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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El maestro con miedo

Sin duda, uno de los retos más importantes para el educador de hoy, es vencer el miedo

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 5, 2023

Para Miguel Ángel Rodríguez, un maestro sin miedo, siempre crítico y comprometido con una educación transformadora.

Para corregir, no hay que temer. El peor maestro es el maestro con miedo.
Gabriela Mistral

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Esta semana voy a ser -tal vez como muchas otras- políticamente incorrecto porque quiero abordar un tema que no es bien visto en estos tiempos de individualismo exacerbado, libertad personal entendida cómo hacer lo que a cada uno le dé la gana, indiferencia y temor al otro disfrazada de tolerancia y respeto.

Porque en el mundo de hoy no habría un escritor “progresista”, un pedagogo “crítico”, un analista “popular” que se atreviera a decir que una parte importante de la labor educativa de los docentes y de los padres de familia es la de corregir aquello que no es correcto, que no es éticamente aceptable, que no contribuye a la construcción de una sociedad más humana, justa y pacífica.

¿Quién se cree capaz de corregir a otro? ¿Cómo se atreve? ¿Acaso se considera perfecto o libre de pecado como para arrojar la primera piedra? -en una interpretación obviamente sesgada y errónea de este pasaje evangélico-. ¿Cómo puede alguien abrogarse la atribución de saber lo que es correcto y más aún, de tratar de “imponérselo” a otro, así sea un niño pequeño, un educando en formación, un adolescente en proceso de definición de su identidad y personalidad?

Sin embargo, soy de los que creen -tal vez por mi edad, pero creo que más bien por mi postura filosófica y pedagógica- que los educadores en el sentido más amplio que nos abarca a todos, porque como dice Freire todos nos educamos en comunidad, pero también y sobre todo en el sentido más específico los docentes, que son los profesionales dedicados y preparados para formar en humanidad a las nuevas generaciones, no solamente pueden sino también deben, como parte central de su labor y vocación, corregir a los educandos y señalarles lo que honestamente consideran que es lo correcto, lo bueno, lo bello, lo justo, lo humanizante.

Simplemente porque los educadores han vivido y estudiado más que los educandos, porque han leído y saben más sobre ciencias, humanidades, arte, sociedad y también sobre la vida personal y la convivencia social, porque conocen y son depositarios de la herencia cultural de siglos que como he dicho en otras ocasiones, desde la frase de Mahler, no es un cofre de cenizas que hay que venerar sino un fuego que hay que mantener encendido y hacer que se expanda, tienen la tarea de transmitir esa herencia de forma atractiva, inteligente, crítica y responsable, amorosa y bienintencionada a sus estudiantes.

Por supuesto que no se trata de corregir desde una concepción de relación vertical que asume que el educador es el poseedor de la verdad, del criterio auténtico de belleza o de justicia, el que sabe sin equivocarse nunca lo que es correcto o lo que es bueno, el que ya está humanizado y tiene por ello que humanizar, modelando a sus alumnos a su imagen y semejanza, como si fuese un dios.

Se trata de una corrección fraterna, humilde, desde la posición de quien es capaz de tener empatía con las nuevas generaciones, de quien ama a esos niños y jóvenes y como dice Melchin, porque los ama, conoce las preguntas que mueven su vida y es capaz de acompañarlos a buscar las respuestas a esas preguntas.

Y como dice Gabriela Mistral en la frase que tomo hoy como punto de partida, el principal enemigo de la corrección es el miedo, ese miedo que hace que un maestro se convierta en el peor maestro.

Desafortunadamente, los educadores de hoy vivimos en un mundo dominado por el miedo. Trabajamos en contextos que generan diversos niveles y tipos de miedo y por ello nuestra educación no cambia, por ello muchas veces, a pesar de tener las mejores intenciones somos los peores maestros y maestras, porque nos dejamos dominar por el miedo.

En primer lugar, ese miedo cultural que ya he señalado como propio de estos tiempos de gran diferenciación, pero casi nula integración. El miedo que produce este mundo de significados y valores en el que predomina la sentencia de que nadie puede ni debe atreverse a juzgar a otro, ni a señalar a los demás lo que es incorrecto, antiético, destructor del tejido social, amenazante para la convivencia pacífica, riesgo para la vida democrática.

Porque quien se atreve a hacer un juicio o a intentar una corrección es señalado de inmediato como conservador, reaccionario, emisario del pasado, en esta sociedad polarizada que cada vez dialoga menos e insulta más. Lo paradójico es que quienes hacen estos señalamientos están partiendo de una postura de superioridad moral y se atreven a decir que están “del lado correcto de la historia”, como si hubiese un solo lado correcto en este prisma de millones de caras que es el desarrollo de la humanidad en el tiempo.

En segundo lugar, está el miedo a los padres de familia, porque hace tiempo que se rompió el pacto de corresponsabilidad o al menos de confianza en los educadores y en la escuela y hoy los padres y madres de familia compiten y cuestionan todo lo que hacen los profesores de sus hijos y la forma en que se organizan las escuelas en las que ellos decidieron libremente inscribirlos. Miedo a los llamados “padres o madres helicóptero”, los que están todo el tiempo encima de la vida de sus hijos y no los dejan tener problemas y resolverlos, cometer errores y aceptarlos, etc. y también, sin duda y con sobrada razón, a los padres de familia de escuelas ubicadas en zonas de violencia y delincuencia organizada, de quienes muchas veces reciben amenazas directas o veladas

En tercer lugar, los docentes viven el miedo a la autoridad educativa o al sindicato, que como decía ya hace muchos años don Pablo Latapí Sarre, son dos lastres que impiden a los profesionales de la educación crear, desarrollarse, intentar cosas nuevas y distintas, porque vivimos en un sistema de muy baja complejidad, en una pirámide burocrática que responde prioritariamente a intereses políticos, ideológicos y aún económicos de quienes controlan en lugar de defender, promover y valorar a los maestros.

Por último, los educadores vivimos en el miedo a las expectativas múltiples y contradictorias sobre nuestra labor, porque cada alumno, cada padre de familia, cada comunicador, cada ciudadano tiene su propia idea de lo que debe ser un buen educador y estas ideas son muchas veces incompatibles.

Como dice Neruda en su poema El miedo: “…Todos me aconsejan que viaje,
que entre y que salga, que no viaje/ que me muera y que no me muera. / No importa. / Todos pican mi poesía / con invencibles tenedores / buscando, sin duda, una mosca,
Tengo miedo./ Tengo miedo de todo el mundo, del agua fría, de la muerte. / Soy como todos los mortales, inaplazable”.

Sin duda, uno de los retos más importantes para el educador de hoy, es vencer el miedo.

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