La idea de que existe en el cosmos (el universo) una fuerza, una potencia arrasadora, que impregna la vida de toda la naturaleza incluido el ser humano y que, por tanto, la justifica, tuvo como origen primero la filosofía presocrática y después por los filósofos clásicos griegos y, finalmente, retomada por la filosofía alemanes (del Romanticismo) (ver Safranski, citado por Jorge Polo Blanco, en Miserias políticas del vitalismo. Mistificación de la violencia y poetización de la guerra, revista Co-herencia, núm. 34). De Nietzsche, en cuya obra aparece el concepto de la “Bestia Rubia” se pueden abrigar dudas debido a que su obra fue manoseada por los promotores del nacionalsocialismo (permitido por su hermana, Elisabeth Forster-Nietzsche) con el fin de utilizarlo como su “fundamento” (ver Nietzsche, de Foucault).
A pesar del filo aristocrático de la filosofía de Nietzsche, lo cierto es que en Alemania (y tal vez esto explique su disposición a apoyar la guerra que existe entre Ucrania (OTAN, en realidad) contra Rusia que los lleva a la ruina como nación) se puede decir que es la tierra de la creencia fundada en que son los herederos de la antigüedad sino también de ideas que llevaron a dos guerras mundiales y, en la actualidad, a la nuclear (tomada la batuta por EU), se conciben a sí mismos como pueblos elegidos, haciendo caso antigua y rancia idea de que han sido nominados para dirigir el mundo, colocando al planeta ante su extinción junto a los rusos en una guerra por el poder mundial.
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Nietzsche: el “bello e indómito animal”, sus instintos, habían sido amansados por la decadencia del progreso, la justicia y la igualdad de los pobres, los inferiores; para Spengler, vida y lucha son una dualidad inevitable; Schmitt, el ser es combate y guerra, de la lucha emerge lo político y el enemigo. Solo los famélicos creen en la paz perpetua (de Kant), la guerra es resultado de una fuerza cósmica proveniente de fuerzas irracionales que mueven la historia; Sorel, citado por Schmitt, solamente “la violencia enraíza las tensiones más íntimas de la vida”; Dilthey: lo intuitivo y vivencial está por encima de la razón; Junger, la guerra entendida como un viento “purificador” y respondía a lo heroico enterrado por la paz. De nuevo Nietzsche y el eterno retorno de lo mismo, la Bestia Rubia, abrazó la guerra en dos ocasiones “estelares”.
La idea de que la guerra (sustentada en la violencia mediante el uso de la fuerza ejecutada por los ejércitos nacionales y coloniales) es la locomotora (partera) de la historia tan popularizada por Marx y el marxismo (Ver Jaime Pastor: Marx y Engels y el papel de la violencia y las guerras en la historia. Vientos del sur) debe ser revisada total y absolutamente. La guerra y el uso de la violencia forman parte de una narrativa que alienta y envuelve a los seres humanos y los coloca como parte de una serie de vitalidades que en realidad no posee. Descubrir la existencia de un ADN violento en todo lo que existe, incluidos los seres humanos, forma parte de un discurso que desean sea interiorizado por la humanidad con el fin de justificar las conquistas e invasiones de las poblaciones indefensas que habitan el planeta.
La incorporación de las armas y la pólvora en el siglo XIV tuvo una incidencia en las relaciones de vasallaje y fue fundamental en las guerras de conquista de los pueblos hoy colocados en la periferia del mundo. Cómo no iban a convertir a la violencia en un elemento intrínseco de los seres humanos y de la naturaleza, si el “Ser” había dejado de concebirse como una pregunta impregnada de dudas aunque no dispuesta a escuchar respuestas, cuando ese ser ahora se encontraba provisto de un tipo de armamento que los colocaba por encima del resto de los seres humanos que ahora serían víctimas de su delirios de grandeza, el amor por el vasallaje, la apuesta a la irracionalidad, a los instintos, la violencia purificadora: las armas les habían dado un salto de calidad en las relaciones con el mundo, a la “Bestia Rubia”.
Tiene razón Marx, de acuerdo a Pastor, en términos de que la violencia es una potencia intrínseca al modelo de sociedad industrial no de hombres y mujeres. La violencia fue y es un instrumento utilizado como poder/potencia apropiadora de la tierra en el capitalismo clásico y, hoy en día, en la periferia mundial. No vamos a entrar en detalles del apoyo brindado por Marx a ciertas “guerras justas” y su mirada afirmativa ante invasiones que llevaban el “progreso” como la de Estados Unidos a México. Para Marx, la paz, la verdadera paz, llegaría a partir del triunfo de la clase obrera quien sepultaría a la burguesía. Todo otro tipo de pacifismo le parecía inútil y la idea de la “paz” sin eliminar los ejércitos era una paz ficticia porque los ejércitos en realidad no existían para cuidar a las naciones sino, en realidad, para proteger a las élites de las revueltas populares.
La pregunta que sigue es la siguiente: si los seres humanos no traen en su organismo ni el universo posee un “chip” que los impulse a la violencia, entonces, ¿deben ejercer la violencia para lograr modificar las relaciones de poder y sociales que los han convertido en seres humanos avasallados, vejados, minimizados, racializados, clasificados, explotados, empobrecidos, dominados, inferiorizados, colonizados, obligados a migrar, etc., en una palabra, mujeres y hombre infelices y sin libertad? Para Marx y el marxismo clásico la respuesta es afirmativa, como ya lo hemos expuesto. La revolución armada es justa debido a que eso le permitiría a la clase obrera instaurar un poder obrero en el mundo que eliminaría las desigualdades impuestas por la sociedad industrial, capitalista. En el camino han quedado monarcas y políticos ejecutados, millones de seres humanos sometidos a los estragos que dejan las guerras y las revoluciones. Al final del camino, muy poco.
¿Qué dicen los teóricos de las revoluciones noviolentas?
Definitivamente, la respuesta es que sí es posible llevar a cabo revoluciones noviolentas, entendidas en su dimensión general de que se puede transformar las relaciones de poder y sociales de manera pacífica, como ya se ha expuesto en las definiciones que se han presentado de las mismas. En este momento es preciso especificar un aspecto. Dentro de las corrientes que sostienen la idea de la revolución noviolenta, no existe una corriente hegemónica, como es en el caso de las revoluciones clásicas ocurrió en el pasado con el marxismo, sobre todo en el siglo XX, que casi no tuvo rival ni teórica ni prácticamente. Lo anterior, debido a que el mundo actual presenta una situación de una profunda crisis porque el modelo de sociedad industrial ha puesto al planeta a punto de su extinción ante el mundo nuclear y la industria de la guerra, la disputa por la hegemonía mundial, el hiperconsumo y los ataques que diariamente recibe la naturaleza.
Asimismo, los críticos de las revoluciones clásicas dicen de los revolucionarios noviolentos que, como en el pasado: ¿no será acaso que con su estrategia en la realidad lo que están preparando es el camino de una mayor explotación e indefensión del pueblo?
Continuará…