Cuando terminé la tesis del doctorado, uno de mis sinodales me preguntó por qué se la había dedicado a mi país, como lo había hecho. Le contesté que así lo creía, porque desde la infancia tenía un sentido de pertenencia con México y un compromiso para corresponder a las becas que me habían dado para esos estudios. De hecho, nunca compartí las ideas de una compañera que decía que merecía la beca porque su papá pagaba muchos impuestos. Quizás por eso nunca contemplé quedarme a trabajar en otro país, ni entonces ni ahora, aunque a veces desesperen las políticas que poco ayudan al desarrollo de México. Tal vez también ayudó que desde entonces tuviera varias ofertas de trabajo que facilitaron mi regreso; una situación que lamentablemente muchos jóvenes ya no pueden contar en la actualidad.
Para algunos el amor al país puede parecer anacrónico, pero es algo que está asociado con esa noción de patria que venía en las lecturas de Historia y Civismo, pero en mi caso esos ideales venían más bien de la poesía. En primerísimo lugar estaba la “Suave Patria” de Ramón López Velarde, que al leerla me hacía sentir una emoción especial, con sus versos imaginaba una patria amorosa, íntima, eterna y generosa.
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“Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el ave
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, Patria suave.”
También en sexto año de primaria declamé aquellos versos que dicen: “México creo en ti, porque si no creyera que eres mío, el propio corazón me lo gritara”, y se refrendaba mi fe en ese México.
Esa educación hizo que desde pequeños creyéramos que era un honor y motivo de orgullo servir a nuestro país y nuestra gente, a la patria. Por eso mismo, pensaba que todos debíamos sentir esa devoción. Y no me explicaba porque había tanta pobreza, corrupción y agresiones contra los estudiantes y los campesinos. ¿Qué no eran ciertas las palabras de los políticos que prometían servir y trabajar para el bien de México?
Eran ideas muy ingenuas, cierto, con unas preguntas que no me respondía la realidad. Quizás por eso, en algunos de nosotros estaba presente una rebeldía que se alimentaba de las leyendas de los guerrilleros, héroes que estaban haciendo la revolución en la misma Sierra Madre del Sur.
Algunas veces me digo que si tuviera la oportunidad de fundar un movimiento político, lo llamaría así: “Suave Patria”. Y tendría en su declaración de principios el amor a nuestro país, lealtad y honestidad; su plan de acción incluiría que cada uno, desde su pequeña o gran trinchera, hiciera lo posible por tener un mejor país, libre de pobreza, de injusticias y con un mínimo de bienestar para todos.
Creo que si alguna vez me encuentro de nuevo a ese profesor que me hizo la pregunta sobre la dedicatoria de mi tesis, que por cierto era de la India, le contaría sobre las cosas que más me gustan de nuestro país, diez razones que alimentan mi ideal de la suave patria, estas son:
1. En primer lugar la gente, o al menos una buena parte, esa que se quita la camisa para ayudar, en especial en los momentos más trágicos, aunque ojalá que así fuera siempre.
2. La naturaleza, los paisajes tan diversos que podemos encontrar, desde la playa a la montaña, del desierto a la costa, las sierras áridas, la selva que nos queda.
3. La muy amplia biodiversidad que llena esos paisajes, desde el gato montés, los lobos, pájaros, ajolotes, tlacuaches, flor de nochebuena, ocotes, palmas, venados, iguanas, etc., etc.
4. La comida tan diversa, rica, picante, sabrosa, desde unos sencillo frijoles con epazote hasta unos chiles en nogada, sin faltar los tamales de ceniza y el mole negro. Y súmele lo que a ustedes les guste.
5. Esa creatividad de los mexicanos que lo mismo nos regala unas preciosas artesanías, un huipil o un rebozo. También recordemos como hubo un tiempo en que esa inteligencia alcanzó para construir pirámides y acueductos. Sueño con el día en que esa creatividad llegue a la ciencia, que entonces podrá ser verdaderamente mexicana.
6. El carácter de la gente, el tesón y resistencia de muchos compatriotas, que lo mismo burla a la migra que gana ultra-maratones.
7. El sentido del humor e irreverencia, que mucho ayuda a patear el bote de los conflictos hacia otro tiempo o lugar, para bien o para mal. Todavía me río de la vez cuando Ofelia Medina presentaba una obra de teatro en Cuernavaca. Como no se oía bien en gayola, alguien grito: “¡más fuerte, que así nomás oye el gobernador!”
8. El folclor, desde la música huasteca hasta las chilenas de Guerrero, la danza del venado o los sones de tarima de Tixtla, unas manifestaciones artísticas que se encuentran regadas por todo el país, y van como los sombreros Tardan: de Sonora a Yucatán.
9. Toda la literatura, en especial Palinuro de México, Los recuerdos del porvenir, Estas ruinas que ves; mucha poesía, desde Nezahualcóyotl y Sor Juana, hasta Muerte sin fin, también Renato Leduc, Margarito Ledezma, los infrarealistas y mucho más.
10. Las lenguas indígenas de México, que enriquecieron nuestro Español, una lengua que al paso de 500 años ya también es nuestra. ¿O no, carnalito?
Tal vez todo esto que digo de la suave patria, sea un ideal o un sueño, pero como diría John Lennon: espero que más de uno lo comparta, y que algún día se logren los más altos ideales de la humanidad en nuestra tierra: “Libertad, igualdad, fraternidad”.