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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Educar por contagio

Es la forma más eficaz de educar, de formar a las generaciones en clave de transformación del mundo

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Noviembre 18, 2024

Se habla mucho del efecto contagio de las bolsas y los mercados, que termina siendo una estafa más y una herramienta para atemorizarnos y hacernos tragar medidas vergonzosas. Y también, claro, del contagio de la gripe y otras epidemias. Pero uno de los efectos contagio más brutales es el de los estados de ánimo. Si fuéramos conscientes nos pondríamos mascarilla ante las personas más tóxicas y huiríamos de las situaciones que sacan lo peor de nosotros…
…Porque hay algo que tenemos poco en cuenta: el poder transformador de las personas que llevan la sonrisa puesta, que son educadas, que transmiten optimismo, que nos hacen reír, que cuando pasan por un sitio mejoran el ambiente. No todos los contagios nos llevan a la enfermedad
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Carles Capdevila. Lecciones de vida del maestro Carles Capdevila. CETR (1)

Durante la todavía reciente y no cerrada por completo crisis de la pandemia ocasionada por el nuevo virus Sars-Cov-2 aprendimos a usar con mucha frecuencia, tal vez demasiada, en muchas formas y tonos distintos la palabra contagio. Esta palabra aún resuena en lo profundo de nuestras reacciones instintivas y en nuestro talante emocional como un detonador de miedo o al menos de alerta para tomar precauciones.

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En general se usa este término de contagio de una forma negativa. Se emplea para alertarnos de algo peligroso como una enfermedad o a nivel social de ciertas conductas que rompen el tejido social o generan conductas de riesgo relacionadas con la violencia, la ilegalidad o la rebelión de ciertos grupos que se manifiestan, a veces de forma agresiva o incluso destructiva, contra quienes consideran que los oprimen o excluyen.

También se usa para referirnos a la forma en que en la economía global de estos tiempos, se transmiten preocupaciones, inquietudes, preocupaciones y alarmas en los mercados ante el surgimiento de determinadas variables que afectan el equilibrio de los mercados, tales como conflictos bélicos, situaciones de crisis financiera en determinadas zonas del mundo, confrontaciones entre grupos sociales, raciales, ideológicos o religiosos, etc.

Recientemente se ha empezado también a utilizar la palabra contagio en el nivel psicológico para referirnos a ciertos comportamientos dañinos, a relaciones tóxicas que nos transmiten negatividad, pesimismo, minusvaloración o estrés, por lo que, como dice la cita del epígrafe de esta semana, se nos recomienda alejarnos de las personas o situaciones que nos ponen en estas circunstancias de vulnerabilidad o que nos mantienen sistemáticamente en estructuras relacionales que rompen nuestros equilibrios internos e interpersonales.

Como dice el maestro Capdevila, uno de los contagios más brutales es el de los estados de ánimo, que si hiciéramos conscientes, podrían hacernos usar, simbólicamente, cubrebocas contra quienes nos provocan estas reacciones anímicas de desmoralización, depresión y falta de motivaciones para trabajar, estudiar o incluso vivir, enfrentando con resiliencia los factores de sufrimiento, dolor, frustración o reto que la existencia personal y social nos van poniendo enfrente cotidianamente.

Pero como afirma también el fallecido periodista educativo, existe el contagio positivo, que es algo de lo que se habla menos o más bien dicho, casi no se habla en esta sociedad desmoralizada y desmoralizante en que nos ha tocado vivir. Casi no se habla de los contagios positivos y lo peor de todo es que no se platica de ello porque casi no ocurre o tal vez es que ya perdimos la capacidad de darnos cuenta e incluso de contagiarnos. Probablemente ya desarrollamos defensas muy altas y poderosas que como una especie de muralla o blindaje, impiden que seamos inoculados por los comportamientos positivos de quienes, como garbanzos de a libra, todavía se empeñan en ser, como decía Machado, “en el buen sentido de la palabra, buenos”.

En efecto, tenemos muy poco en cuenta “…el poder transformador de las personas que llevan la sonrisa puesta, que son educadas, que transmiten optimismo, nos hacen reír, que cuando pasan por un sitio mejoran el ambiente…” como bien dice Capdevila. Tal parece que incluso ese tipo de poder es incluso mal visto en estos tiempos en los que más vale ser abusado que inteligente, abusivo que abusado, abusador que víctima de abuso.

Transmitir cosas buenas, hacer reír a los demás y reírnos de nosotros mismos, ser educados y mejorar el clima de los lugares por los que pasamos es considerado hoy como el equivalente a ser débil, pusilánime, tonto o perdedor dado que en esta ley de la selva que es el horizonte dominante en estos tiempos ególatras de competencia salvaje, el que muestra un flanco débil corre el riesgo de ser aplastado por la arrolladora fuerza de quienes quieren “llegar muy alto” sin importar a quien pisen en el camino.

Sin embargo, podría decirse que el contagio es la forma más eficaz de educar, de formar a las nuevas generaciones en clave de transformación del mundo, de enseñar a los niños y jóvenes en qué consiste ser humano, que es, como afirma Savater, la finalidad central de toda educación y por ello no puede ser asumida por computadoras, plataformas, robots o herramientas de inteligencia artificial por más desarrolladas y perfectas que puedan considerarse.

Porque podemos armar hermosos discursos, monólogos moralizantes maravillosos, narrativas motivantes, relatos y dinámicas que impacten de manera espectacular las emociones de los educandos, de nuestros hijos, de la niñez y la juventud en proceso de desarrollo. Pero todas estas palabras serán llevadas por el viento hasta dispersarse en la atmósfera de competencia descarnada, de violencia normalizada, de deshumanización general, de pérdida de capacidad de asombro ante los hechos cada vez más terribles en términos de degradación de la especie, (mal) llamada homo sapiens.

Para ponerlo en términos coloquiales, los alumnos y alumnas de hoy -creo que los de siempre, pero probablemente los de ayer éramos más ingenuos y creíamos en las palabras edificantes de nuestros padres y profesores- “de lengua se comen un plato”, porque lo que están pidiendo a gritos es testimonios, ejemplos, hechos concretos que les digan que es posible vivir y convivir de otra manera, ser personas con un estilo diferente al de las mayorías degradadas, anónimas y superficiales.

Lo que hoy esperan de nosotros los adultos las nuevas generaciones es que les digamos con la vida que otro mundo es posible y que podemos construir auténticas comunidades que busquen, desde abajo y desde lo pequeño contribuir a los enormes cambios que requiere la humanidad en riesgo para realizarse y con ello poder salvarse de la catástrofe.

Las nuevas generaciones necesitan testigos buscadores de verdades y de valores auténticos, si bien no perfectos, sí genuinamente persistentes y humildemente empeñados en no cejar en esta aventura aunque no sea la más popular. Lo que necesitamos ser para ellos es significado personificado como dice Lonergan, personas que con nuestra vida cotidiana seamos aprendizaje significativo hecho persona. Lo que requiere la educación de hoy es mucho menos palabras y mucho más hechos. Una educación por contagio de humanidad.

 

 

(1) El epígrafe de esta semana está tomado de Carles Capdevila (1965-2017), gran periodista y humorista analítico de la educación, creador del podcast Educa como puedas, que lamentablemente duró muy poco debido al fallecimiento prematuro de su autor. Para escuchar sus episodios, puedes buscar en:
https://www.podiumpodcast.com/podcasts/educa-como-puedas-podium-os/

 

 

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