"Éstos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros".
Atribuida a Groucho Marx por el Legal Times en 1983 -años después de su fallecimiento- y publicada por primera vez en un diario de Nueva Zelanda en 1873 como: "Éstos son mis principios, pero si no les gustan, yo los cambio".
Como senador de la República -entonces por el Partido de la Revolución Democrática, una vez que había dejado el PRI donde inició su carrera política- Mario Delgado Carrillo fue uno de los principales negociadores del Pacto por México que promovió el expresidente Peña Nieto al llegar al poder, como una estrategia para sumar fuerzas con los partidos de oposición para sacar adelante sus reformas estructurales, entre ellas la reforma educativa del 2013.
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Como se dice en las redes sociales: “siempre hay un tuit” y en el caso de Delgado hay varios que han vuelto a circular en los que defiende firmemente esa reforma educativa, la misma que seis años después, ya como integrante de Morena y líder de su bancada en la Cámara de Diputados iba a derogar siguiendo al pie de la letra las órdenes del nuevo presidente respecto a que “no quedara ni una coma” de ella.
-Es necesaria la #ReformaEducativa por que el 40% de jóvenes entre 16 y 18 años no asisten a la escuela necesitamos #CalidadEducativa (13 diciembre 2012).
-Propongo que las plazas docentes y de directivos educativos sean ocupadas mediante concurso de selección #ReformaEducativa #CalidadEducativa (13 diciembre 2012).
-Hay que premiar también el desempeño de los docentes, elevando así los estándares de calidad educativa.
Estos son tres ejemplos de tuits publicados por Delgado en diciembre del 2012, defendiendo la reforma educativa del sexenio de Peña Nieto, que fue calificada de neoliberal, punitiva, conservadora y privatizadora por sus críticos en ese momento, pero que fue aprobada y puesta en marcha, con muchos problemas por la oposición que generó entre las cúpulas magisteriales que movilizaron con todo a sus bases para protestar contra ella y también por las prisas con las que se plantearon los plazos para su instrumentación desde el legislativo y una muy mala comunicación y gestión en la aplicación de muchas de sus partes.
Apenas cinco años y nueve meses después de estos tuits y de todo el trabajo de Delgado para aprobar la reforma educativa peñista, una vez consumado su cambio de partido y su nombramiento como coordinador de la bancada morenista en la cámara baja, este mismo personaje declaró, según consigna una nota de Vanessa Alemán y Tania Rosas en Excélsior, publicada el 3 de septiembre de 2018:
-Se va a cumplir el compromiso de campaña de echar abajo la reforma educativa y no va a quedar ni una coma de la reforma.
-El compromiso es muy claro por parte del presidente electo, es la abrogación total y se está trabajando ya en unos foros para escuchar a los maestros y a los padres de familia, algo que no se hizo en la presente administración”, aseguró el legislador.
Independientemente de lo que cada uno de nosotros piense sobre una y otra reforma educativa, es muy evidente que parten de dos concepciones totalmente opuestas de lo que debe ser la educación, de cómo debe educarse y de hacia qué modelo de sociedad y de país debe orientarse el esfuerzo formativo de las nuevas generaciones de mexicanos.
De manera que un político y en este caso concreto un legislador -en ambos sexenios tenía ese rol- que defienda e impulse con el mismo entusiasmo dos reformas educativas totalmente contrarias entre sí, nos hace pensar en dos posibilidades: o no entiende nada de educación y por ello no captó las diferencias entre ambos proyectos -cosa altamente improbable- o es alguien que como dice la frase atribuida a Groucho Marx, acomoda sus convicciones según el interés político que le beneficie personalmente en cada momento.
Pues como todos sabemos ya desde hace un par de semanas, este personaje es el que ha sido nombrado por la futura presidente de México como el nuevo secretario de Educación Pública, es decir, como el responsable del buen funcionamiento y la adecuada orientación de la formación de millones de niños, adolescentes y jóvenes -hasta ahora no se ha dicho nada oficialmente respecto a una posible separación de la educación superior poniéndola bajo la guía de la nueva Secretaría de Humanidades, Ciencia y Tecnología- de este país lleno de retos tanto en la deficiente calidad en los aprendizajes básicos de matemáticas, lecto-escritura y ciencias, como en el desarrollo ético, socioemocional y ciudadano para la construcción de una sociedad realmente democrática.
Tristemente este nombramiento deja ver con mucha claridad la visión de la nueva titular del Poder Ejecutivo acerca de la educación, que desafortunadamente coincide con la de la mayoría de los presidentes que la antecedieron en el cargo, incluyendo el actual.
Se trata de una visión que está muy lejos de centrarse en la apuesta por una transformación profunda del país a partir de la formación sólida y pertinente de técnicos, profesionistas y ciudadanos creativos, críticos, responsables y comprometidos con el destino de la nación sino de la que responde al viejo pacto político corporativo surgido en la etapa posrevolucionaria en el que se concibe a la educación como un mecanismo de control político en el que se busca la alianza con las cúpulas magisteriales para contar con un magisterio fiel o al menos obediente a los principios y dictados del partido en el poder y una ciudadanía indoctrinada para no cuestionar el rumbo que dicte el mandatario o mandataria en turno.
En un régimen presidencialista absolutista y de partido único, sin equilibrio de poderes ni contrapesos como el que vivimos por ochenta años y al que la mayoría de los votantes tristemente decidió volver ahora, no habría que extrañarse de un nombramiento como el de Delgado, ni llamarse a engaño porque por eso fue exactamente por lo que votó la mayoría en las pasadas elecciones.
Los que defienden este nombramiento argumentan que el nuevo secretario tiene experiencia en lo educativo porque estuvo a cargo de esta cartera en el gobierno de la Ciudad de México durante el mandato de Marcelo Ebrard -a cuyo grupo político pertenecía o pertenece desde sus épocas en el PRI, bajo el liderazgo de Manuel Camacho Solís- lo que me parece que más bien refuerza los argumentos que he presentado aquí y que coinciden con los de quienes han cuestionado su nombramiento.
Porque su experiencia en ese cargo tampoco fue por una visión de política que apostara por la educación sino por la misma concepción del sistema educativo como un engrane más de la maquinaria político electoral. Esa experiencia previa la llevará ahora a nivel nacional.
El pasado 4 de julio fue un día triste para la educación nacional. Triste, pero repito, no sorprendente ni contrario al modelo de país por el que votó la mayoría el 2 de junio. En los próximos años, al igual que en muchos sexenios anteriores, tendremos a cargo de la SEP a un hombre de intereses, no de principios. En este caso, parafraseando a McLuhan podemos decir que “el Mario es el mensaje” para el futuro próximo de la educación nacional.