Semanas atrás murió mi madre. Ante mi consternación, mis hermanas se acercan, abrazan y dicen.
“Hermano, no te aflijas, mamá ya está con papá allá en el Cielo, desde donde nos miran”. Me atormenta un buche de dolor. No encuentro consuelo en sus palabras.
Más artículos del autor
Veo que su actitud es la de cualquier día ordinario. No hay aflicción en sus palabras, o tal vez superaron el dolor antes de que yo llegara.
Mi familia y yo provenimos de una tradición católica rural muy arraigada. Pero a su vez lindando con la muerte como acto heroico.
Somos de la Tierra Caliente. Esa zona que lleva años, décadas, pudriéndose ante la indiferencia.
Como la mayoría de los de mi pueblo, mi familia considera que la muerte es un tránsito hacia el más allá. No hay desamparo en la muerte. En eso somos como hace mil años.
La idea del Juicio Final es consolación, en la que por última vez todos volveremos a encontrarnos y nos veremos a los ojos, y tal vez nos abracemos.
El más allá es ese territorio cubierto por la niebla, presente en prácticamente todas las culturas, donde va a morar esa parte incorpórea que sobrevive a la materia, lo mundano y corrupto.
En la tradición católica se le llama alma, la que lo mismo puede ir arriba o abajo, al cielo o al infierno, o incluso esperar en zona intermedia que es el purgatorio. Es la moralización de la vida cotidiana.
También es el mictlán, tlalocan, tetonalli, pixan, nzahki; en la lengua que se quiera, allí está presente esa figura que trasciende lo mundano, que perdura por encima de la misma eternidad.
En la tradición mesoamericana, con sus variables, los muertos viajan acompañados de perros, granos de semillas, y en algunas ocasiones deben llevar un cuchillo para enfrentar los obstáculos.
En año mil de ese gran medievalista que es George Dubby, leo que hoy se teme más a la muerte que justo hace mil años. El mundo se ha secularizado. Me parece que cada vez se tiene mayor conciencia de que la muerte es el punto final, el punto de no retorno.
La biología, a través de la ciencia, suele decirnos que todo lo viviente se divide en unas cuantas fases: se nace, crece, se reproduce y muere.
Ante la fatalidad de la muerte, de la muerte absoluto, el hombre ha inventado la muerte cultural, como consuelo. Una tribu del norte, ante la pérdida de un ser querido, inventaron la tradición de salir a cazar cabezas.
El retorno de los muertos al hogar en estos días es la invención más grande de la que sea capaz la especie humana. Tan grande, misteriosa y contradictoria como La Trinidad, en la que un solo individuo a la vez encarna hasta en tres personas con identidad diferente.
El retorno de los muertos es consuelo y alivio ante la fatalidad de la pérdida absoluta.
Jorge Luis Borges, el escritor, afirmó que para él la muerte era una especie de gratificación, pues le parece terrible la eternidad.