El periódico La Jornada reseñó la reunión que tuvo la Doctora Claudia Sheinbaum con académicos de la Universidad de Guadalajara y de otras universidades.
Entre las declaraciones que hizo la candidata presidencial me parecieron muy relevantes y no sólo eso, sino esperanzadoras las relativas a la educación media superior y superior, incluido el posgrado.
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Según la nota la doctora Sheinbaum señaló que la educación no es un privilegio, sino que debe ser gratuita desde la guardería hasta el posgrado. Efectivamente, el artículo tercero constitucional establece que la educación pública debe ser laica, gratuita y obligatoria. El problema es que desde que se instaló la llamada política educativa neoliberal, la demanda de educación superior no ha sido atendida por el propósito deliberado de privatizarla. Simplemente no se ha cumplido con asignarle al rubro de educación el 1 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).
La doctora Sheinbaum señaló: “…después de 36 años no tenemos suficientes médicos especialistas, por ejemplo. Es un absurdo, hay muchísimos jóvenes que no entran a la primera, ni a la segunda, y luego son los mejores en su área. Lo que tenemos que hacer es ampliar el acceso sin olvidarnos de la calidad”.
La pregunta que de inmediato se nos ocurre plantear es ¿por qué si el diagnóstico sobre la política neoliberal es que resultó un fracaso, se mantienen los programas que la conforman? Me refiero a la precariedad salarial y su “remedio” en forma de becas, sean éstas del Sistema Nacional de Investigadores, del Programa para el Desarrollo Profesional Docente (Prodep) del ESDEPED (Estímulos al Desempeño del Personal Docente) y de cualquier bolsa que el gobierno federal o estatal ofrece con su consabida etiqueta. Hace 36 años, como dice la doctora Sheinbaum, que el presupuesto asignado a las universidades autónomas viene etiquetado. Lo cual hace de la autonomía un concepto realmente pobre.
Respecto al SNI señaló que actualmente está diseñado para premiar el esfuerzo individual, cuando tendrían que promoverse investigaciones colectivas ante la evidencia de que se obtienen mejores resultados, indica la nota.
La Doctora Sheinbaum también recordó que siendo jefa de Gobierno de la Ciudad de México se creó la Universidad Rosario Castellanos, donde no existe prueba de admisión y sólo realizan un curso propedéutico los que ingresan.
Este dato resulta de gran interés porque se tiene la falsa imagen de que un examen de admisión les da las mismas oportunidades a todos los que lo presentan, cuando sabemos perfectamente que es el medio “idóneo” del que se valen las administraciones universitarias para excluir a las y los jóvenes de su derecho a la educación.
Me parece que el curso propedéutico es el medio más apropiado de introducir a las y los alumnos a la educación media superior, superior y posgrado. Dos experiencias como coordinadora de la Licenciatura en Filosofía y después del Posgrado en Ciencias del Lenguaje me dieron esta certeza.
En 1994 la universidad inició una revisión generalizada de los planes y programas de estudios. La academia del Colegio de Filosofía invitó a investigadores reconocidos de la UNAM a discutir los criterios de modificación del plan de estudios y de esa serie de reuniones resultó un nuevo plan que básicamente sigue vigente. A decir de los encargados de la administración central, nuestro plan era el más flexible de entre todos los planes aprobados en los distintos programas educativos.
Las y los alumnos debían llevar seis materias en su primer semestre. Aparte de las materias filosóficas estaban las del Tronco Común, pero nosotros, como tutores, les recomendábamos tomar las seis materias de la carrera que habían escogido y no del Tronco Común, que podían llevar al final del ciclo básico, o sea, al final de sus cuatro primeros semestres. No había un curso propedéutico sino un primer semestre de pura Filosofía. Además, no era necesario “seleccionar” al alumnado, pues no teníamos problemas de cupo.
En el caso del Posgrado en Ciencias del Lenguaje sí hubo un curso propedéutico desde que se creó en 1983. Aquí la razón del propedéutico era introducir a los alumnos en las temáticas propias del análisis del discurso y más tarde, cuando se instrumentó a nivel nacional el programa de posgrados de calidad, este curso servía el doble propósito de homogeneizar al grupo y de seleccionar.
De esta segunda experiencia saqué en claro que la selección, pues a través del Programa Nacional de Posgrados de Calidad (PNPC) se otorgaban las becas a los estudiantes que reunían los requisitos establecidos por CONACYT, al menos se hacía sobre la base de los contenidos programáticos que todos los alumnos conocían en el curso propedéutico.
En conclusión, los resultados esperados de un curso propedéutico son al menos dos. Primero, el curso propedéutico debe introducir al estudiante a la disciplina que ha elegido estudiar, así sabrá si su elección corresponde a sus expectativas o no.
Segundo. Si la demanda de educación superior no puede cubrirse y el cupo es limitado, no hay manera de justificar la exclusión de la persona que desea estudiar, pero al menos tendrá una mayor oportunidad de obtener un lugar porque puede remontar en alguna medida las desventajas que puede arrastrar por su trayectoria escolar.
¿No les parece a ustedes de la mayor importancia que las academias de profesores y profesoras de cada programa educativo diseñen un curso propedéutico específico para cada bachillerato, cada licenciatura y cada posgrado para empezar a darle a las y los jóvenes la verdadera oportunidad de estudiar y no dejarlo en manos de una burocracia que aceptó sin chistar esta política educativa perversa?