El mundo en el que vivimos hoy implica que cualquier conflicto, sin importar quiénes sean los actores que lo encabecen, se internacionalice. Es decir, que actores que no están participando de forma directa en el enfrentamiento se involucren de distintas maneras: este es el caso de EE. UU. y de Irán en la guerra entre Israel y Hamás que ya lleva más de un mes en desarrollo.
La internacionalización de un conflicto implica que éste se complejice y por ende, se prolonga la posibilidad de llegar a una resolución del mismo. Ello como consecuencia del juego de poder e intereses que se desata de las acciones de terceros los que, al final, actúan con base en su propia agenda y a su conveniencia.
Más artículos del autor
Comienzo con Irán: después de la Revolución Islámica de 1979, este país se convirtió en una República Islámica (de la rama del islam chiita). Así, una característica crucial de la política exterior iraní es su rechazo a los EE. UU. y en general, al bloque occidental del que Israel forma parte y del que además es el único país que físicamente se ubica en la región de Oriente Medio.
Como explica Aaron Pilkington (2023), en su artículo publicado en The Conversation, esto ha significado que desde los años ochenta, Irán apoya constantemente a grupos y operaciones militantes anti israelíes. De hecho, uno de sus mayores éxitos es haber entrenado, armado y financiado a la resistencia musulmana chiita de Líbano conocida como Hezbolá. Sin el apoyo iraní, este movimiento no sería lo que es hoy, es decir, la fuerza política y militar más poderosa del Líbano. También, Teherán proporciona entrenamiento militar a combatientes palestinos en bases de la Guardia Revolucionaria y de Hezbolá tanto en Irán como en Líbano.
El asunto es que su influencia no se limita a Líbano y Palestina: Irán a través de los años y como resultado de los profundos conflictos que se han dado en países como Yemen, Siria e Irak, entre otros, ha logrado conformar un grupo al que se denomina como el “Eje de Resistencia”. Según el servicio persa de la BBC (2023), éste se compone por Irán, Siria, Hezbolá, las milicias chiitas en Irak, Afganistán y Pakistán, grupos militantes en territorios palestinos y por los hutíes de Yemen.
El “Eje de resistencia” se caracteriza por mantener una posición antiestadounidense y antiisraelí. Lina Khatib (2023), directora del Instituto de Medio Oriente de la Universidad SOAS, explica que el poder del Eje radica en que “todos estos grupos son aliados políticos y militares […], no sólo para lograr objetivos nacionales, sino también objetivos geopolíticos para Irán en el Medio Oriente”.
Aunque esas milicias son “financiadas, armadas, entrenadas y hasta cierto punto coordinadas por Irán” (Meschoulam, 2023), esto no significa que Teherán sea responsable del ataque orquestado por Hamás y la Jihad Islámica palestina hacia Israel. No obstante, lo que es cierto es que Irán está aprovechando la oportunidad de usar a su favor este episodio del conflicto, pero siempre calculando los pros y contras para medir el grado de su involucramiento. Cabe decir que, de participar directamente en el conflicto, no sólo lo enfrentaría con Israel sino también con EE. UU. y esto significaría pagar un costo muy alto.
Hecho ese cálculo, Teherán no dudó en pronunciarse en contra de la respuesta israelí a los ataques. Inclusive el líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei (2023), se ha referido a la respuesta como genocidio: “el mundo es testigo del genocidio del régimen sionista contra los palestinos de Gaza"... y conforme pasan las semanas el régimen ha advertido que, de seguir los crímenes de guerra contra los palestinos el Eje se verá obligado a abrir nuevos frentes de batalla.
A pesar de que Irán no se encuentra todavía en la lucha directa y que se ve complicado que acceda a participar, no se puede ignorar que a diario hay intercambio de fuego entre la milicia libanesa de Hezbolá e Israel. Lo que se suma a los numerosos ataques que se han registrado con misiles crucero, misiles balísticos y drones desde Yemen y Siria contra territorio israelí, y contra tropas estadounidenses en la zona (Meschoulam, 2023); situaciones que, al final, dificultan la contraofensiva de Israel y que por ende, favorecen los intereses de Teherán.
Por otro lado, Israel es un aliado muy cercano a los Estados Unidos por lo que es pertinente comprender el papel que juega el país norteamericano en esta guerra. En primer lugar, está el factor del estado de la relación bilateral que, como mencioné en mi artículo sobre la reforma judicial israelí, no estaba en sus mejores momentos debido en gran parte a las acciones del gobierno ultranacionalista encabezado por el primer ministro, Benjamin Netayanhu, las que han provocado señales de alarma en Washington.
