Vine a escribir, pero perdí mis audífonos, ya había olvidado lo difícil que es buscar inspiración haciendo a un lado los recuerdos y los sueños, las memorias y las madrugadas viejas, las canciones de Sabina y de Alex Cuba, la sensación de las caras sin voz y creer real la presunción de que todo lo que dicen las bocas es importante e interesante.
Taparse los oídos es el abrazo que nos recetamos para no escuchar lo desolador y poco inspirador que suena a veces el mundo común, porque no hay nada más común que una cafetería a la que siempre van los mismos, pero aún más desesperanzador es que esos mismos siempre viven lo mismo, el viejo que mienta la madre porque nadie compra su casa, los cuatro que se sientan a hablar de una empresa totalmente exitosa en sus computadoras, solo le faltan clientes, oficinas, mercancía pero no arrogancia, la pareja que ya se sienta y no dice nada, los que de verdad necesitan un expreso en taza para largarse de inmediato y no dicen nada, ni siquiera gracias, la niña repitiendo las órdenes de memoria amable durante horas y algunos tan hartos del día que solo buscaron una silla vacía en donde nadie los conocía. Y otros que solo odiamos un poco nuestra oficina y buscamos otra con diferentes personas y rutina.
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Que sin sentido suena el mundo cuando te encierra en paredes iguales, lo monótono no es felicidad aunque luzca tan seguro, aunque luzca tan llamativo, aunque luzca tan ostentoso y tan bien vestido, porque las voces de quienes narran con tanta emoción el haberse tatuado el nombre de alguien que los inspira y no la relevancia de su propia vida les hace sentir que la aventura les pertenece cuando lo único que poseen es la piel y la tinta, lo único que gritan es desearía vivir y sentir que de verdad me arriesgo y pongo todo en juego para entender a los que dicen que con el miedo la sangre deja de ser tibia, los nervios de acero y que caer no es aventarse a donde sabes que siempre te esperan almohadas y no fuego.
Quisieran llegar y contar con el café caliente que el destino los está retando y que nada es igual ni cotidiano, quisieran tener en qué utilizar la energía de esos americanos y espressos, quisieran que la aventura los sacara de sus teléfonos, les fracturara algún día un hueso, les raspara alguna vez la piel, o peor aún les dejara el pecho sin aire y solo latiendo por romper algo que no solo estaba escrito en el papel. Que arrogancia la mía juzgarlos porque no los rompa nada, como si estar reconstruido del alma fuera una joya cara y no una manera de sabotear la calma.
Perdí mis audífonos y escuché pláticas sobre la vista del mar, pero no el valor de las olas, sobre la turbulencia de ir volando dentro de un avión, pero no el dolor de regresar amando lo que fuera de él se encontró, historias que cada vez son mejores que la anterior, historias en las que ni siquiera el clima se atrevió a cambiarles el guion.
No está mal de vez en cuando no tomar el café en taza, buscar escribir en la soledad de una mesa con internet gratis también ayuda a desahogarse como lo ha hecho sentarme desde una montaña, no está mal que todos pensemos que nuestros problemas y logros son lo más relevante y merecen ser gritados en un Starbucks con terraza, lo único que hoy está mal es haber perdido mis audífonos.