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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La potencia de las cosas

La potencia está entre las cosas, las personas y las cosas y las personas y otras personas

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Jueves, Septiembre 15, 2022

¿Qué es ese cuchillo que reposa sobre la mesa? Es un cubierto, un instrumento de cocina, un arma, un desarmador. Pero todos estos “modos de ser” del cuchillo son, evidentemente, cosas que podemos hacer con él. Es cubierto porque permite cortar la carne del plato, instrumento de cocina porque rebana comida cruda, arma porque atraviesa la carne humana, desarmador por la dureza y finura de su punta. Se nos dirá que eso no “es” el cuchillo en sí mismo, que hemos hecho pasar nuestros usos por su existencia.

Se nos dirá que el cuchillo se define por sus “propiedades” y que las propiedades están en la cosa misma. Del cuchillo: su dureza, su filo, su peso. Pero la dureza no es una propiedad “interna”, sino relativa a otros objetos, que serán más rígidos o flexibles. El filo es una cualidad que reconocemos en el cuchillo de acuerdo con su capacidad para cortar. Y el peso, tan “natural” es el resultado de la fuerza que ejerce el planeta tierra sobre su masa.

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Pero, nos preguntamos, ¿no tiene el cuchillo propiedades “esenciales”, eso que le hace ser cuchillo, su “cuchilleidad”, mientras que todo lo demás serían propiedades o cualidades relativas (por ejemplo, el uso)? Heidegger nos dice que nos damos cuenta de un objeto en cuanto no funciona, es decir, en cuanto rompe sus vínculos con las otras cosas. Un cuchillo se vuelve “mera cosa” cuando no sirve ni para cortar ni para desatornillar.

Graham Harman nos dice que esa cosa que “queda” una vez que hemos desnudado a las cosas de sus propiedades relativas y supuestamente objetivas, es la cosa misma. Podemos estar de acuerdo. Pero no porque el cuchillo posea una interioridad insondable. Digamos que el cuchillo no tiene nada que ver con nosotros, que es un objeto independiente y autosuficiente. Seguramente “eso” ya no es un cuchillo, es decir, algo que pueda ser nombrado, porque los nombres son relativos a nosotros, pero es algo. Digamos que el cuchillo consiste en sus componentes: sus átomos y sus enlaces, las moléculas sé que forman, su disposición espacial, su energía, etc. Ahí no hay ningún cuchillo, claro está, sino un conjunto precisamente de átomos, pero que a nivel macroscópico hacen posibles propiedades como la dureza. Harman diría que hay una tercera posibilidad, un objeto “profundo”, capaz de “interioridad”, que no sería ni el objeto significativo para nosotros (lo que hacemos con él), ni sus componentes moleculares o atómicos, algo completamente fuera de toda relación. Una sustancia, pues, pero sin atributos. Porque todo atributo es un modo de expresión de la cosa para otra cosa o para alguien. Pero ¿es esta tercera posibilidad algo diferente a las otras dos?

Simondon nos dice que las cosas surgen del encuentro de dos espacios heterogéneos. La “tercera vía” no está ni en los átomos del cuchillo ni en sus usos, sino en el encuentro de los ámbitos. Por ejemplo, cuando corto, corto gracias a una disposición de átomos. Es el encuentro de dos niveles o regiones distintas (los átomos y las prácticas humanas) las que hacen que surja realmente un cuchillo como individuo. Pero, ¿funciona esto para una relación fuera de nosotros, seres humanos? Sin duda. Las hormigas no cruzan puentes, porque un “puente” es un objeto humano que conecta dos orillas. Orilla, río y conexión no son nociones que podría tener, a nuestro atender, la hormiga. Pero sí que tiene una relación con otros objetos significativos, por ejemplo, el alimento. El alimento no es un mero “hecho” de su mundo; si lo puede olfatear y apetecer es porque ese objeto-comida desprende moléculas que pueden ser detectadas a distancia, porque la hormiga tiene un aparato digestivo y un modo de percibir el déficit de alimento en su cuerpo, etc.

