Si eternamente y sin objeciones científicas o divinas la vida fuera estática y cómoda, difícilmente existiría el progreso; no habría evolución, crecimiento o avance moral, social o biológico en lo que conocemos como existencia. Ni siquiera podríamos identificar qué es cómodo o doloroso, qué personas nos nutren o nos dañan; sería imposible distinguir matices y texturas, porque lo primero que nos fuera mostrado sería lo único, lo eterno e inalterable, y con ello tampoco existiría todo lo que hoy te motiva, estima o estresa.
"La vida sería una taza de café servida a tope sin el riesgo de derramarse sobre una mesa en el jardín, pues el viento sería el mismo, el calor siempre tendría su temperatura ideal, el árbol jamás tiraría una hoja y nadie jamás tocaría esa taza".
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A las decisiones trascendentales no les gusta venir en el kit que incluye calma, objetividad, análisis y tiempo para pensar; casi siempre traen al instinto y al miedo como parásitos, habitan en el "no hay tiempo", "todo puede empeorar" y, sobre todo, se alimentan de las consecuencias que van a provocar. Es un arte decidir bajo estas circunstancias, porque un camino u otro llevará tu vida a distintos destinos; aquí no es Roma.
Decisiones que cambian todo; qué estudiar, de quién enamorarte, en dónde trabajar, a dónde mudarse, renunciar a algo, aceptar lejanía y aventura, quedarse por la cercanía y lo de siempre, mi familia o mi individualidad, mi dignidad o la cuenta del banco, amar o mantener mi orgullo, mi congruencia, mi reputación, mi sueño o mi estabilidad, solo o contigo, otra oportunidad o ha sido suficiente; así suenan y se ven algunas de ellas.
Admiro a quienes tienen doctorados firmados por cicatrices en el arte de tomarlas, a quienes te las cuentan como anécdotas que ya no les causan ácido en el estómago ni dolor en la cabeza; admiro a quienes disfrutan cualquiera que fuera el resultado, y les he aprendido tres cosas esenciales:
Primero; accionaron, con lo que tenían, con lo que sabían, con lo que sentían, con lo que imaginaban, con lo que tuvieran, con lo que les restaba o sobraba, pero accionaron; no se quedaron estáticos a ser la consecuencia de un ratón paralizado mientras un gato lo observa a la distancia correcta, no, eso es inacción. Decidieron aunque la consecuencia fuera ser atrapados por la garra, porque sabían que también el gato podía fallar, podía distraerse, podían escapar, y esa es la lección; puedes elegir hacerte a un lado, pero que sea una decisión, no un sentimiento de inacción como esa estúpida frase de "que pase lo que tenga que pasar". No, ellos tomaron el control de lo que podían controlar: ellos mismos.
Segundo; no mataron al instinto, lo domaron. Aprendieron a sentir lo que el alma dice y hacia dónde nos manda; confiaron en sí mismos, aunque el resultado fuera decepcionarse de sí mismos, porque también la decepción tiene polos. En una te culpas por lo que decidiste, pasa un tiempo, te la tragas, avanzas y aprendes; en la otra te decepcionas todos los días durante todos tus días por no escucharte ni apreciarte, por hacerle caso a algún personaje que te inventaste solo para justificar no mover un dedo. Esa decepción es eterna y mata poco a poco. La lección es: siempre y a pesar de las circunstancias que abruman, eligieron confiar en sí mismos.
Tercero; se tatuaron las consecuencias, no disimularon cuando todo salió mal, no voltearon a las excusas, ni siquiera contemplaron huir; asumieron los resultados de pésimas decisiones y forjaron carácter, endurecieron un poco el pecho, claro; desarrollaron nuevos traumas a superar, por supuesto; iniciaron barreras por algún tiempo, pero a pesar de esas consecuencias en ningún momento culparon al destino, a Dios o a los consejos. Cargaron con ser responsables, porque también cuando salieron bien las cosas, los principales responsables fueron ellos. La lección: hacerse cargo del resultado, sea cual sea. En el Everest yacen los cuerpos de quienes quizás se equivocaron, pero también las banderas de quienes lo lograron y regresaron; ambas situaciones igual de dignas, igual de memorables.
Entonces solo voltea al lado del bar, del café, de la calle o quita la mirada de donde estés y busca a la primera persona que se atraviese; te firmo con fuego que también carga una decisión trascendental, pues aunque seamos únicas o únicos, o lo que quieras ser, esa parte es común; algo importante que puede cambiarnos el destino está sucediendo, y quizás no sepas si eres o no capaz.
La ruta y estrategia que el primer pirata trazó desde la playa no funcionó cuando se topó con la primera tormenta. Apenas y recordó que hace unos días ese mismo mar le abrió los brazos de su playa y le bronceó la cara mientras lo seducía con aguas calmas, pero apenas y sonrió recordando cómo lo había engañado ese engreído; le pegó un trago a su corriente vino y entendió que la decisión que lo haría inmortal o muerto no estaba regresando al lugar de donde zarpó, sino en la boca de ese monstruo en el que de repente todo se convirtió.
Las decisiones que nos cambiarán la vida no descansan en la playa, CAPITÁN, te esperan en la boca de esa tormenta que aún no logras observar.
@RafaGoli.