Al celebrar el Día del Maestro -en masculino porque a pesar de ser un trabajo feminizado se insiste en que lo lingüístico no es político-, me habitan preguntas como: ¿en qué condiciones educamos hoy?, ¿para qué mundos o “mundo”?, ¿quiénes es el “maestrx” de este tiempo?, ¿cuáles son las juventudes que hacen posible la acción formativa en contextos universitarios?, ¿qué modos de pensar circulan en las escuelas y universidades como “verdaderos”, “legítimos” o “únicos”? y ¿es posible la presencia radical de la realidad en la formación o se mantienen en el centro las disciplinas?
Estas preguntas no pertenecen solamente a una dimensión histórica, social, cultural o política, por el contrario, entrecruzan la realidad con sus imbricaciones de poder colocando en el centro la deshumanización de quien enseña y quienes son formados en las universidades. Por ejemplo, al situarme frente a las condiciones materiales del profesorado universitario encuentro a lo largo de Latinoamérica (para no ir muy lejos) la precarización y sobreexplotación del trabajo. Es decir, se sobrevive mediante contratos por honorarios o “remedos de nómina” restringidos al número de horas “clase”. Esto, afecta directamente la vida de quienes enseñan; además, desterritorializa el trabajo pedagógico, rompe la posibilidad de tejer vínculos ante los escasos tiempos para el encuentro -que no es solo áulico- y convierte en retórica “el ser comunidad”, pues esta última es una construcción colectiva, no individual ni mucho menos producto de un mandato institucional.
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Del mismo modo, aparecen sospechas sobre cómo viene aconteciendo la formación de juventudes, particularmente, he comenzado a observar la forma en que mis estudiantes se recolocan ante el abordaje de problemas estructurales, los cuales, suelen ser lejanos, ausentes o desconocidos en su cotidianidad. Específicamente, me refiero al hambre, los empobrecimientos, el aniquilamiento de pueblos originarios, el acaparamiento del agua por parte de transnacionales, los feminicidios, y las desapariciones -siempre forzadas-. Encontrando entonces tres modos de encarnar la experiencia en un piso resbaladizo sobre estar/no estar en lógica de deshumanización:
“No hacer lo suficiente”. En este ángulo se hallan quienes comprometidas y comprometidos con el sentipensar ignaciano, feminista, antirracista, vinculado a sus pueblos originarios o afromexicanos se articulan con procesos de voluntariado, asumen liderazgos en las comunidades o desde el Servicios Social y el Área de Síntesis y Evaluación (ASE) ahondan en modos de hacer vivible la vida de todos. Sin embargo, se encuentran con “sentir que no hacen lo suficiente”. En otras palabras, la trampa del sistema capitalista encargado de sofisticar sus modos de deshumanización ataca directamente la esperanza, generando dudas sobre la pertinencia de seguir o desistir en la acción transformadora.
“Desbordarse”. El presente ángulo implica sentirse atrapadas y atrapados sin posibilidad de reacción ante noticias, comentarios en redes, lecturas, talleres, diálogos en clases o durante el Servicio Social donde el dolor de otros es narrado, siendo entonces insostenible. Esto conlleva un colapso personal al hacerse presente en su cotidianidad -una y otra vez- quienes encarnan el sufrimiento. La experiencia puede llevar a bloquear de sus celulares cualquier relato que retorne al sufrimiento, en paralelo a provocar preguntas sobre su lugar en la transformación de lo cotidiano.
“Mirar para otro lado”. Un tercer ángulo trae consigo voltear a mirar hacia el costado donde la herida colonial-moderna corporizada en familias buscadoras, hijas e hijos huérfanos ante el feminicidio de sus madres o lideresas sociales encarceladas por defender sus territorios no tenga que ser sentida -por lo menos no en la dimensión de quienes deciden verla directamente-. Es así como, existe un intento de huida ante el dolor habitado por otros, no siempre amistades, familia o personas cercanas. También, enojo por la insistencia de ahondar en los sentidos éticos y espirituales de ser profesional hoy no solo como “conocedoras y conocedores de sus disciplinas” sino con una articulación con otros en sus proyectos de justicia.
No se trata aquí de señalar a las juventudes y trazar un sesgo de superioridad moral donde les reprochamos “no ser como los jóvenes de antes”, pues los modos de encarnar la experiencia impregnan igualmente a quienes enseñamos. Así las cosas, decido conmemorar a quienes asumen una pedagogía comprometida con los mundos -en plural-, generando pasiones en sus estudiantes y resistiendo a la desesperanza neoliberal encargada de deshumanizar(nos).
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