La atención se ha convertido en el campo de batalla de nuestra época. Usamos estimulantes, del café a la cocaína, para sostener nuestra atención. Y luego, luchamos para apagarla con somníferos. Nos desvivimos por capturar la atención de los otros en las redes. La moneda más valiosa es un like. La abundancia es la fama. Los verdaderos muertos son los olvidados en vida. Las compañías de internet miden cuánto tiempo miramos un video, si seguimos sus recomendaciones. Miden el tiempo que permanecemos en un sitio o que utilizamos un servicio, es decir: miden el tiempo que han capturado nuestra atención. Los anuncios nos asaltan en todo momento, en los formatos más inverosímiles para que nuestra atención muerda sus anzuelos.
“Zapeamos” no por un aburrimiento mortal, sino para mantener la atención viva; ella afianza nuestro deseo en el mundo. Luchamos en vano por meditar; para nosotros es ya imposible mantener la atención en la respiración por más de cinco segundos. Al mismo tiempo, no podemos tomar distancia de los pensamientos obsesivos, torpes y triviales, que absorben toda nuestra atención, sean los nimios problemas del trabajo o un jingle. El frenesí con el que trabajamos no tiene nada que ver con la productividad, sino con un estado de excitación que, si no resulta suficientemente fuerte, no logra sacarnos de la cama. Pero esa fuerza termina, inevitablemente por agotarnos. Burn out.
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Los niños comienzan temprano con un síndrome de déficit de atención. Y se les dan estimulantes para “arreglar” su cerebro. Nosotros buscamos la dispersión de la atención por medio del entretenimiento. Nuestra atención no está en nuestras manos. Hemos perdido la potestad sobre ella. Todos se la disputan. Y nosotros también, luchamos por robar la atención de los demás. La competencia es grande. Debemos exhibirnos. Llamar la atención. Distinguirnos. Individuarnos de manera inédita.
Llamamos capitalismo cognitivo a la variante donde el objeto de captura es el trabajo mental. Las aplicaciones informáticas y la publicidad compiten fundamentalmente por el tiempo de nuestra atención y cómo ésta nos compromete con ciertos comportamientos. No es que la atención sea la mercancía. La atención es precondición de toda mercancía porque es ella la que la desea, la que se fija en ella o se obsesiona por ella. Lo que se atrapa en la publicidad es el deseo. Deseo y atención son inseparables. El deseo dirige nuestra atención, pero la atención genera deseo, en tanto que crea objetos, los hace crecer, los complica.
Freud afirma en la interpretación de los sueños que existe un deseo inconsciente, un querer no reconocido por nosotros. Hoy, deseo e inconsciente los pensamos siempre en conjunto. Pero hay una atención inconsciente que Freud llamó carga o revestimiento (Ladung). Es aquello en torno de lo cual todos nuestros esfuerzos volitivos, espirituales e intelectuales se vuelcan. Es lo que da forma y mantiene el objeto de nuestro deseo. Lo fija. Lo cultiva. Lo hace crecer. Lo enreda. Freud dice también: el inconsciente trabaja. Su época le ha dado elementos para reflexionar sobre la revolución industrial, sobre el trabajo humano y sobre las máquinas. Sabe que la sociedad gira en torno de la producción. Pero sabe también que la esfera de la producción no se limita a traer mercancías al mundo. La mercancía no es nada si no cumple una necesidad, una demanda o un deseo. Es decir, que el valor de las mercancías es objetivo-subjetivo a la vez. No deberíamos creer que es posible separar clara y distintamente una necesidad (supuestamente “animal”), una demanda (supuestamente “imaginaria”) y un deseo (supuestamente “simbólico”).
Pero, ¿a qué tipo de trabajo se refiere Freud? En los esfuerzos no conscientes de un sujeto que logra mantener un objeto de deseo presente, activo, potente. Una experiencia no es nada si no queda fijada en la memoria, si no se enlaza con pensamientos, sentimientos, sensaciones, palabras, si no entra en nuestros pensamientos (conscientes o no), sino le damos vueltas. El objeto de nuestro deseo se produce constantemente en la fábrica del inconsciente. Es su producto. Y se forma a partir de “materias psíquicas” (pensamientos, ideas, palabras, sensaciones) llegando al “individuo” que llamamos, por costumbre, objeto. Constantemente, gracias a la atención consciente e inconsciente, recortamos objetos y situaciones de un entorno más o menos fluido. Subrayamos. Detenemos. Destacamos.
El objeto de deseo no está dado, sino que constantemente debe ser producido, mantenido y reproducido. ¿Y qué fin tiene producir ese objeto, mantenerlo, alimentarlo, seguirlo con la mirada inconsciente, buscarlo, empeñarnos en él? En el inconsciente el objeto permite mantenernos deseando al estar dirigidos a algo. No se trata de los objetos del mundo, sino del psiquismo, materiales, pero espectrales a la vez. Más bien, entre el material de la memoria y del lenguaje debe forjarse constantemente un objeto de deseo que a su vez debe individuarse una segunda vez en una cosa mundana. Pero la fuerza y potencia de ese objeto primario reside en mantener nuestra atención en el mundo. Cuando miramos en torno nuestro las cosas no resplandecen con la misma luz. Hay rincones que atraen nuestra atención, mientras que otros, resultan indiferentes. Hay objetos que no queremos soltar y otros los arrojamos a la basura. El mundo está pintado con los colores del deseo y los objetos y sus colores se determinan a través de la atención. Así como un dolor al que no le prestamos atención pierde su fuerza, también a una palabra desoída carece de poder sobre nosotros. Pero en el mundo sentimos la fuerza de las palabras de otros, de las cosas, de los eventos, sólo porque les prestamos atención y, con ello, los datos de recursos. Les permitimos constituirse en objetos y en fuerzas. Les damos estructura al enlazarlo con elementos cognitivos y volitivos. Así también resuena la publicidad en nosotros. Trabajamos en el objeto de nuestro deseo, pero no por voluntad propia, sino más bien sin saberlo. En favor de alguien más. De quien puede vender ese objeto a alguien más. Entre el deseo de uno y de otro, está el mediador, que los pone en contacto por el precio correcto. Pues en la lucha de vanidades no ganan ni el productor, no el consumidor, sino el intermediario.
Hemos llegado a la conciencia histórica que nos permite conocer el campo inconsciente y del deseo. Se entiende por qué la batalla capitalista se ha vuelto abiertamente cognitiva. Se captura entonces el trabajo inconsciente. En un sentido muy elemental sabemos que aquello que goza del privilegio de nuestra atención se convierte en lo presente, en lo actual mientras que todo lo demás opera desde el fondo en la oscuridad, en un fondo preindividual y amorfo.
La atención trae a la presencia. Crea bordes. Define. Y, sobre todo, nos hace estar ahí. El tiempo nos da un aquí y un ahora. Y, al involucrar al deseo, permite llenar la fórmula de la supuesta actualidad absoluta: yo, aquí, ahora. Individuación del sujeto, del tiempo, del espacio. Pero dicha individualidad es vana porque borra el entorno desde donde cada persona y cada cosa surgen y donde se insertan. Hace ver dicho entorno como un desierto y a la cosa como algo que debe ser poseído antes de que desaparezca. Y al sujeto, se le dice: no eres nada, no puedes nada. Yo te presto los medios de producción de tu deseo. Yo te garantizo el acceso a ti mismo. Tú, para ti, no eres nadie. Y en efecto, sólo un trabajo de extraordinaria atención podría lograr un nuevo acceso de nosotros a nosotros mismos.