Suele decirse que un país dividido puede unirse ante una amenaza externa. En el caso de Israel, la unidad de su población y su gobierno se está resquebrajando. En buena medida se debe a la oposición de la población hacia el plan de Benjamín Netanyahu de eliminar a Hamas de las faz de la tierra; algo imposible de concretar.
Pero las divisiones en Israel eran ya muy serias antes de la incursión terrorista de Hamas el 7 de octubre del año pasado.
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La mayoría de la población en aquel país es bastante liberal y relativamente progresista en términos políticos y culturales. Pero la llegada al poder de Benjamín Netanyahu fortaleció a los sectores más conservadores y ultranacionalistas de la única democracia en Medio Oriente. Fue mediante una alianza con estas fuerzas políticas que Netanyahu llegó al poder por sexta ocasión.
Las fuerzas conservadoras accedieron al poder en los comicios de 2022. Obtuvieron 64 asientos de los 120 diputados en el parlamento, lo que se considera como “la coalición más derechista en la historia de Israel (el conservador Likud, dos partidos ultraortodoxos y tres pequeñas formaciones ultranacionalistas)”, que sustituyó al orden político inmediato anterior, mucho más “heterogéneo con ocho partidos de izquierda, centro y derecha y uno árabe.”
Esas fuerzas políticas ultraconservadoras pugnan por un gobierno orientado hacia la seguridad, es decir, un gobierno fundamentado en la idea de que Israel vive constantemente bajo la amenaza de sus enemigos. También promueve el expansionismo territorial de Israel en menoscabo de los palestinos y de sus tierras. Apoyan radicalmente la idea de aumentar los asentamientos israelíes en territorios palestinos, hacinando a éstos en la franja de Gaza, controlando sus fronteras y accesos y prácticamente acorralándolos por todos los flancos.
Grupos políticos liberales y pacifistas en Israel alertaron que esa medida era contraria a cualquier intento de paz perdurable en la región.
En otra acción política conservadora, Netanyahu y sus aliados promovieron una reforma judicial en la que pretendían disminuir las facultades de la Suprema Corte de Israel para otorgarle al poder legislativo la capacidad de revisar y derogar leyes. Esto implicaría que el parlamento se convertiría en juez y parte de las leyes en el país, concentrando el poder judicial en el parlamento y, en última instancia, en el primer ministro.
Las movilizaciones sociales y las protestas estallaron en Israel. El gobierno de Netanyahu se tambaleaba. Durante el 2023, “Israel estaba sumido en una grave crisis política que se extendió a componentes cruciales de la sociedad —el ejército, las universidades y los sindicatos— y ha provocado tensiones con los aliados extranjeros de Israel, entre ellos Estados Unidos.”
En este contexto de crispación política y social, Hamas aprovechó el desconcierto en Israel para perpetrar su incursión violenta el 7 de octubre del 2023. Nosotros, ajenos al debate político en aquella nación, no nos enteramos de que en Israel se acusaba a Netanyahu de incompetencia por no haber prevenido ni evitado el ataque. Recordemos que, supuestamente, era un gobierno que privilegiaría la seguridad por encima de todo. Y fracasó.
Tras el ataque, Netanyahu anunció acciones bélicas en represalia con la finalidad de castigar ejemplarmente a Hamas y de recuperar a centenas de israelíes que fueron secuestrados por esa organización terrorista.
Los resultados no han sido positivos. Tras más de medio año, miles de palestinos inocentes han muerto en la contienda y los rehenes no han regresado a casa. Desde abril del 2024 las protestas en las calles no cesan. Son protestas en contra de Netanyahu, y se reprimen con el uso de la fuerza.
“Las divisiones y desacuerdos dentro del gabinete israelí sobre la conducción y las prioridades de la guerra contra Hamas han estado latentes desde el inicio de la crisis. Ahora se han desbordado, revelando un nuevo nivel de virulencia pública —así como un ultimátum de uno de los tres miembros del gabinete de guerra— mientras el conflicto de siete meses potencialmente entra en una nueva fase. Al interior del gobierno de Netanyahu, se resquebraja la unidad. El sábado pasado, Benny Gantz, líder del Partido de Unidad Nacional, quien se unió al gabinete de guerra después del ataque de Hamas en octubre, exigió antes del 8 de junio la adopción de un plan de seis puntos. Ese plan aseguraría el regreso de los rehenes israelíes, la desmovilización de Hamas y la desmilitarización de Gaza.”
En el caso de Israel y del gobierno de Netanyahu, la amenaza externa no está uniendo a la nación, al contrario, la está resquebrajando peligrosamente. Israel puede debilitarse ante el mundo que condena cada vez más sus acciones violentas contra civiles palestinos. Pero, también, el gobierno de Netanyahu podría recrudecer sus políticas, dentro y fuera del país, en un intento desesperado por conservar el poder. La tentación autoritaria se asoma en el horizonte de Tierra Santa.
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