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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El Reyecito y su espejo

Ante un desliz todo era culpa de la prensa, perdón, los bufones y heraldos del pueblo

Elmer Ancona Dorantes

Periodista y analista político. Licenciado en Periodismo por la Carlos Septién y maestro en Gobierno y Políticas Públicas por el Instituto de Administración Pública (IAP) y maestrante en Ciencias Políticas por la UNAM. Catedrático. Ha escrito en diversos medios como Reforma, Milenio, Grupo Editorial Expansión y Radio Fórmula.

Miércoles, Octubre 26, 2022

Espejito espejito, por favor, dime quién es el más bonito, el más sesudo, el más shingón de toda esta comarca”, pregunta con insistencia el pequeño político -perdón, el Reyecito-, a la imagen que sólo él podía ver reflejada. El pueblo jamás la miraría.

Por supuesto que tú, apreciado Reyecito, tú eres el más hermoso, el más dinámico, el más propositivo de todos estos lares; tú eres el que menos la cajetea en el ámbito del poder”, responde el nervioso espejito al que tienen prohibido decir mentiras.

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El pequeño Reyecito, al salir de su habitación, arroja la misma pregunta a todo su gabinete -perdón, a toda su Corte-, y todos los zalameros hacen una reverencia hasta tocar la frente con el suelo para gritar a los cuatro vientos: “Tú, y sólo tú, amadísimo Rey, eres el más virtuoso, el más fidedigno, el más audaz de todo el reino. Tú nunca te equivocas”. Y el Rey sonreía dando brincos de felicidad.

El virtuoso Reyecito no permitía que ninguno de sus súbditos planteara ideas contrarias a las suyas, y cuando por equivocación alguien se le adelantaba, de inmediato mandaba llamar al verdugo para cortar cabezas.

Cuando por un terrible desliz, por una fatal equivocación el propio rey desataba todo un escándalo en su diminuto reino -que él consideraba majestuoso y eterno-, exigía a sus asesores el nombre de los culpables, para que pagaran por sus yerros.

La culpa la tiene la prensa, Su Majestad, perdón, los bufones y heraldos del pueblo que solamente quieren denigrar su imagen basados en mentiras edorras; ellos son los culpables de tantas calumnias, de tan brutales difamaciones, porque Usted nunca dijo lo que dijo”.

“¡Cómo que nunca dije lo que dije!”, despotrica el majestuoso Reyecito “¿Lo dije o no lo dije? ¿Acaso a lo largo de mi vida he dicho alguna endejada?”.

Los zalameros asesores se miran unos a otros, tratando de encontrar una respuesta adecuada para no herir los sentimientos de su muy sensible Reyecito; preferían cuidar su cabeza -y su cartera-, para no lastimar a quien les daba de comer todos los días.

“¡El Rey nunca se equivoca, Su Majestad, sólo los torpes funcionarios, perdón, los fatales cortesanos, que abren la boca para decir endejadas! ¡Viva el Reyecito. Mueran los endejos!”

Y ese era el cuento diario del afamado reino cuyas historias trascendían de frontera a frontera, dejando mal parado a todo un pueblo que lo único que pedía era ser gobernador con dignidad, con respeto; que exigía ser escuchado y ser servido como se merece.

El único problema que tenía este respetado pueblo era un inche espejito que llenaba todos los días de absurdas mentiras a su inservible Reyecito, un pequeño reyezuelo que no sabía escuchar, porque era tan, pero tan sordo, como muchos de sus fieles seguidores.

@elmerando

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