertirlos en dogmas incuestionables por lo que orientan sus decisiones y su vida toda desde este marco devocional que les prohíbe pensar fuera de ese marco y cuestionar esas consignas y esquemas generalmente simples pero cómodos y seguros. Gente que confunde lo cómodo y seguro con lo verdadero y está dispuesta a dedicar su vida y casi a entregar su vida a la defensa de ese supuesto bien, abstracto, que es muchas veces peor que el mal.
Pero además de ser un problema de inteligencia, la estupidez social es también un problema ético, como lo señalaba Ortega y Gasset según plantea Fernando Mérida (1). Porque según este filósofo español, una persona estúpida es la que no se esfuerza por entender y mejorar las situaciones en las que vive. Es por ello que la estupidez es una forma de irresponsabilidad moral porque lleva a abandonar la responsabilidad por las propias decisiones y acciones y la corresponsabilidad por la marcha de la sociedad hacia el bien común. Desde la perspectiva de Ortega, el combate a la estupidez es una lucha por la dignidad humana.
La educación implica centralmente enseñar a pensar y a tomar buenas decisiones humanas. Por ello gran parte del reto educativo en este contexto de hegemonía de la estupidez humana y social implica centrar las prácticas, el funcionamiento sistémico y le regeneración de la cultura educativa en el combate a la estupidez.
Estamos gobernados por estúpidos sociales. La economía se rige por criterios, personas y grupos que responden a la estupidez y no a la inteligencia. Ojalá podamos reconocer a este enemigo común y concentrar los esfuerzos educativos en generar las estrategias más inteligentes, críticas y responsables que sean posibles en la lucha por la lucidez y el combate a la estupidez que nos corroe como sistemas educativos, como escuelas, universidades y sociedades.
Como he sostenido a lo largo de estas colaboraciones, los educadores somos profesionales de la esperanza y la esperanza no consiste en pensar de manera positivamente ingenua sino en ser líderes intelectuales y éticos en la lucha contra la estupidez que está cegando a millones de personas que dejándose llevar por ideologías simplificadoras de izquierda o derecha, están entregando su capacidad de pensar y decidir a líderes carismáticos autoritarios que gobiernan para instaurar este reino de la estupidez social. La humanidad necesita más que nunca de esta militancia por la inteligencia y la autenticidad ética.
(1) Fernando Mérida. Diez reflexiones filosóficas sobre la estupidez. En Ethic. 10 de octubre de 2024.
https://ethic.es/2024/10/diez-reflexiones-filosoficas-sobre-la-estupidez/