Domingo, 24 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Casa Poblana, el escenario de la memoria

El libro de Lilia Martínez y Torres nos muestra que la belleza de Puebla es inmediata y cotidiana

Rosalva Moreno Rodríguez

Licenciada en Diseño Gráfico por la UDLAP y maestra en Comunicación y Diseño Gráfico por la Ibero Puebla. Académica en el Departamento de Arte, Diseño y Arquitectura desde hace 28 años en la misma institución. Su línea de investigación es la historia del diseño y el arte como generación de la memoria visual.

Viernes, Junio 24, 2022

Las ciudades tienen una piel que las cubre que es su arquitectura.
Desde la cantera gris de sus fachadas, los ladrillos rojos trabajados en forma de petatillo
con aplicaciones de azulejos de talavera monocromáticos o policromos,
la argamasa blanca volando onduladamente en sus cornisas, los balcones esquinados, las
hornacinas y sus santos, ventanas de hierro forjado, es el estilo regional poblano.

De esta piel de Puebla, nos habla Lilia Martínez y Torres, en Casa Poblana, El escenario de la memoria personal, un libro sobre la arquitectura residencial de nuestra ciudad donde a través de cien años de imágenes, de 1874 a 1974, podemos conocer, imaginar, recrear e identificar estilos y corrientes artísticas, elementos estéticos de lo cotidiano de la época que nos hablan de la vida de sus moradores, y de cómo querían ser recordados o no a través de la fotografía.

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Son 236 fotografías en duotono y 4 viñetas seleccionadas por la autora después de un acopio, investigación y selección que la llevaron a presentarnos en seis capítulos no solamente arquitectura en estilo sino Puebla hablando en estas fotografías, sobre los diferentes espacios que conforman las casas.

De la fachada entramos al umbral, espacio intermedio que separa lo exterior de lo interior; después las imágenes nos introducen por los patios, que nos llevan por corredores hacia la biblioteca, lugar del silencio o por los corredores al comedor, lugar de encuentro.

Las casas y sus habitantes en los momentos más importantes como los bautizos y cumpleaños, las bodas con la fotografía familiar y la fiesta en el patio como se usaba en ese tiempo, vemos largas mesas vestidas con manteles deshilados, cristalería fina a veces de origen extranjero, cuchillería de plata o alpaca… la abundancia de una época marcada por los rituales.

Rituales gozosos y también fotografías de ritos como el velorio del difunto, o el ritual de los angelitos, niños muertos después de ser bautizados y antes de “tener uso de razón”, que se despedían de la tierra y su alma se iba directamente al cielo. En ambos casos la toma fotográfica era parte importante en el ritual.

En el capítulo V hay una selección de retratos femeninos de Juan Crisóstomo Méndez, de mujeres amigas y conocidas retratadas en sus casas, donde la perfección de la técnica, composición e iluminación dialogan con la intimidad, sensualidad o fraternidad amistosa que connotan sus imágenes.

En el último capítulo la casa se convierte en el estudio fotográfico. Los objetos son parte de la escena y nos dicen cosas, ¿qué les gustaba a las señoras de la casa?, ¿con qué juguetes se divertían los niños?, ¿es ése el sombrero de moda?, ¿acaso tenían ya una licuadora?

Junto con los objetos, los habitantes posan en los espacios exteriores e interiores con sus mejores trajes, uniformes militares o vestidos del diario, son retratos de familia, de grupo, de niños jugando y de señoras platicando.

Es aquí donde el fotógrafo no profesional, padre, hermano, compadre, que tenía una cámara hace las tomas y consciente o inconscientemente nos deja una lectura compleja de su contexto y del cómo se habitaba cada casa.

Lilia Martínez ha trabajado muchos años en la investigación sobre la fotografía histórica, es académica y fue gerente del Centro Histórico de Puebla.

En este libro Lilia nos dice por el cuidado en la selección de la obra, la jerarquización de los capítulos, el lenguaje de sus textos, que es una profesional en el tratamiento de la imagen.

Pero también se connota que es una orgullosa poblana, que la ciudad que habita tiene memoria, y podemos disfrutarla en las imágenes de cien años que presenta.

Mirarnos dentro de esos espacios, descubrir a sus habitantes, conocer la vida secreta de los objetos.

Y más que eso, Lilia, con su selección de imágenes nos enseña que la belleza de Puebla es inmediata y cotidiana, que la piel de la ciudad es también nuestra casa.

La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

 

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