Opinión

Debí haberme quedado contigo esa noche…

Viernes, Diciembre 23, 2022
Leer más sobre Alejandra Fonseca
Con el mismo valor que tuve para decir que me quedaba, debí haber tenido más para correr hacia ti
Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes  
Debí haberme quedado contigo esa noche…

“Había viajado muchos kilómetros para ir a visitar a mi familia, pero el motivo real era ir a verte. Mi familia lo supo desde un principio cuando llegué y les propuse ir a visitarte ya que tu ciudad está cerca. No les sorprendió, sabían que te seguía amando a pesar de tantos años, tanta distancia y tanto silencio entre nosotros, aunque los gritos ahogados que llegan desde mi interior, en sueños o en la vigilia, me asfixian y perturban mi día a día.

Nunca pensé ni planeé que fuera así. Cuando huí de ti pensando que era lo mejor para mí se me quedaron tres cuartos de vida en el camino. En sueños mi inconsciente me traicionaba escuchando tu voz, tu risa, haciéndome sentir entre tus brazos, con tus manos sobre mí cuerpo, tus labios y tu saliva bañarme la piel. Ya no me pregunto por qué fue así; ahora sólo quiero mantener viva la exigencia del tanto amor que nos unía porque no se dará otro igual, aunque lo pretenda o lo finja.

Ese día pedí a mis primos que fuéramos a donde tú, y con su bondad me dijeron que sí, pero al ser tu ciudad peligrosa, tendría que ser de entrada por salida y regresar antes de oscurecer. Accedí por mi deseo de verte, quizá, por última vez.

En el camino no podía disimular mi excitación, y mis primos, sabedores de nuestra historia, hablaban de insignificancias para hacerme corto el viaje y quizás no verme llorar al revivir, paso a paso, ese camino que recorrimos mil veces hacia tu rancho; y de aquella fatídica tarde, cuando en la angosta carretera entre matas tiernas de caña de azúcar libres al viento, sin decir agua va, me soltaste, sin preámbulo, de tu breve relación con aquella mujer que siempre anduvo detrás de ti y que me odiaba por tenerte.

Más artículos del autor

En ese momento la vegetación que siempre me había sido tan significativa por su color verde fosforescente y la longitud envidiable de sus tallos al ser olas bailando con las caricias del viento, sentí que se me venían encima como garras largas de un monstruo que con el viento se reía de mí para engullirme sin piedad, junto a una carretera que se hacía cada vez más angosta hasta llegar al punto cero. Confesaste que fue tu venganza por yo haberte dejado. Esa escena es de las más punzantes de mi vida de la que no me he podido recuperar por el abismo que abrió. La plática ligera de mis primos me hizo regresar a esa otra realidad exterior que estaba viviendo por mi decisión de irte a buscar.

 

Llegamos, pregunté por ti; tu hermana entró al cuarto, te acababas de bañar; gritó que tenías visitas. Mis primos, prudentes, se quedaron atrás, sin saber qué esperar. Yo caminé al frente con la ilusión de devorar tu presencia. Saliste del baño con pantalón y guayabera desabotonada. Tu mano derecha acariciaba tu pecho, en un gesto tan típico de ti de cuando nos recostábamos en la cama; la otra sostenía la toalla con ansiedad. Sin preámbulo preguntaste: “¿Alondra?”, respondí en un susurro: “Si soy yo”.

Te pregunté cómo estabas, respondiste que bien. Se traslucía emoción en tus palabras y en tu risa nerviosa. Después de una breve plática mis primos me recordaron que debíamos partir porque el camino, aunque corto, tomaba tiempo y querían llegar antes del atardecer. Les dije que me quedaba, que una de tus hermanas me llevaría al otro día, que no se preocuparan.

Con el mismo valor que tuve para decir que me quedaba, debí haber tenido más para correr hacia ti y meterme en tu cama hasta el amanecer. De manera estúpida me fui a casa de tu otra hermana con quien recorrí establos y pastizales donde nos habíamos revolcado y amado tú y yo; en cada hombre que veía montar a caballo, con el cabello revuelto por el viento, te advertía vibrante, pero neciamente, obtusamente, no dije: “Me quedo con él esta noche”, sabiendo que también tú me esperabas, pero tampoco dijiste nada.

Tu hermana me confesó que yo era el amor de tu vida que siempre habías añorado una vida junto a mí en el campo que tanto amo. Ahora me reprocho sin cesar, que no le hice caso a mi locura y mis impulsos arrebatados de correr hacia ti y pasar la noche juntos.

Debí haberme quedado esa noche contigo. Mi fantasía lo deseaba, y mis sueños y pesadillas ahora me lo reclaman. No sabíamos que no tendríamos más tiempo porque a los pocos meses morirías. No sé si eso hubiera cambiado algo entre nosotros, pero sí sé que yo lo necesitaba. No cabe duda de que madurez también significa arrepentirse de lo que deseabas y no hiciste, y no haberlo hecho deja un socavón en tu alma.

Siempre te extraño, pero en estas fechas del año es que más te añoro. Eres el amor de mi vida, y la cosa está, en que yo tengo que seguir viva así… sin ti.

¡Oh Dios, ayúdame a sobrevivir la soledad de estas fechas!”

[email protected]

Vistas: 497

Loadind...