Sin embargo, el sorpresivo ataque de Hamás colocó a la administración de Joe Biden en una posición en la que EE. UU. no tenía otra alternativa más que mostrar su apoyo total a Israel. Esto tiene que ver con el segundo factor que es el interno: en su artículo para El Universal, Mauricio Meschoulam (2023), explica que Biden ha sido muy criticado por distanciarse de Medio Oriente; por sus negociaciones con Irán y por permitir que Teherán haya expandido sus actividades regionales a tal grado que sus aliados tengan la capacidad de afectar intereses de aliados de EE. UU., así como intereses directamente estadounidenses.
Hago un paréntesis en las negociaciones que Estados Unidos tiene con Irán porque no se trata de un asunto menor, pues lo que se está buscando es reactivar el acuerdo nuclear que el expresidente Donald Trump abandonó. En síntesis, este complicado proceso de negociaciones, aunado a la irrupción de un nuevo conflicto entre Hamás/ la Jihad islámica e Israel generó la reprobación del sector duro de Washington y con ello, se incrementó la presión política para el presidente demócrata.
Así, como respuesta a lo sucedido el 7 de octubre en Israel, EE. UU. extendió su respaldo diplomático, financiero y en armamento a este país e, incluso, Biden emitió públicamente amenazas hacia Irán y sus aliados, dejándoles en claro que Washington intervendría de forma directa si cualquiera de éstos escalaba las hostilidades. El Pentágono aumentó su presencia naval y militar en la zona, desplegando portaaviones, aeronaves, submarinos, tropas adicionales y escudos antimisiles de alta tecnología (Meschoulam, 2023).
Lo anterior lejos de facilitar la resolución del conflicto, la complejiza. A simple vista no es ninguna sorpresa que EE. UU. apoye firmemente a Israel, no obstante, con el avance de la lucha y dada la crisis humanitaria que se vive en la Franja de Gaza provocada tanto por el bloqueo, como por la ausencia de un cese momentáneo al fuego que permita que entre la ayuda humanitaria, la postura de Biden puede cambiar y mostrarse mucho más crítica respecto a la estrategia de defensa israelí, pues son los intereses propios y no los de terceros los que acaban por determinar las decisiones de los Estados.
Y en el caso de EE. UU. que tendrá elecciones presidenciales el próximo año, Biden no puede darse el lujo de defraudar a su electorado. Por eso Reid Epstein (2023), en su artículo para NYT expresa que, mientras que los republicanos elogiaron la respuesta de Biden al ataque de Hamás, la situación se tornó más complicada dentro del Partido Demócrata, en particular en el ala progresista. De hecho, según una encuesta de la Universidad Quinnipiac, la mayoría de los votantes entre 18 y 34 años se opone al envío de armas y equipamiento militar a Israel.
Además, de acuerdo con información del NYT (2023), el 14 de noviembre, más de 500 funcionarios estadounidenses procedentes de cerca de cuarenta dependencias gubernamentales, enviaron una carta al presidente Biden en protesta por su apoyo a la campaña militar isaraelí en Gaza. También le solicitaron que busque un alto al fuego inmediato en la Franja y que presione a Israel para que permita la entrada de ayuda humanitaria. Esta misiva se sumó a la presión internacional proveniente de países aliados de EE. UU., así como de organizaciones internacionales y de la sociedad civil.
Si en algo tiene experiencia Joe Biden es en materia de política exterior por eso, aunque en un inicio mostró un gran respaldo para Israel, sobre todo en términos militares, es casi seguro que el demócrata esté operando a través de canales privados para disuadir al gobierno de Netanyahu a que permita la entrada de ayuda humanitaria y lo más importante, que cese los bombardeos por un periodo de tiempo considerable; sin embargo, como bien lo señala Meschoulam (2023), a medida que las tensiones internas y externas han escalado, las diferencias entre Israel y EE. UU. afloran cada vez más en lo público.
Aún es muy pronto para hablar del fin de esta guerra, pero el propósito de este texto es visualizar cómo la internacionalización de un conflicto hace que este se vuelva mucho más complicado, pues los terceros involucrados sólo actúan para asegurar sus propios intereses. Aquí revisamos el papel de Irán y EE. UU., pero la realidad es que hay muchos más países que también serán decisivos para la resolución del conflicto entre Hamás e Israel por lo que hay que estar pendientes del rol que cada uno de ellos desempeñe en las siguientes semanas.