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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La belleza de la imperfección

Es la belleza de las cicatrices restauradas, aprendiendo a encontrar la belleza en las fallas

Rosalva Moreno Rodríguez

Licenciada en Diseño Gráfico por la UDLAP y maestra en Comunicación y Diseño Gráfico por la Ibero Puebla. Académica en el Departamento de Arte, Diseño y Arquitectura desde hace 28 años en la misma institución. Su línea de investigación es la historia del diseño y el arte como generación de la memoria visual.

Viernes, Diciembre 16, 2022

En Japón hay conceptos que aluden a la belleza de la imperfección, al mundo real, a lo cotidiano que nos rodea y permite que la vida siga, sin filtros de Instagram o Photoshop; fotografías donde todo está balanceado, objetos nuevos y relucientes, vidas espectaculares; y un mundo que al ser tan estéticamente perfecto y que miramos en los dispositivos, plataformas y series, nos llevan a la irrealidad.

En todas las culturas siempre se ha buscado encontrar el balance interior y exterior, a través de un concepto y una técnica de restauración japonesa (ambos ancestrales). Hoy tocaremos la belleza de lo imperfecto.

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El primer concepto es el Wabi-sabi. Wabi significa: la elegante belleza de lo humilde, la simplicidad; y sabi: el paso del tiempo y el deterioro consecuente. El Wabi-sabi abre los ojos al paso de la vida cotidiana, la aceptación de lo real.

Los objetos, la vida, las experiencias, que al ser comprendidas en su contexto de impermanencia transitoria, de momentos y hasta de la muerte, se vuelven profundos, reales. Es necesario e irrefrenable el paso del tiempo y sus efectos.

Todo y todos tenemos una historia, con matices de alegría y tristeza. El Wabi-sabi nos dice que una mesa usada es bella, con alguna parte de madera ajada; la pintura con raspaduras y huellas, la aceptación de lo real.

Por otra parte, Kintsugi es una técnica japonesa para reparar la cerámica. En lugar de tirar una taza que se ha roto, se pega pedazo por pedazo con resina de oro. La cicatriz se nota, pero nos recuerda que a veces los defectos son la muestra de que algo sucedió; que ese objeto estuvo perfecto y lo sigue siendo aun con una cicatriz.

Los artesanos japoneses encontraron esta técnica para reparar cerámica y la convirtieron en arte: la belleza de la pasta de oro y las piezas unidas, hacen un todo; la taza muestra la huella de su uso y fractura.

La metáfora de la técnica Kintsugi nos relaciona, como tantas metáforas que existen, con la de la cicatriz; puede ser una cicatriz pequeña en una mano o una grande por una operación. El mundo se encarga de llenarnos de fisuras.

Las fisuras son las experiencias de alegría, dolor, estrés, el nacimiento de un hijo, una enfermedad… Ahí nace la variedad de posibilidades de enfrentarnos a la vida, al mundo. La cicatriz que se ha convertido en proceso de madurez, en historia y en lugar de ocultarse, vivencia.    

El poner de manifiesto su transformación hace más bella y real a la persona, no me refiero a cicatrices que desfiguren un rostro; sino a huellas del tiempo que nos identifican y muestran cómo somos, sin filtros ni efectos especiales.

 “Las cicatrices son solo otro tipo de memoria”
M.L. Stedman

Si unimos ambos conceptos, el Wabi-sabi es una belleza que existe en lo modesto, rústico, imperfecto; es una belleza que nos lleva a la melancolía, al encuentro con nuestra historia a través de los objetos que nos rodean o encontramos en diferentes lugares y donde no todos son nuevos e impolutos.

Es la belleza de las cicatrices restauradas, aprendiendo a encontrar la belleza en las fallas. Las marcas que tenemos nos las hemos hecho solos, en nuestra batalla. La belleza de lo imperfecto.

 

La autora es académica de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Sus comentarios son bienvenidos.

 

 

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