¿Dónde están aquí las propiedades “esenciales” (o primarias) y las “accidentales” (o secundarias)? Por ningún lado. Ahora, si bien el cuchillo existe por ese “encuentro” de átomos y usos humanos, es porque hay, no un terreno común, sino una intersección local, un punto donde los átomos presentan un efecto en la realidad “macro” que hace posible un uso en el mundo humano que, a su vez, no es puramente ideal, sino también material. Simondon nos dice que la materia, como el metal del cuchillo, posee una potencialidad, está cargada de posibilidades que se actualizan por medio de otra dimensión, en este caso, los usos que puedan hacer los humanos de ese objeto.

Las posibilidades del material no se agotan en los usos. En ello tiene razón Harman. Ninguna relación teórica o práctica puede agotar la cosa. Ella siempre es capaz de “algo más”. Pero, ¿se debe ello a que las cosas posean una riqueza interna? Sí y no. Las cosas no están nunca fuera de relaciones, no son nunca átomos aislados. Pensemos de nuevo en la cualidad “objetiva” del peso. Ella es la resultante de una interacción de dos elementos: la masa del objeto y la fuerza de aceleración que experimenta por la gravedad. Al final se trata de una relación de atracción entre dos masas. Podríamos entonces decir que la masa es una cualidad objetiva. Y tendremos razón. Pero solamente en cierta escala: la de las grandes masas como los planetas y las galaxias. Pero a nivel atómico sucede algo distinto. Las partículas elementales no poseen masa. Ésta la reciben del campo asociado al escandalosísimo bosón de Higgs. Así que incluso una propiedad tan interna como la masa resulta de una interacción entre partículas (y campos, pues toda partícula tiene asociado un campo gracias a la dualidad onda-partícula) y no de una propiedad interna.

Simondon nos dice que las cosas son individuaciones que surgen de un proceso en el cual dos modos de ser, uno superior y otro inferior en escala (no en complejidad ni en dignidad), se encuentran. En nuestro ejemplo del cuchillo son los átomos (inferiores) y las acciones humanas (superiores). Nos dice que ese mundo preindividual de las moléculas, antes de que surjan los individuos macroscópicos, como el cuchillo, resguarda una potencialidad que se puede actualizar de muchos modos (el cuchillo-cubierto, el cuchillo-arma, el cuchillo-desarmador), y que dichos modos no agotan las potencias de aquella región primigenia. La potencialidad está entonces en ese nivel “bajo”. Pero, nos advierte, ese nivel es preindividual con respecto a un nivel de organización, aquí, los objetos macroscópicos de la vida humana que son utilizados como herramientas. Hacia “dentro” la materia del cuchillo está perfectamente individuada en átomos y enlaces, por decirlo muy simplificadamente. Si “descendemos” hasta las partículas elementales y “retrocedemos” hasta el origen del universo, hasta donde nuestra ciencia lo permite, vamos encontrando, en cada escala, diferentes grados y modos de individuación, diferentes relaciones, diferentes entornos. En suma, diferentes mundos sin que necesitemos una última instancia para explicarlo todo.

Pero aquí queremos agregar algo. Que la potencia del mundo “preindividual” es abstracta. No es solamente que los átomos posean una potencia que los humanos aprovechamos para nuestros fines. Esa es una potencia relativamente indeterminada. La potencia de las cosas solamente la pueden generar otras cosas. Es por la carne que el cuchillo tiene la potencia para cortar. Es por la piel delgada que el cuchillo sirve como arma. Cada cosa permite que otra cosa se exprese realmente. No decimos que el humano llegue a permitir que las cosas salgan de su encierro gracias al lenguaje. Desde antes las cosas liberan a las otras cosas de su interioridad relativamente indeterminada o muy básicamente determinada. La verdadera potencia de las cosas surge en el mundo determinado, rico en relaciones concretas. Es así que el cuchillo no es de manera “trivial” y “derivada” un arma. Por el contrario, esta potencia real solamente puede ocurrir si una mano lo empuña con una intención frente a otro cuerpo humano. Este “contexto” tan arbitrario, tan contingente, es lo que hace surgir la cosa, gracias a otras cosas, humanas y no humanas.

Decimos entre humanos: “hacer salir lo peor de mí”. Yo soy eso, claro está, pero tú eres quien lo convoca. Así también la carne es la que “hace salir” el filo del cuchillo. Y es así como en campo de Higgs “hace salir” la masa de las partículas elementales. La potencia está entre las cosas, las personas y las cosas y las personas y otras personas. Entre ellas se potencian o se inhiben, se despliegan o se repliegan. Es la “expresión” del ser, pero en un sentido de realidad.

 

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