El 10 de julio, durante la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Suecia se convirtió en el país número 32 miembro de esta alianza de carácter político-militar. Este es un golpe más para la ofensiva rusa, dirigida por el presidente Vladimir Putin, cuyo liderazgo se encuentra seriamente debilitado, pues hace sólo unas semanas se enfrentó a una rebelión interna orquestada por el líder del grupo Wagner (un ejército privado conformado por mercenarios), Yevgeny Prigozhin, quien es uno de los oligarcas rusos más poderosos y hasta hace poco un personaje muy cercano al mandatario.
La OTAN fue fundada en 1949 por doce países: Estados Unidos y Canadá, más otros diez europeos. El motivo de su creación fue unir esfuerzos para garantizar la seguridad colectiva de sus miembros frente a la Unión Soviética y sus aliados que en respuesta se agruparon en lo que se conoció como Pacto de Varsovia. En el contexto de la Guerra Fría, dicha alianza militar tuvo gran relevancia, pero conforme pasaron los años y tras “la caída del muro”, la organización fue perdiendo importancia e influencia política; sin embargo, la guerra contra Ucrania revitalizó su papel en el ámbito internacional y la convirtió en una pieza clave para contrarrestar la incursión y el poderío ruso en la región.
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Hay varias cuestiones a considerar sobre los resultados de la cumbre, que se llevó a cabo en Vilnius, Lituania, en la que el tema principal fue la guerra ruso-ucraniana y el futuro de Ucrania en la organización. No obstante, a mi parecer, lo más relevante es la expansión que está teniendo la OTAN y con ello, la recuperación de su papel e importancia en el juego de poder de la política internacional. Recordemos que Finlandia también se incorporó a la alianza atlántica en abril de este año.
Si nos remontamos a los orígenes del actual conflicto, para Putin la ampliación de la OTAN en términos de su tendencia a adherir a países que geográficamente se ubican en su zona natural de influencia, como lo es Ucrania, representa una amenaza directa para los intereses y la seguridad de la Federación Rusa. De hecho, el antecedente de la invasión de Ucrania, es decir, la anexión de Crimea en marzo de 2014, respondió a los intentos del entonces gobierno ucraniano por tejer una mayor relación con la Unión Europea (UE) al firmar un Acuerdo de Asociación entre ambas partes.
El éxito que tuvo Putin con la anexión de Crimea está lejos de asimilarse a los resultados que está obteniendo en la guerra con Ucrania. Y la entrada de Suecia a la OTAN lo confirma. Así, a más de un año del inicio de la conflagración, el líder ruso no ha vencido al ejército ucraniano, ni ha logrado disuadir a los países occidentales de mantenerse fuera de la órbita rusa. Baste, recordar que Finlandia comparte frontera con Rusia y que Suecia tiene salida al mar Báltico.
Si bien tras la cumbre, Ucrania no recibió invitación para sumarse a la organización, ya que como señaló Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania, es entendible que esto no sucederá mientras el conflicto continúe desarrollándose en su territorio. Lo que sí se acordó fue el establecimiento de un Consejo OTAN-Ucrania, a través de un programa múltiple de asistencia que fue anunciado por el Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, quien además, recalcó que los actuales miembros reafirman que Ucrania será parte de la organización y que recibirá dicha invitación en cuanto las condiciones lo permitan.
Por último, otro aspecto crucial de los efectos de la cumbre es la modificación del voto de Turquía para aceptar la adhesión de Suecia. Tan sólo unas horas antes de retirar el veto que bloqueaba el ingreso del país escandinavo, que había mantenido desde 2022 cuando Suecia solicitó su ingreso, el presidente turco, Recep T. Erdogan, declaró públicamente que no cambiaría su voto a menos que la Unión Europea (UE) reanudara el proceso para que su país se convierta en miembro del bloque. No obstante, tras una serie de llamadas con distintos líderes, entre ellos, el presidente estadounidense Joe Biden, Erdogan finalmente accedió a revocar el veto.
Como lo señala Mauricio Meschoulam, en un artículo publicado en El Universal, aunque Turquía pertenece a la OTAN su relación con sus aliados occidentales no ha sido la más fructífera en los últimos años. Al contrario, cuestiones como la recepción de refugiados sirios en territorio turco y las violaciones a derechos humanos por parte del gobierno de Erdogan son sólo algunas de las muchas fricciones que existen con los países de la alianza.
El trasfondo de dicha decisión está en la relación ruso-turca y en cómo la elección de Erdogan afectará a los intereses turcos que dependen de las acciones que tome Rusia. Ambos países son enemigos históricos y están enfrentados en distintos conflictos como es el caso de la guerra de Siria, en la que apoyan a bandos opuestos. Y a eso hay que añadir la ventaja que tiene Rusia sobre Turquía en lo que respecta a la cuestión energética. Por ello, será interesante ver la respuesta del Kremlin al gobierno turco.
Con la culminación de la cumbre y la incorporación de Suecia en la alianza atlántica, Vladimir Putin recibió un strike más en su ya fallida estrategia en la guerra contra Ucrania. Aunque Occidente mantiene su negativa a involucrarse directamente en el conflicto, el mensaje es claro: la expansión de la OTAN continuará y seguirá buscando debilitar al Kremlin por múltiples frentes. La guerra continúa y las circunstancias cambian día con día, todavía es pronto para predecir el desenlace, pero el liderazgo de Putin y sus posibilidades de salir victorioso son cada vez más escasas.