El sistema político de Estados Unidos está sufriendo una verdadera crisis de legitimidad. La semana pasada, la Suprema Corte del Estado de Colorado aceptó revisar una demanda contra Trump por insurrección. El argumento era que, de acuerdo a la Constitución, nadie que hubiera participado en una insurrección podría ser candidato a un puesto de elección popular.
Cuatro jueces fallaron a favor de eliminar a Donald Trump de la boleta electoral del proceso interno republicano (lo que se conoce como las primarias), por incitar a la insurrección el 6 de enero de 2021 en el asalto al capitolio. Por mayoría en la decisión de la Suprema Corte de Colorado, Trump no podrá participar del proceso de elección interno de su partido en ese estado.
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El caso llegará hasta la Suprema Corte. Se trata de un problema de interpretación, ¿incitar al asalto contra el Capitolio puede ser considerado un acto de insurrección? Los partidarios de Trump dicen que no.
Donald Trump ha puesto a la democracia de los EE. UU. de rodillas. Todos los procesos judiciales que se le siguen, mediante los mecanismos formales de la justicia estadounidense a nivel estatal y federal, están siendo cuestionados.
Sus partidarios dicen que se trata de una persecución política para eliminarlo de la contienda electoral. La confianza en las instituciones democráticas y judiciales de Estados Unidos está por los suelos.
Y en el camino, millones de estadounidenses empiezan a coquetear con la idea del autoritarismo y la dictadura. No es una exageración. En un programa en la cadena Fox, Trump dijo que sería dictador por un día, para cerrar la frontera con México y limpiar Washington.
En las redes sociales miles de personas le aplaudieron y celebraron su comentario. En los últimos meses Trump ha dicho que de ser electo presidente nuevamente, cancelaría programas de radio y televisión de muchos periodistas y analistas que lo critican.
Ha dicho que utilizará al sistema judicial para “investigar” o perseguir a sus oponentes políticos.
Prometió hacer de Estados Unidos un país que defienda el nacionalismo cristiano, es decir, hacer oficial sólo una religión, como en las sociedades musulmanas.
Propuso usar el Departamento de Estado, de la Defensa y a los militares para reprimir protestas ciudadanas.
Ha sugerido modificar la constitución de su país para beneficiarse del cambio de leyes.
Y todo esto lo ha dicho en diferentes entrevistas. No es un invento de nadie. Son sus propias palabras. Y en las redes sociales circulan esos videos en los que, de viva voz, dice todo lo que pretende hacer si es electo nuevamente presidente.
Los miembros del Partido Republicano están contra las cuerdas. Si no apoyan a Trump, sus carreras políticas terminarán abruptamente.
El sistema judicial que lleva varios casos en contra de Trump está siendo cuestionado porque, como indiqué antes, sus partidarios acusan que en realidad le han inventado todos esos cargos para eliminarlo de la contienda política.
Pero lo preocupante es que, dentro de las nuevas generaciones de votantes en Estados Unidos, la idea de un dictador salvador de la patria los esté seduciendo. Hoy, las encuestas proyectan que Trump ganaría la presidencia en noviembre del próximo año.
Es un presagio que está cimbrando las estructuras básicas del país que siempre ha presumido ser paladín de la justicia y la democracia en el mundo. El futuro político de los Estados Unidos corre el riesgo de entrar en una época de oscurantismo.