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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Nada garantiza que habrá una transición pacífica

El tema ha sido tratado por especialistas y algunos ven con preocupación el papel del Ejército

Ociel Mora

Es vicepresidente de Perspectivas Interdisciplinarias, A. C. (www.pired.org), organización civil con trabajo académico y de desarrollo económico de grupos vulnerables; y promotora de acciones vinculadas con la cultura comunitaria indígena y popular. Su línea de interés es la Huasteca y la Sierra Norte de Puebla.

Miércoles, Julio 19, 2023

Una de las preguntas que ha comenzado a nutrir el debate público en las últimas semanas tiene que ver con la eventual fortaleza de nuestra democracia. Esto es, y para decirlo pronto, cuánto resistirán los órganos judiciales la furiosa embestida del presidente López Obrador contra todo “acto legal” que busque limitarlo en su afán de concentrar el poder por encima de los mandatos constitucionales, e incluso más allá de su periodo para el que fue electo en el 2018. El tema no es ocioso. Por primera vez se habla abiertamente de un gobierno transexenal. Todos los gobernantes poderosos fueron tocados por esa tentación, de extenderse más allá de los tiempos legales. El actual presidente es un hombre poderoso, qué duda cabe, y por lo tanto no es la excepción a la regla. Así lo piense por interpósitas personas. Pero se ve que se mira mandando más allá de octubre de 2024.

En la idea del Presidente, su sucesor será uno de los tres elegidos por él en Morena, o cinco si se quiere si tomamos en cuenta a los aspirantes de los partidos del Verde y del Trabajo. Quienes están allí también es por decisión del Presidente, no por sus méritos personales, en caso de que los tengan. Quien resulte ganador en la encuesta tomará la silla del poder Ejecutivo, y el resto se repartirá los principales puestos en orden jerárquico con base a los resultados electorales del estudio demoscópico del partido oficialista. incluso aquellos que son de representación popular, como el próximo presidente del Senado.

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En esta idea diseñada desde Palacio Nacional, y notificada por el propio presidente López Obrador, teniendo presente a los tres aspirantes de su partido, en el transcurso de una cena, con los gobernadores de Morena como escenografía de fondo. En esa idea, repito, no cabe (bajo ninguna circunstancia) la posibilidad del triunfo de un candidato y partido que no sea uno de los previamente seleccionados por la mano del Presidente. Incluso la próxima legislatura ya tiene agenda de reformas. Los próximos diputados de su partido, a quienes exige mayoría calificada deberán de reformar la Constitución en un periodo de treinta días.

Hace apenas unas cuantas semanas las condiciones estaban más que dadas para que las cosas ocurrieran en la dirección diseñada y demandada por el Presidente. No solamente no había un candidato de oposición que medianamente prometiera disputar el triunfo. Sencillamente no había oposición. Y aun esa oposición menguada hasta las costillas, por su pasado impresentable, era motivo de inclementes embestidas desde el máximo tribunal federal, que son las mañaneras. Incluso, en más de una ocasión, los voceros del Presidente hicieron alarde de que el aspirante de la alianza opositora sería designado por el propio López Obrador. El genio político de Palacio Nacional no tenía par. Y la incompetencia de la posición era tal que tenían que pedir consejo en la casa contraria.

En política lo único seguro-seguro es lo imprevisible. Y fue lo que pasó en las últimas semanas. De pronto y surgida de sepa Dios dónde apareció en escena ese tsunami llamado Xóchitl Gálvez y todo lo cambió. Todavía los hay aquellos que zozobran si para bien o para mal. En lo que concuerdan es que todo cambió. Yo creo que el cambio repentino es para bien, pues la competencia política es la quintaesencia de la democracia, y la democracia son los cimientos imprescindibles para una convivencia medianamente pacífica. Tratándose de la complejidad de una comunidad como la mexicana que ya supera los 130 millones de personas.

La pregunta tiene su grado de pertinencia. Tiene que ver con el traspaso del poder el año entrante.

En las elecciones se gana y se pierde, es una verdad de Perogrullo. Los grandes teóricos de la democracia suelen ponderar que uno de sus grandes indicadores es el reconocimiento de la derrota por parte de los perdedores. Quienes conocen la historia del presidente López Obrador recuerdan que en ninguna de las elecciones en las que ha figurado su nombre ha reconocido que pierde. El caso epítome son las elecciones de 2006. En aquella elección, como quedó claro, perdió en las urnas, perdió en el recuento, perdió en los tribunales y perdió en la opinión pública.

El gran dilema: ¿de no ganar su candidata y partido será que el presidente López Obrador entregue la banda presidencial, como lo hizo con él, Enrique Peña Nieto y Ernesto Zedillo con Vicente Fox? ¿O aplicará el método de Manuel Bartlett en 1986, en Chihuahua, contra Francisco Barrio y en 1988 contra el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, cuando de oposición perdieron frente al partido oficial, PRI? Bartlett, entonces secretario de Gobernación, y responsable de las elecciones, impuso ilegalmente a Fernando Baeza Meléndez y Carlos Salinas de Gortari. Por entonces se habló mucho que aquel acto, el de Chihuahua, más que robar la voluntad popular, se trató de un acto patriótico. Pues no se podía entregar la frontera del país a un partido de oposición.

El tema de lo que puede pasar el año entrante ha sido tratado por especialistas y periodistas serios. Hay aquellos que ven con preocupación el papel que puede jugar el Ejército, en esta etapa inédita de empoderamiento. No solamente en las calles, tratándose de manifestaciones callejeras, como las de 1988, sino hacia dentro del mismo cuerpo castrense. En el entendido de que la zanahoria lopezobradorista ha cautivado en unos cuantos mandos superiores, no a toda la tropa.

Chayo News

El periodista Toño Madrid nos ha pintado un cuadro calamitoso en estas páginas acerca de lo que puede ocurrir en las elecciones de presidentes municipales el año entrante en los pueblitos y pueblotes de la parte oriental de la Sierra Norte. Puras caras conocidas para decirlo con suavidad. Grupos de poder que se han encaramado en los techos gracias a su paso por las mismas alcaldías, en las que de nuevo se disponen a repetir en el mismo cargo. En las que lo mismo engordan clientelas electorales que partidistas. La culpa es de los partidos. Los que le cierran la puerta a nuevos actores que pueden poner en riesgo sus privilegios, y a su vez formar nuevos grupos y nuevas lealtades. Prefieren malos por conocido que bueno por conocer, o como se diga. Los partidos van a lo seguro. Y lo seguro empieza cuando el virtual aspirante gestiona la candidatura. Allí se ve que tanta voluntad hay en la cartera de uno que puedes elegir como tu nuevo socio. Porque la política es eso: dinero y más dinero. ¿Hay culpables de la persistencia de esos grandes bolsones de personas en pobreza y pobreza extrema, que no tienen para comer a llenarse, no obstante dedicar todos sus ingresos a sufragar los gastos más elementales del hogar? Sí, si los hay.

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