Pero más allá de los sentimientos está la sustancia de la comunidad. Las personas se unen por una experiencia común, por intelecciones comunes o complementarias, por juicios semejantes de hecho o de valor, por orientaciones paralelas en la vida. Se separan, se alejan, o se hacen hostiles cuando se pierden de vista, cuando se comprenden mal, cuando juzgan en formas opuestas u optan por objetivos sociales contrarios…Estos sentimientos y actitudes hacen compacta una comunidad o la dividen en facciones y la desgarran completamente.
Bernard Lonergan. Método en Teología, p. 55.
En las semanas previas uno de los temas que ha acaparado la discusión pública ha sido el de los nuevos libros de texto publicados por la SEP y que se han empezado a distribuir para usarse en el ciclo escolar que inicia en este agosto. El debate sobre el contenido de estos materiales que publica y distribuye el Estado mexicano a partir del año 1959 en el que, por decreto presidencial de Adolfo López Mateos, se creó la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (CONALITEG).
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Los objetivos que se plantearon en su origen y que creo pueden considerarse pertinentes todavía en la actualidad fueron: “…Cuidar que los libros cuya edición se les confía tiendan a desarrollar armónicamente las facultades de los educandos, a prepararlos para la vida práctica, fomentar en ellos la conciencia de la solidaridad humana, a orientarlos hacia las virtudes cívicas y, muy principalmente, a inculcarles el amor a la patria, alimentado con el conocimiento cabal de los grandes hechos históricos que han dado fundamento a la evolución democrática de nuestro país” [i]
Vistos en el marco de una sociedad con un alto número de niños y adolescentes en situación de pobreza en sus distintas dimensiones, los libros de texto han sido históricamente un gran apoyo para las escuelas, profesores, estudiantes y padres de familia que no tienen los recursos para adquirir textos de editoriales privadas que apoyen en el aprendizaje de sus hijos, como lo tiene la minoría que puede enviarlos a escuelas particulares.
Claro está que los libros son sólo uno de los recursos con que la Secretaría de Educación Pública, responsable de la administración del Sistema Educativo Nacional (SEN) tiene el compromiso de apoyar a las instituciones educativas de nivel básico para facilitar las condiciones adecuadas para la formación de los futuros ciudadanos del país. Existe además la obligación constitucional, por ser la educación un derecho reconocido en nuestra Carta Magna, de proveer de la infraestructura, el equipamiento, el personal bien capacitado y bien remunerado, las condiciones adecuadas de higiene y todos los demás elementos que permitan que los niños, niñas y adolescentes reciban una educación de calidad en condiciones equitativas, para reducir la brecha socioeconómica entre las distintas capas sociales.
En todos estos rubros ha habido avances, pero se siguen teniendo graves carencias que hacen que nuestro sistema educativo no solamente incumpla con este compromiso de promover una menor desigualdad y combatir la pobreza a través de una “buena preparación para la vida práctica” y una formación cívica, ética, física y socioemocional adecuadas para poder tener las capacidades reales de mejora en su nivel de vida y de elección entre distintas alternativas para vivirla.
Volviendo a los libros de texto, el origen del debate está en que en ciertos sectores sociales, sobre todo de clase media hacia arriba y de pensamiento más conservador, se ha visto a los libros de texto como un instrumento de indoctrinación para moldear a los ciudadanos de acuerdo a la visión y a las afinidades políticas de quienes ocupan el poder. En su momento fueron los gobiernos priistas durante el régimen de partido único y ahora es la llamada “cuarta transformación” del país, porque durante los gobiernos del PAN, quienes vieron con recelo o franca oposición fueron los sectores de izquierda que siguen criticando el llamado período neoliberal y la visión conservadora de estos sexenios.
No podemos ser ingenuos y afirmar que los libros de texto pueden ser totalmente neutrales, puesto que la educación tiene una indudable fundamentación filosófica y una dimensión política innegable, por lo que quienes ocupan el poder aspiran a formar a las nuevas generaciones desde su propia cosmovisión.
Sin embargo, creo firmemente que sí puede lograrse la elaboración de libros de texto gratuitos de calidad, con una visión abierta a la diversidad de posturas, ideas y creencias y con contenidos sólidos en los distintos campos del saber y de la formación integral del ser humano.
En el actual debate se pueden distinguir tres posturas claramente distintas: las de los seguidores incondicionales del proyecto del actual Presidente, las de los detractores también cegados ideológicamente o movidos por intereses económicos y políticos de grupo y finalmente, la de los especialistas en las distintas disciplinas y los investigadores educativos que han analizado desde lo disciplinar o lo pedagógico la estructura, forma y contenido de estos nuevos libros.
Los primeros defienden a capa y espada todo lo que está en los libros y se niegan a reconocer o minimizan como simples erratas los errores evidentes y graves y las carencias en los contenidos de los libros. Los segundos hacen críticas que llegan al absurdo como la planteada en un conocido noticiario de televisión en el que se llegó a afirmar que “el virus del comunismo está de vuelta en nuestro país”, planteando una especie de teoría de la conspiración detrás de la elaboración de los libros.
Los investigadores educativos y los expertos disciplinares han hecho análisis críticos y señalado los errores, omisiones o carencias en los contenidos de estos libros que son más bien un collage de casos para trabajar con los grupos de estudiantes y tienen muy poco contenido, aunque en algunos se proponen lecturas “para profundizar” a través de códigos QR, contraviniendo el objetivo de equidad que debería prevalecer en los textos puesto que para leer estos códigos se requiere de teléfonos inteligentes e internet, lo que poseen las minorías privilegiadas y no la gran mayoría de los niños en situación de vulnerabilidad, que son quienes muy probablemente tengan estos libros como único material bibliográfico en su proceso escolar.
Sin embargo, estos análisis más mesurados y rigurosos, que son los que podrían servir de insumo para mejorar los libros en el futuro, se diluyen en el mar de descalificaciones mutuas entre los defensores a ultranza y los opositores viscerales.
Un sistema educativo, dice Lonergan, es un bien de orden y todo bien de orden para construirse requiere de cooperación entre los distintos actores. Es muy loable que en la elaboración de los nuevos libros se haya dado un papel protagónico a los docentes, previa capacitación. Sin embargo, el proceso requiere también de la participación de expertos en las disciplinas, de expertos en educación y de expertos en diseño de materiales didácticos e ilustración para lograr construir materiales de calidad que realmente contribuyan a una buena formación que construya un país más justo y pacífico, que es lo que hoy se reclama con urgencia.
¿Seremos capaces de abrirnos a los demás y construir esta cooperación para hacer compacta a nuestra comunidad educativa y social o seguiremos divididos en facciones, desgarrándola completamente?